Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».

Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».

Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».

 

¡Cuánto amo tu ley, Señor!

 

Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión,
viviré, y tu ley será mi delicia.

Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira.

Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes.

Hermanos:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».

Ellos le responden:
«Sí».

Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Danos, Señor, un corazón sabio y justo, para conocer tu voluntad y cumplirla

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de 1Re 3,5.7-12, Rom 8,28-30 y Mt 13,44-52. La lectura del evangelio, que corresponde al final del «discurso parabólico», recoge las tres últimas parábolas.

 

1. Salomón, un rey de corazón sabio y justo

La primera lectura recoge la súplica que Salomón hace a Dios para que le conceda un corazón justo para gobernar a Israel y cómo Dios se lo concede junto al don de la sabiduría.

 

2. La parábola del tesoro escondido (v. 44)

La parábola del tesoro escondido es propia de Mateo, no tiene paralelos ni en Marcos ni en Lucas, pero aparece en el Evangelio gnóstico de Tomás 109.

a) Un proceder extraño
En la parábola aparecen algunos detalles desconcertantes por parte del que encuentra el tesoro. Si el hombre encuentra el tesoro, ¿por qué lo entierra para ir a vender todo lo que tiene y comprarlo? ¿No era más lógico llevárselo sin más, pues le pertenecería? Actuando como lo hace, ¿no hacía un negocio ruinoso? Todos esos detalles que muestran un comportamiento tan extraño se explican si se tienen en cuenta algunos aspectos de las costumbres y del derecho de la Palestina del tiempo de Jesús.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que el hallazgo se realiza no en un campo abierto, sin dueño, sino en un campo cultivable, que tiene un dueño (cf el campo de las parábolas del sembrador y del trigo y de la cizaña).

En segundo lugar, el hombre que encuentra el tesoro debe de ser un jornalero que trabaja para el dueño del campo. Por tanto, el campo no es suyo. Es probable que mientras labra el campo el arado tropieza con una vasija de arcilla o un cofrecillo, enterrado, donde está guardado el tesoro, compuesto sin duda por gran cantidad de monedas de oro o plata y de perlas preciosas. Estos hallazgos no eran algo infrecuente en una tierra como Palestina, donde, debido a las numerosas guerras que asolaron el país a lo largo del tiempo, muchas gentes, sobre todo los más ricos, se vieron en la necesidad de ocultar sus bienes con la esperanza de recuperarlos más tarde pasado el peligro. Son muchos los relatos que se han conservado acerca de estos hallazgos. Hace unos años se habló del hallazgo en un maizal de Kentucky de un tesoro de 700 monedas de oro de la guerra de Secesión americana. Y aún hoy los arqueólogos siguen encontrando toda clase de tesoros enterrados, pues enterrarlos era considerado el modo más seguro de guardarlos (cf Mt 25,25: parábola de los talentos).

En tercer lugar, el hombre procede a esconder de nuevo el tesoro, pues no puede quedarse con él, ya que, según la legislación judía, todo lo que se encuentra en un campo pertenece a su dueño. Entonces, ¿no debía el que lo encontró entregarlo a su dueño? Pero en ese caso se desharía la trama de la parábola y se devalúa la enseñanza que Jesús quiere aplicar respecto al Reino de Dios. La moraleja de la parábola va en otra dirección. Jesús parte, sin duda, del hecho de que el modo habitual de actuar de quienes encuentran tesoros es quedárselos. El hombre de la parábola no hace eso. Consciente del valor incalculable del tesoro, no queriendo perderlo pero tampoco apropiárselo de modo indebido, idea una solución ingeniosa y a la vez costosa para él: entierra el tesoro de nuevo para que forme parte del campo, y luego, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene para comprarlo, pues, según la legislación judía, al comprador de una tierra le pertenece todo lo que se encuentre al excavar en ella (Midrás sobre Cant 4,12; _Mekilta Éxodo sobre 14,5). Hay además un detalle que conviene destacar: la alegría. El encuentro del tesoro ha causado tal contento y alegría en el afortunado hombre que no duda en desprenderse de todo lo que tiene para hacerse con él. Sólo la alegría por el hallazgo de un tesoro valioso justifica un gesto tan decidido.

b) La enseñanza de la parábola
Lo primero que Jesús destaca en la parábola es que el Reino de los cielos es un tesoro que de manera inesperada uno se encuentra como una oferta de Dios. Por tratarse de un don de Dios, su valor excede con mucho todo lo que uno pueda tener y por el que vale la pena venderlo todo. No hay una medida humana capaz de tasar su valor. Por él tiene sentido pagar cualquier precio, pues en realidad el tesoro del Reino no tiene precio. La alegría, acompañada del asombro, por haberlo encontrado justifica dejarlo todo para adquirirlo. En contrapartida, está el caso del joven rico, que prefirió seguir apegado a sus riquezas, se marchó triste, porque fue consciente de lo que había perdido (cf Mt 19,22). La parábola del tesoro viene a ser una confirmación de la experiencia de los discípulos, pues, cuando Jesús les ofreció el Reino, algo inesperado para ellos, con inmensa alegría lo dejaron todo y le siguieron (cf Mt 4,18-22; 19,29). Ante la oferta del Reino de Dios hay que responder con prontitud, generosidad y capacidad de desprendimiento. Y a la alegría por el hallazgo se añadirá la alegría por la respuesta. Si hemos hallado el tesoro, no lo perdamos.

 

3. La parábola de la perla preciosa (v. 45-46)

a) El contexto de la parábola
La parábola de la perla preciosa es también propia de Mateo, sin paralelos en Marcos y Lucas. Sin embargo, hay una parábola semejante en el Evangelio de Tomás 76. Aunque puede parecer que su enseñanza es distinta de la del tesoro, pues pone el acento en la búsqueda, lo cierto es que se trata del mismo tema: el encuentro de una perla, la consiguiente alegría, junto con el asombro por encontrarla, aunque aquí no se hable de ellos de manera explícita, y el gesto de vender todo para comprarla.
La parábola habla de un comerciante (griego, émporos) que recorre los mercados de Oriente buscando perlas preciosas (griego, margaritas). Por Plinio el Viejo sabemos que las perlas eran muy codiciadas en la antigüedad, incluso más que los diamantes (Historia Natural X,106). Y las más apreciadas eran las que los buceadores expertos extraían del mar Rojo, del golfo Pérsico y del océano Índico. El mismo Plinio refiere que Cleopatra poseyó una perla que valía cien millones de sestercios (Historia Natural IX,109). Y por Suetonio conocemos que Julio César regaló a su amante Servilia, la madre de Bruto, su asesino, una perla que valía seis millones de sestercios (De vita Caesarum 50). [Para hacerse una idea del valor de estas perlas conviene saber que se ha calculado que un sestercio de la época equivaldría hoy a 1,6 euros.]

b) La enseñanza de la parábola
El modo de hablar de Jesús en la parábola da a entender que se trata de una perla de gran valor, un ejemplar único, pues el comerciante es capaz de vender todo lo que tiene para hacerse con ella. Así es el Reino de Dios, viene a decir Jesús: Una perla finísima y costosísima, que es preciso buscar, y que se deja encontrar. El Reino es un don, una oferta de Dios, que para ser encontrado hay que desear buscar, pues aquí sucede como el mismo Jesús invita: «Buscad primero el Reino de Dios» (Mt 6,33) y luego enseña: «Buscad y encontraréis, pues todo el que busca encuentra» (Mt 7,7-8). En la parábola Jesús insinúa también la alegría por el hallazgo, que es el tema que desarrolla en otras parábolas, como la oveja perdida (cf Lc 15,4-7), la dracma perdida (cf Lc 15,8-10) y el hijo pródigo (cf Lc 15,11-32).

El hallazgo de la perla preciosa es la experiencia vital de san Pablo, que camino de Damasco, Cristo, la perla, le salió al encuentro y desde aquel momento todo lo que tenía lo consideró basura (cf Flp 3,8). San Efrén dedica, dentro de la colección de Himnos De fide, cinco de ellos a la perla, que identifica con Cristo y los misterios de su persona: «Una perla, hermanos, tomé en mis manos un día. Vi en ella los símbolos del Reino. Se convirtió en una fuente, y de ella bebí los símbolos del Hijo. ¡Bendito el que comparó a una perla el Reino de lo alto!» (Himno LXXXI,1). Si hemos hallado la perla, luchemos para que nada ni nadie nos la arrebate.

 

4. La parábola de la red (v. 47-50)

a) El contexto de la parábola
La séptima y última parábola, que cierra el discurso, también propia de Mt, está relacionada con la de la cizaña, tanto desde el punto de vista literario, con una parte del vocabulario en común, como en cuanto al tema: el juicio escatológico. Por otra parte, la parábola que tiene como punto culminante la selección de los peces a la orilla del mar viene a cerrar el conjunto de las parábolas que Jesús estaba enseñando desde una barca a la orilla del mar (13,1-2).

b) La imagen de la pesca
El comienzo de la parábola hay que interpretarlo en el sentido de que el Reino de Dios no es semejante a una red, sino a lo que sucede cuando se hace la pesca con red. Es evidente que la imagen la toma Jesús del modo tradicional de pescar de los pescadores del lago de Genesaret. Jesús está pensando en la pesca con la red llamada barredera o de arrastre (griego, sagênê), que es una red de entre 250 y 500 metros de largo y entre 2 y 3 metros de ancho. La parte inferior estaba provista de unos plomos que le permitían hundirse en el agua; en la parte superior se colocaban corchos o maderas para que flotase. La pesca se llevaba a cabo de este modo: una parte de la tripulación se quedaba en tierra o en una barca junto a la orilla sujetando uno de los extremos de la red, mientras los demás entraban con la barca mar adentro y arrojaban la red al agua desde la barca, que trazando un semicírculo mientras se acerca a tierra; entonces los de la barca bajan y tiran del otro extremo de la red y la arrastran hasta la orilla. En el arrastre se recoge toda clase de peces sin distinción. Luego, los pescadores, sentados a la orilla, seleccionan los peces comestibles («los peces buenos») y arrojan los no comestibles («los peces malos»). En la Ley de Moisés se especifican de manera detallada las clases de peces que se consideran aptos para el consumo o no, según sean considerados puros o impuros (cf Lev 11,9-12; Dt 14,9-10). Para referirse a los buenos Mt usa el adjetivo griego kalós y para malos usa saprós, que son términos que contienen una fuerte carga moral (cf Mt 7,17-18; 12,33). Los que son arrojados fuera no son devueltos al mar, sino que son desechados, de modo que acaban muriendo.

c) La enseñanza de la parábola
El vocabulario que tiene en común con la de la cizaña nos da la clave para saber que su mensaje es también semejante. Ahora, en el tiempo presente, los peces buenos y malos viven y conviven en el mismo lago. Pero cuando se cumpla el momento previsto por Dios, el día del juicio, que es el tiempo de la pesca, cuando la red ya esté llena, los peces serán separados (griego, aforízô), que es un verbo usado para hablar del juicio final (cf Mt 25,32): los buenos quedarán en los cestos, que representan la salvación, y los malos serán excluidos, serán arrojados fuera, que es el lugar de la perdición (cf Mt 22,13; 25,10-11). La idea de juicio queda reforzada por el modo como se lleva cabo la selección: los pescadores, es decir, los ángeles, están sentados (v. 48), que es la posición que corresponde a un juez (cf Mt 19,28; 25,31). Se trata del juicio universal, pues se habla de peces de toda clase (v. 47), como en Mt 25,32 se dice que serán congregadas todas las naciones. Aunque no habría sido necesario decir que los peces son arrojados al fuego (v. 50), las palabras finales de Jesús, conectadas con la suerte final de la cizaña (v. 42), ponen el acento en el destino terrible que aguarda a los que rechazan el Reino de Dios. ¡Qué gran responsabilidad de la libertad humana!

 

Que María, Virgen y Madre, nos ayude a conservar y perseverar en el amor a Cristo, nuestro tesoro y nuestra perla.
¡FELIZ DOMINGO!

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La primera parábola es la de la cizaña sembrada por un enemigo en un campo de trigo. Entre los sinópticos es propia del evangelio de Mateo, pero tiene un paralelo en el Evangelio gnóstico de Tomás 57. Está en estrecha relación con la del sembrador, aunque su temática es diferente. Es también la primera de seis parábolas que tienen un comienzo semejante: «El Reino de los cielos se parece a…», con lo cual se pone el acento en la centralidad que ocupa el Reino en la predicación de Jesús.

Domingo XV del Tiempo Ordinario

El evangelio recoge la tan conocida parábola del sembrador, que tiene paralelos en Mc 4,1-20 y Lc 8,4-15. Con la lectura de este domingo comienza la lectio continua del capítulo 13 de Mateo, conocido como «discurso parabólico», que contiene siete parábolas. Es muy probable que Jesús pronunciara estas parábolas en distintos momentos y que Mateo las haya agrupado como un conjunto hasta alcanzar el número siete, de fuerte carácter simbólico.

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