La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Ez 18,25-28, Flp 2,1-11 y Mt 21,28-32. El pasaje evangélico recoge la parábola de los dos hijos, que forma parte de una trilogía de parábolas dirigidas a las autoridades religiosas judías (Mt 21,28-22,14). Es propia de Mateo, aunque el dicho final sobre Juan el Bautista y los publicanos y las prostitutas tienen un cierto paralelo en Lc 7,29-30.
1. El contexto de la parábola
La parábola viene a continuación de la controversia que Jesús ha mantenido con los sumos sacerdotes y ancianos que le han preguntado acerca de la autoridad con que ha llevado a cabo la purificación del Templo; y, para responder, Jesús ha introducido la figura de Juan (21,23-27). La mención del Bautista le da la ocasión para pronunciar la parábola. El pasaje puede dividirse en dos partes: el relato de la parábola (v. 28-31a) y la aplicación que Jesús hace para sus oyentes (v. 31b-32).
2. La desigual conducta de dos hijos (v. 28-31a)
Jesús introduce la parábola con una pregunta: «¿qué os parece?», que usa en otras ocasiones para interpelar a los oyentes y hacerles entrar en el relato para después dar una respuesta (cf Mt 17,25; 18,12; 22,42).
La parábola tiene un comienzo semejante al de la parábola del hijo pródigo: «Un padre tenía dos hijos» (v. 28; cf Lc 15,11). Como en otras parábolas, este hombre es dueño de una viña (cf Mt 20,1; 21,33). Un día este padre de un modo que expresa cariño «se acerca» y pide a uno de los hijos que vaya a trabajar a la viña (v. 28). Jesús no específica de cuál de ellos se trata, si el mayor o el menor. Pero si se sigue la lógica de la parábola del hijo pródigo (el hijo menor es el que se va de casa y luego, arrepentido, vuelve) y la aplicación que Jesús hace de la propia parábola, se puede deducir que se trata del hijo menor. El padre se lo pide llamándole «niño» (griego, téknon), que en la época se usaba en el ámbito familiar con una fuerte carga afectuosa, como equivalente a «hijo mío». Por otra parte, el padre le pide ir a trabajar no «en mi viña», sino «en la viña», que puede entenderse como «nuestra viña», es decir, como algo también suyo. La respuesta del chico debió de resultar muy dolorosa para el padre, pues sonaba a un rechazo contundente, tajante, sin excusas: «No quiero» (v. 29a). Hay que tener en cuenta que, según el Decálogo (cf Éx 20,1-17), honrar a los padres es el mandamiento que viene a continuación de los tres primeros dedicados a Dios. Es, por tanto, el mandamiento más importante en la relación entre los hombres, padres e hijos, pues está en el origen de esa relación, y es evidente que el primer modo de honrar a los padres es la obediencia. La respuesta del joven resultaba una grave falta de desobediencia y, por tanto, de amor contra su padre (y contra Dios). Sin embargo, «luego», un poco más tarde, «arrepentido», fue (a la viña) (v. 29b). El verbo español «arrepentirse» traduce el griego metamélomai, que significa sentir pesar o remordimiento. El joven cayó en la cuenta de su pecado y, apesadumbrado, respondió a la petición de su padre.
La conducta del segundo hijo es la contraria. El padre le hace la misma petición que a su hermano, y su respuesta es pronta y llena de respeto, pues le dice: «Yo, señor» (v. 30). La expresión enfática «yo» puede ser aquí equivalente a «héme aquí» (cf Hch 9,10), estoy dispuesto, voy. Sin embargo, no fue (v. 30b). Jesús no especifica que, como su hermano, se arrepintió y no fue, sino que simplemente no fue, lo que deja entender que, en realidad, cuando habló con su padre no tenía intención de ir. Había actuado de manera hipócrita. Habló a su padre con los labios pero no con el corazón.
La pregunta de Jesús: «¿quién de los dos hizo la voluntad del padre?» (v. 31a), en estrecha relación con la introducción («¿qué os parece?»), que facilita la respuesta de sus interlocutores, pone de relieve dónde está el punto central de la parábola: cumplir la voluntad del padre.
3. La enseñanza de la parábola (v. 31b-32)
Tras la respuesta de los ancianos y sacerdotes: el primer hijo fue el que hizo la voluntad del padre (v. 31a), Jesús explica el significado de la parábola, desvelando el significado de los personajes. Las primeras palabras encierran un juicio muy duro: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino de los cielos» (v. 31b). La severidad de esta afirmación se puede comprender mejor si se tiene en cuenta que el verbo español «preceder» (o anticiparse) traduce el griego proágein, que, conforme a la expresión aramea que subyace al verbo griego (arameo, qedam), puede traducirse con un sentido excluyente por «ellos entran (en el Reino) y vosotros no». Ésta es también la enseñanza que Jesús propone en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), cuya conclusión final es: «Os digo que éste (el publicano) bajó justificado y aquél (el fariseo), no» (v. 14). Y es la enseñanza que puede deducirse de la parábola del hijo pródigo: el hijo menor, el pecador arrepentido, entró en la fiesta que el padre le había preparado y el hijo mayor se quedó fuera (cf Lc 15,28).
A continuación Jesús identifica al primer hijo con los pecadores más recalcitrantes, en primer lugar los publicanos, a quienes los fariseos negaban toda posibilidad de entrar en el Reino de los cielos, y luego las prostitutas, ejemplo de la vida más disoluta. Estos pecadores dijeron que no a Dios en un primer momento, pero, cuando escucharon la predicación de Juan el Bautista acerca de la justicia de Dios, es decir, de su misericordia y su perdón, le creyeron, es decir, acogieron su mensaje con alegría y se convirtieron. En cambio, las autoridades religiosas judías, representadas por los doctores de la Ley, los ancianos y los sacerdotes, engreídos de sí mismos, no le escucharon. Como el segundo hijo de la parábola, estaban diciendo a Dios que sí con los labios, pero su corazón estaba lejos de Dios (cf Is 29,13; Mt 15,8). Jesús había dicho en la parte final del sermón de la montaña unas palabras que encajaban aquí a la perfección: «No todo el que dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Los fariseos, ancianos y sacerdotes rechazaron la predicación de Juan y no respondieron a la llamada de Dios a la conversión. Ellos, que habían cerrado las puertas del Reino a los publicanos, se las habían cerrado a sí mismos. Habían quedado encerrados en su soberbia y orgullo religiosos.
La parábola puede entenderse también a la luz de las palabras que Jesús había dirigido a la gente y a los discípulos para prevenirles del comportamiento de los doctores de la Ley: «Haced y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen» (Mt 23,3). Dicen que sí a Dios con los labios, pero lo niegan con su conducta. Con su comportamiento hipócrita pretenden y, por desgracia, consiguen atraerse la confianza de la gente, pero están lejos de Dios.
La enseñanza de Jesús tiene plena actualidad, pues nos interpela a nosotros hoy. ¿No nos comportamos también nosotros como el segundo hijo, que decimos sí a Dios con los labios pero no ponemos el corazón en acoger lo que viene de Dios, en cumplir su voluntad? ¿No damos muchas veces largas a Dios: «Voy», pero nos quedamos instalados en nuestra voluntad? ¿No podemos caer también en el pecado de soberbia al creer que tenemos las puertas del Reino abiertas y pretendemos cerrarlas a los demás? ¿No podemos estar pecando de una falsa y orgullosa presunción ante los demás?
Que santa María, Puerta del cielo, interceda por nosotros para que nuestro sí a Dios no sea sólo con los labios sino con el corazón, de modo que siempre y en todo hagamos lo que decimos.
¡FELIZ DOMINGO!