La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 5,1-7, Flp 4,6-9 y Mt 21,33-43. El texto de Isaías corresponde al conocido como «cántico de la viña». El pasaje evangélico recoge la parábola de los viñadores asesinos, que tiene paralelos en Mc 12,1-12, Lc 20,9-19 y en el Evangelio gnóstico de Tomás 65.
1. La viña de Israel
Esta parábola es la tercera que tiene como tema central a un propietario de una viña. Su comienzo, con las palabras «cavó en ella un lagar y construyó una torre» (v. 1), recuerda de cerca el inicio del cántico de la viña de Is 5,1-2, lo que facilitará más tarde la aplicación de la enseñanza de Jesús: la viña es Israel, el propietario es Dios, que en el cántico de Isaías es presentado como el amigo del profeta: «Voy a cantar a mi amigo, el canto de mi amado por su viña» (Is 5,1). Para comprender el mensaje de Jesús hay que tener en cuenta que la imagen de la viña para designar a Israel es frecuente en la literatura profética (cf Os 10,1; Jer 2,21; 5,10; 6,9; 12,10; Ez 15,1-8; 17,3-10; 29,10-14; Is 27,2-5) y sapiencial (cf. Sal 80,9-19).
Una nota característica de esta parábola es que el dueño arrendó la viña a unos labradores y se marchó lejos (v. 33). La ausencia del dueño puede parecer algo extraño, pero no lo es si se tiene en cuenta que en la Galilea de la época muchos terratenientes eran extranjeros que pasaban largas temporadas en sus países.
2. La parábola, la historia dramática de Israel
Esta parábola, que tiene todos los rasgos de una alegoría, puede interpretarse como una presentación resumida de la historia de Israel. Dios, el viñador, ha puesto en manos de unos arrendadores, las autoridades religiosas judías, el cuidado de su viña, Israel, los enviados son los profetas, el hijo es Jesús. A lo largo de los siglos Dios ha reclamado a Israel el fruto de una vida ajustada a la Alianza, por medio de sus enviados, los profetas, que de manera sistemática han sido humillados, maltratados y ejecutados (v. 34-36; Heb 11,35-38: «Unos fueron torturados hasta la muerte; otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada»). Israel ha endurecido su corazón, haciéndose refractario al amor de Dios. A pesar de ese comportamiento tan ingrato y extremadamente violento, Dios no ha desistido en su empeño de salvar a Israel, pues lo ha elegido como esposa amada. Llevado de su bondadosa paciencia y mansedumbre Dios ha dado un último paso: enviar a su Hijo único (Mc 12,6 y Lc 20,13: «hijo amado»), pensando que a él lo respetarían (v. 37).
3. La parábola, un anuncio de la pasión y muerte de Jesús
Cuando llega el momento del envío del hijo, Jesús imprime a la parábola un fuerte dramatismo: los labradores, en lugar de considerar al hijo como alguien digno del respeto debido a su padre, se ponen de acuerdo para matarlo y quedarse con la viña, que era su herencia (v. 38; cf 1Re 21,1-4: Nabot asesinado en su viña y despojado de ella). En este momento, la parábola adquiere un relieve nuevo, pues se convierte en un anuncio anticipado de la pasión y muerte de Jesús. Es evidente que al hablar del hijo, Jesús se está refiriendo a sí mismo y da a entender que será ejecutado por decisión de las autoridades religiosas de Israel.
En este punto es interesante notar una diferencia entre los relatos de Mateo y Lucas, por un lado, y el de Marcos, por otro, en el comportamiento de los viñadores. Mc 12,8 dice que los viñadores cogieron al hijo, «lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña». Este modo de proceder pone de manifiesto la vileza y la saña de estos hombres, pues matan al hijo dentro de la viña y arrojan el cadáver por encima de la cerca sin enterrarlo, dejándolo para ser devorado por las alimañas. Para un piadoso judío este gesto constituye un grave pecado, pues enterrar a los muertos era un deber y un gesto de compasión y caridad (cf Tob 1,17-19; 2,4-8).
En cambio, Mt 21,19 y Lc 20,15 dicen que los viñadores primero echaron fuera de la viña al hijo y después lo mataron. Si Israel es la viña de Dios, entonces Jesús está anunciando que primero será echado fuera de Israel, es decir, será juzgado, excomulgado de la comunidad de Israel por las autoridades religiosas y después será ejecutado. Jesús refrenda su anuncio con unas palabras tomadas del Sal 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos…», que le sirven para afirmar que el rechazo del que es objeto Dios lo convertirá en ocasión de restauración de su obra.
Como en otras ocasiones Jesús hace una pregunta a sus interlocutores para incorporarlos al debate sobre la parábola: «¿Qué hará el dueño de la viña con los viñadores?» (v. 40). Su respuesta, deducida con toda lógica: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (v. 41), prepara el camino para la enseñanza que Jesús quiere transmitir con la parábola: «Por eso os digo: «Os será quitado el Reino de Dios y será dado a un pueblo que produzca sus frutos»» (v. 43). Las expresiones «os será quitado» y «será dado» son dos pasivas divinas cuyo sentido es: Dios os quitará su Reino y se lo dará a otro pueblo. Como el comportamiento de las autoridades religiosas judías no ha respondido a lo que Dios esperaba de ellos, dirigiendo al pueblo de Israel para que acogiera a Jesús, el Hijo, que hacía presente el Reino de Dios como Mesías, Dios ha decidido quitarles su Reino y confiarlo a otro pueblo, la Iglesia, constituida por los gentiles y los judíos que han creído en Jesús y lo han acogido como su Mesías.
La anotación final de Mateo para cerrar la parábola, que no está recogida en la lectura litúrgica, es significativa: «Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos» (v. 45), e intentaban apresarlo (v. 46). Es claro que el mensaje de la parábola es el motivo para que las autoridades religiosas de Israel tomen medidas contra Jesús y aceleren su final.
Qué María, Viña fecunda, nos ayude a dar frutos abundantes.
¡FELIZ DOMINGO!