La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 55,10-11, Rom 8,18-23 y Mt 13,1-23. El evangelio recoge la tan conocida parábola del sembrador, que tiene paralelos en Mc 4,1-20 y Lc 8,4-15. Con la lectura de este domingo comienza la lectio continua del capítulo 13 de Mateo, conocido como «discurso parabólico», que contiene siete parábolas. Es muy probable que Jesús pronunciara estas parábolas en distintos momentos y que Mateo las haya agrupado como un conjunto hasta alcanzar el número siete, de fuerte carácter simbólico.
1. El contexto de la parábola
El contexto en que Mateo narra la parábola es el de la enseñanza de Jesús junto al mar de Galilea (v. 1-3). En este marco narrativo hay dos detalles que conviene destacar. El primer detalle es que el evangelista dice que Jesús salió (de casa) (v. 1a) para ir junto al mar. Y la parábola comienza diciendo que el sembrador salió (a sembrar) (v. 3b), con lo que Mateo facilita al lector la identificación de Jesús con el sembrador. La identificación es aún más perceptible en la versión de Mc 4,14, donde, en la explicación que da Jesús de la parábola, se dice que el sembrador siembra la Palabra. Más clara aún es la identificación que Jesús hace de sí mismo en la parábola de la cizaña: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre» (Mt 13,37). Por otra parte, el verbo salir lo utiliza Jesús con un significado más profundo, como un modo de referirse a su Encarnación. Así parece que hay que deducirlo de las palabras de Jesús en Mc 1,38: «Vayamos… a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para esto he salido»; y aún más claro parece este otro dicho del Evangelio de Juan: «He salido de Dios y he venido (al mundo)» (Jn 8,42; 13,3).
El segundo detalle se refiere a que en dos ocasiones Mateo dice que Jesús se sienta para enseñar a la gente: primero, a la orilla del mar (v. 1b), luego, en una barca, ¿la de Pedro? (v. 2). La insistencia en subrayar este gesto de Jesús tiene gran trascendencia: Mateo desea presentar a Jesús como el verdadero Maestro que enseña con autoridad, como en otro tiempo lo hacía Moisés. Jesús es presentado como el nuevo Moisés, el que ha venido para ocupar la cátedra de Moisés. El gesto de sentarse de Jesús para enseñar lo había indicado Mateo ya en la introducción al Sermón de la montaña (cf Mt 5,1). Por otra parte, el estar sentado de Jesús contrasta con la posición de la gente que estaba de pie en la orilla, escuchando (v. 2).
Desde el punto de vista literario el pasaje está concebido con la estructura llamada sandwich: a) exposición de la parábola (v. 1-8), b) por qué Jesús habla en parábolas (v. 9-17), a’) explicación de la parábola (v. 18-23).
2. La exposición de la parábola (v. 4-8): Un modo de sembrar desconcertante
Como en otras ocasiones, Jesús se sirve del ámbito rural para componer una de sus parábolas más conocidas. Sin embargo, en la descripción que hace del proceso de la siembra hay varios detalles desconcertantes. En primer lugar, al hablar de la simiente del camino (v. 4), aunque la versión litúrgica de la Conferencia Episcopal ha traducido por simiente que ha caído al borde del camino, la traducción más ajustada es sobre el camino, pues la preposición griega epí tiene ambos significados. Así parece deducirse del paralelo de Lc 8,5, donde se dice que la simiente fue pisada por la gente, y por el testimonio del Evangelio de Tomás 9, un apócrifo de tendencia gnóstica que recoge dichos auténticos de Jesús, que dice que la simiente cayó sobre el camino. Pero, entonces, ¿qué sentido tiene sembrar sobre un camino? ¿No es desperdiciar la simiente? En segundo lugar, ¿a qué sembrador se le ocurriría sembrar sobre un terreno pedregoso o sobre un terreno infestado de abrojos, cardos o espinos? El proceder de este sembrador deja mucho que desear: ¡qué sembrador más desmañado! ¡Qué modo más necio de desperdiciar la simiente!
Sin embargo, lo que parece una siembra tan descuidada se explica de manera coherente si se tienen en cuenta, como puso de relieve el exegeta alemán Joachim Jeremias, tanto las costumbres de labranza de Palestina como el tipo de terreno. Cuando llega el tiempo de la siembra después del verano en Galilea, los sembradores siembran antes de arar. Así lo muestran los testimonios de las fuentes rabínicas. Un pasaje del Talmud dice: «En Palestina se labra después de sembrar» (b. Shabbat 73b). Y en otro testimonio se lee una lista de los trabajos del agricultor hasta amasar el pan: «Ha sembrado, arado, segado, atado las gavillas, trillado…» (Tosefta, Berajot 7,2).
Teniendo en cuenta estas peculiaridades de la agricultura palestinense, se puede comprender el modo de proceder del sembrador. El que siembra esparce la semilla caminando sobre el rastrojo sin arar que ha quedado de la siega del verano. Y siembra de manera intencionada sobre el camino que la gente del pueblo ha ido haciendo en el rastrojo, para atravesar el campo, porque desaparecerá en el momento de labrarlo. Es un camino provisional. Y es un espacio que el sembrador no se puede permitir desperdiciar.
Tampoco debe sorprender que parte de la simiente caiga sobre terreno pedregoso (v. 5). Hay en Palestina una clase de terreno de rocas calcáreas que están cubiertas de una ligera capa de tierra de labor y apenas destacan o, incluso, no destacan en el rastrojo, hasta que la reja del arado choca contra ellas chirriando.
Finalmente, el sembrador siembra adrede entre los abrojos, cardos o hierbajos (v. 7) que han podido brotar en el campo después de la siega, pues también serán arrancados en el momento de la labranza.
De este modo, concluye J. Jeremias, «lo que a un occidental le puede parecer poca maña, es lo normal en las condiciones de Palestina» (J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, 1970, 14).
3. La enseñanza de la parábola (v. 18-23)
A partir del v. 18 comienza la explicación de la parábola por parte de Jesús con la consiguiente enseñanza. La explicación es detallada y sigue los pasos de los cuatro tipos de terreno en los que ha caído la simiente. Lo primero que destaca es la identificación que Jesús hace entre la simiente y la Palabra del Reino, que es su propia predicación. Y lo segundo la identificación entre el campo y el corazón del hombre. ¡Todo se juega en el corazón!
a) Lo sembrado sobre el camino (v. 19) significa la Palabra que ha sido oída, pero no entendida, es decir, no ha pasado del oído al entendimiento, no ha sido discernida para captar su mensaje, no ha calado en lo profundo del corazón, sino que se ha quedado en la superficie. Y si la Palabra se queda en la superficie, si no entra en el corazón es fácil de ser arrebatada, hacerla desaparecer totalmente. No en vano la acción de los pájaros en el v. 4 se describe con el verbo griego katafágô, un verbo intensivo que significa devorar, consumir, comer completamente. Los pájaros representan al Maligno (griego, ponêrós), que Mc 4,15 identifica con Satanás, y Lc 8,12 con el diablo. Es el Maligno al que Jesús se refiere en el Padrenuestro (cf Mt 6,13), del que pedimos ser liberados. El Maligno, siempre atento, «devora», arrebata la Palabra del corazón que no la ha acogido con convicción.
b) La semilla sembrada en el terreno pedregoso (v. 20-21) representa a quienes en un primer momento han oído la Palabra, incluso la han acogido, con alegría. Una alegría que dura por algún tiempo, cuando todo va bien. Pero cuando llega una tribulación, es decir, no una simple dificultad o problema habitual de la vida, sino una prueba o sufrimiento (cf Mt 24,4.21.29), incluso una persecución (cf Mt 5,10; 10,23; 23,34), a causa de la misma Palabra que se había recibido, se revela que se trataba de una acogida y una alegría momentáneas, pasajeras, no enraizadas de verdad en el corazón. San Pablo habla de las tribulaciones que pasó por fidelidad a Jesús y a la predicación del Evangelio: «Acreditarnos como ministros de Dios: en tribulaciones…, en azotes, prisiones, fatigas, desvelos…» (2Cor 6,4-5). Y pone el ejemplo de los fieles de Tesalónica, que habían acogido la Palabra con la alegría del Espíritu en medio de fuertes tribulaciones (cf 1Tes 1,6).
Por eso, quien acoge la Palabra de manera superficial acaba por escandalizarse de la propia Palabra, es decir, la Palabra se convierte para él en una ocasión de tropiezo, y el que la acogió con alegría termina por sucumbir, no es capaz de resistir y perseverar. Conforme a lo que había dicho en la exposición de la parábola, Jesús identifica la tribulación y la persecución con el efecto devastador del sol: aunque la Palabra había comenzado a brotar y había motivos para la esperanza, se secó abortando el esperado fruto. Y por medio de una inclusión Jesús subraya el contraste dramático entre cómo la Palabra había sido acogida en seguida con alegría (v. 20) y cómo en seguida sucumbe (v. 21). El miedo al dolor, al martirio, atenaza el corazón. ¡Qué poco dura la falsa alegría!
c) Lo sembrado entre abrojos y espinos (v. 22) representa a aquellos que también han acogido la Palabra, pero no les ha dado tiempo a nada, pues muy pronto han dejado ahogar la pujanza natural de la semilla de la Palabra con los afanes, las preocupaciones, los agobios o la inquietud (o incluso la ansiedad) de la vida (lit. preocupaciones del mundo, es decir, las preocupaciones que el mundo pretende introducir en el corazón del cristiano) y la seducción o el atractivo de las riquezas. Sobre las preocupaciones de la vida Jesús había advertido a los discípulos: «No estéis agobiados por vuestra vida…» (Mt 6,25-34); y sobre el peligro de las riquezas se había pronunciado en las Bienaventuranzas (cf Lc 6,24) y con ocasión del joven rico (cf Mt 19,16-26) y del rico necio (cf Lc 12,13-21). A las preocupaciones de la vida y la seducción de la riqueza Mc 4,19 añade «las demás concupiscencias», o los demás deseos o pasiones (griego, epizymíai), abriendo así el abanico de posibilidades de frustrar la esperanza de una buena cosecha; Lc 8,14, por su parte, habla de las preocupaciones, la riqueza y los placeres (griego, hedonê, de ahí hedonismo) de la vida, poniendo de este modo el acento en las tentaciones y obstáculos que amenazan el crecimiento de la semilla.
d) Finalmente, Jesús explica lo referente a la semilla que cae en tierra buena (v. 23). Lc 8,15 explicita que se trata de los que escuchan «con un corazón noble y generoso y dan fruto con perseverancia». En una especie de inclusión Jesús cierra la parábola con una enseñanza que era esperable: así como los que representaban el primer tipo de terreno eran los que habían oído pero no habían entendido, ahora los últimos, conforme al climax del relato, son los que han oído y han entendido, han penetrado en el misterio de la Palabra (Logos) y lo han hecho suyo. Viven conformando su vida con los criterios del Reino. Éstos dan fruto cada uno conforme a sus capacidades. Y sin envidias: ciento, sesenta, treinta. En Gén 26,12 se dice que Isaac sembró sus tierras y ese año cosechó el ciento por uno, como una señal de la bendición de Dios. Es una bendición de Dios cosechar con abundancia después de haber sembrado con abundancia (cf 2Cor 9,6).
Que la Virgen María, cuyo seno fue la tierra buena en la que fue sembrada la Palabra Cristo, interceda por nosotros, para que lleguemos a dar fruto abundante.
¡FELIZ DOMINGO!