La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 55,6-9, Flp 1,20.24-27 y Mt 20,1-16. El pasaje evangélico recoge la parábola que se suele llamar «de los obreros de la viña», aunque sería más adecuado llamarla «del dueño generoso». Es propia de Mateo, sin paralelos en Mc ni Lc. El relato se puede dividir en dos partes: los momentos de contratación de los trabajadores (v. 1-7) y la hora de pagar los jornales (v. 8-15). El v. 16 saca la conclusión de la enseñanza de la parábola.
1. La contratación de los trabajadores (v. 1-7)
Hay que tener en cuenta que se trata de la octava parábola acerca del Reino de los cielos del evangelio de Mateo. Así lo pone de relieve la apertura de Jesús: «El Reino de los cielos es semejante a…». Por tanto, la enseñanza hay que aplicarla a una realidad que va más allá de lo que sucede en el mundo de los hombres. Por otra parte, esta parábola, como en otros casos, muestra la fina agudeza de Jesús para aplicar a su enseñanza sobre el Reino sus conocimientos del mundo rural en el que vivía.
Desde el primer momento Jesús pone de relieve que el dueño es un hombre de un corazón humilde, bondadoso y generoso.
El primer rasgo que destaca en la figura del dueño de la viña es la humildad. La parábola deja entender que, al llegar el tiempo de la vendimia, el dueño necesita mano de obra. Y para contratarla no se lo encomienda a un administrador o a un encargado, un siervo, sino que se ocupa él mismo de hacerlo (v. 1). Hasta cinco veces salió de su casa para ir a buscar jornaleros (v. 1.3.5.6). Y también es él quien ajusta con ellos el salario de un denario (v. 2), el jornal que era habitual en la época: un denario era la cantidad suficiente para alimentar a una familia durante un día (cf Tob 5,15: un dracma, moneda griega equivalente del denario romano; hoy serían 20€). Según el tratado Pea 8,8 de la Mishnah, a todo el que ganaba menos de 200 denarios al año se le podía considerar pobre.
El segundo rasgo que destaca en el dueño de la viña es su generosidad. Por una parte, proporciona trabajo a un buen número de hombres que estaban desocupados. Es significativo que en ninguno de los momentos de la contratación se da un número concreto de jornaleros contratados, con lo que Jesús deja entender que se trata de un número indefinido («otros», v. 3; «otros», v. 6), un gran número. Por otra parte, porque sale cinco veces muy afanoso para dar trabajo a hombres en paro, es decir, en situación lamentable, pues el paro no es algo humano. El trabajo dignifica a la persona; el paro, en cambio, no le permite desarrollar sus capacidades. El trabajo es fuente de alegría, pues da seguridad a la familia; el paro es fuente de tristeza. En tercer lugar, porque contrata desde el amanecer, hacia las seis de la mañana, hasta la hora undécima, es decir, las cinco de la tarde, el momento de la puesta del sol, pasando por la hora de tercia (las nueve de la mañana), la hora de sexta (las doce). Esto quiere decir que se pasó todo el día dando trabajo. Se puede decir que no cesó de buscar jornaleros hasta que contrató a todos los parados de la ciudad. Su generosidad se muestra todavía con mayor grandeza en el hecho de que contrata a jornaleros a la hora nona, las tres de la tarde, es decir, cuando ya quedaban pocas horas de sol, e incluso a la hora undécima, las cinco de la tarde, el ocaso, es decir, la ultima hora laborable, cuando el rendimiento de su trabajo era mínimo. A estos últimos, a los que mira con especial compasión, les pregunta cómo es que están todavía en la plaza sin trabajar (v. 6), lo que ahonda aún más su situación de angustia y miseria, que reconocen con su respuesta: «Nadie nos ha contratado» (v. 7). Es evidente que al proporcionarles un trabajo este propietario miraba más por dignificar la vida de estos hombres que por sus propios beneficios e intereses. Todos tenían un lugar en su corazón.
2. La hora de pagar los jornales (v. 8-15)
Siguiendo las normas de la Torah, la puesta del sol es el momento de ajustar las cuentas: «No harás injusticia con el jornal al jornalero pobre y humilde… Le pagarás cada día su jornal, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y para vivir necesita de su salario» (Dt 24,14-15; cf Lev 19,13). Por eso, al caer el sol el dueño de la viña quiere ajustar las cuentas con los jornaleros. Pero ahora sí se sirve de la ayuda de su administrador (v. 8a). La orden que le da puede resultar sorprendente: «Págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros» (v. 8b). De este modo, se prepara la enseñanza de la parábola (v. 16). Vienen los de la hora undécima, que reciben un denario cada uno (v. 9). Como la parábola está centrada en los dos polos de referencia (últimos y primeros), Jesús prescinde del resto de trabajadores que llegaron a las horas tercia, sexta y nona. Pero se puede deducir que cuando les llegó su turno recibieron también un denario. Cuando le llega el turno a los contratados al amanecer, podían esperar que se les pagara un jornal más abundante. Pero reciben también un denario (v. 10), que era el sueldo acordado (v. 2). Esto provoca en ellos una reacción de protesta indignada contra el propietario, pues les ha pagado lo mismo que a los últimos, que no han trabajado más que una hora y no han tenido que soportar el calor ardiente del sol de la jornada (v. 11-12). El agravio parece evidente, pues el dueño de la viña no ha aplicado con los primeros la generosidad que ha mostrado con los últimos. Las reivindicaciones de los agraviados parecen muy justas, pues pondrían en duda la generosidad del propietario.
Hay que esperar a la respuesta del propietario para entender la enseñanza que Jesús quiere transmitir con la parábola. El señor de la viña, que ha asumido la responsabilidad dejando en un segundo plano a su administrador, se dirige a uno de ellos, quizás elegido como portavoz del grupo, con un saludo («amigo») (v. 13), que puede tener un doble significado: de amabilidad, porque quiere mostrar cercanía de su parte, pero también de reproche por la conducta hostil que ha manifestado el trabajador (cf Mt 26,50: Judas). La larga respuesta del dueño da a conocer a su interlocutor que no hay ningún motivo para una reclamación, pues con su conducta no ha cometido ninguna injusticia, no le «ha estafado» (verbo griego, adikéô). A él, como a sus compañeros de primera hora, le ha pagado un denario, que era el precio ajustado, por tanto, un salario justo (v. 13; cf v. 2). Una vez que le ha pagado, sólo le queda marcharse, pues no tiene ningún derecho a inmiscuirse en cómo el dueño administra sus bienes, y él tiene toda la legitimidad para hacer lo que quiera con ellos: «Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No me es legítimo hacer con lo mío lo que quiero» (v. 14-15a). Las palabras finales del dueño trasladan el foco desde su modo de proceder a cómo se está comportando su interlocutor, y, por tanto, el resto de sus compañeros litigantes: «¿Es tu ojo malo porque yo soy bueno?» (v. 15b). Esta respuesta encierra varias enseñanzas. En primer lugar, la expresión «ojo malo» es un giro semítico para referirse a la envidia (cf Dt 15,9; Mc 7,22). Hay que recordar que la envidia se define en Teología Moral como la tristeza por el bien ajeno. Los obreros de primera hora no han sabido alegrarse por el bien de sus compañeros, sino todo lo contrario. Y junto a la envidia ha aparecido su hermana gemela, la comparación negativa: «Ellos han trabajado menos, y han recibido lo mismo que nosotros». Esto significa que miran a los de la ultima hora no como compañeros y amigos, sino como competidores y rivales. Por otra parte, han mostrado una gran falta de gratitud hacia el dueño, pues no han sabido agradecer el enorme favor que les hizo al contratarlos. Había sido para ellos un privilegio tener trabajo ese día. Aunque se quejaban ante el dueño de las fatigas del trabajo en la viña, ¿habrían preferido quedarse ociosos todo el día sin poder llevar el pan a sus familias? En tercer lugar, estos jornaleros no habían comprendido que la generosidad que el propietario había tenido con los últimos era la misma que les había mostrado a ellos ofreciéndoles el trabajo. Aquí está el culmen de la parábola: la contraposición entre la grandiosa generosidad del dueño, su grandeza de corazón, y el enorme egoísmo de los jornaleros, su pequeñez de corazón, es decir, ingratitud hacia el dueño y falta de gratuidad hacia sus compañeros. Ingratitud y falta de gratuidad van de la mano. El antídoto contra la envidia es la gratitud: reconocer con agradecimiento todo lo que se ha recibido.
3. La enseñanza de la parábola
Hay que tener en cuenta que la parábola la dirige Jesús a sus discípulos con motivo de la pregunta de Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recibiremos?» (Mt 19,27). Y aunque Jesús ya había respondido qué recibirían (19,28-29), la parábola puede entenderse como una advertencia ante una posible tentación: que ellos, que han sido llamados a trabajar a primera hora en la viña del Reino, puedan pensar que tienen un derecho de prioridad inmerecido, pues han sido llamados sin mérito previo. Así es Dios, viene a decir Jesús. Las cuentas de Dios no son las de los hombres. Ha prometido el denario del Reino a todos sin importar el momento en que lleguen a él. Se equivocan los que piensen que tienen más derechos por haber trabajado más, pues el tiempo que han estado en la viña de la Iglesia les ha reportado unos bienes que los otros no han tenido. Aunque hayan soportado más fatigas, en la Iglesia han podido disfrutar de la vida de la gracia, de los sacramentos, etc., que por desgracia los de última hora no han disfrutado. Y para los últimos hay un mensaje de esperanza: Dios llama hasta el último momento de la vida. Todavía hay tiempo. Sólo hay que responder. Por eso comenta san Efrén: «(Jesús) pronunció esta parábola para que nadie diga: «Puesto que no he sido llamado durante mi juventud, no puedo ser recibido». (Jesús) ha mostrado que sea cual sea el momento de su conversión, el hombre es admitido» (Comentario del Diatessaron XV,15). Y así como en la envidia prevalece la tristeza por el bien ajeno, en el Reino rige el principio de la alegría por el bien ajeno, pues en él no hay competidores sino amigos y hermanos.
Que María, la Virgen agradecida, nos ayude a ser agradecidos con Dios y gratuitos con los demás.
¡FELIZ DOMINGO!