La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de 2Re 4,8-11, Rom 6,3-4.8-11 y Mt 10,37-42. El texto del evangelio, que tiene paralelos en parte en Mc 8,34-35; 9,37 y Lc 9,23-24; 9,48; 10,16 ; 14,26-27 y 17,33, corresponde al final del conocido como «discurso apostólico».
1. Las condiciones para seguir a Jesús
A lo largo de su ministerio Jesús va proponiendo a sus discípulos ciertas condiciones para quien quiera seguirle con todas las consecuencias hasta el final (cf Mt 16,24-25; 18,1-4; 20,25-28). En este momento del envío Jesús les habla de varias condiciones, que son como un adelanto de todo lo que ha de venir.
a) El amor a los padres y el amor a los hijos (v. 37)
Aunque pueda parecer una condición demasiado exigente por parte de Jesús, hay que tener en cuenta varios detalles. En primer lugar, que se trata de una condición que está en estrecha relación con el mandamiento recogido en el Shemá‘, la palabra dirigida por Dios a Israel, convertida en la oración que los piadosos judíos recitaban dos veces al día, al amanecer y al atardecer, porque la reconocían como el don singular que Dios había regalado a Israel frente a los demás pueblos: «Escucha, Israel: «El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas»» (Dt 6,4-5). El propio Jesús reconocerá que éste es el mandamiento principal y primero (cf Mt 22,37-38). Esto significa reconocer que amar a Dios conlleva amarlo sobre todas las cosas, que ante el amor a Dios todo lo demás, incluso el amor a los seres queridos, pasa a un segundo plano. Y en el amor preferencial a Dios es donde encuentra el hombre la razón más profunda y verdadera de su existencia: el amor a Dios le descubre la grandeza de su corazón y la finalidad de su vocación. Ha sido creado para amar. Ha sido creado por Dios, que es Amor, y lleva impreso en su corazón la huella del amor. Además, se da una verdadera paradoja: Amar a Dios ensancha el corazón y capacita para amar mejor a los padres o a los hijos, mientras que el amor a ellos puede ser un obstáculo para amar a Dios. La experiencia enseña que desde un monasterio se puede amar más y mejor a los padres que estando fuera con ellos, y el desmedido amor a los padres puede frustrar muchas vocaciones consagradas. De igual modo, el amor posesivo hacia los hijos puede hacer que se pierdan muchas vocaciones, recortando las alas de la verdadera libertad de los hijos.
En segundo lugar, el ejemplo de los Apóstoles muestra que el amor incondicional a Jesús, dejando a los padres o a los hijos, no es una exigencia imposible. Pedro pregunta a Jesús: «Nosotros que lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va tocar?» (Mt 19,27). La respuesta de Jesús resulta consoladora: «Todo el que por mí deja… padre o madre, hijos…, recibirá cien veces más» (Mt 19,29).
Por otra parte, cuando Jesús dice que quien ame a su padre o a su madre más que a Él no es digno de ser discípulo suyo, está dando a entender que no sigue su ejemplo, pues Él, llegado el momento, abandonó a José y a María, para dedicarse por entero a la misión que el Padre le había encomendado. Por amor obediente e incondicional al Padre, dejó en un segundo plano el amor al padre y a la madre (cf Lc 2,41-50), a los que sin duda amaba filialmente con todo su corazón (cf Lc 2,51). El principio del amor incondicional a Jesús lo expresa de manera maravillosa san Cipriano: «No anteponer nada en absoluto a Cristo, pues tampoco Él antepuso nada a nosotros» (Tratado sobre el Padrenuestro 15).
b) Cargar con la cruz (v. 38)
La siguiente condición para el seguimiento puede resultar aún más exigente: cargar con la cruz. La referencia a tomar la cruz como condición del seguimiento reaparecerá más adelante cuando Jesús, camino de su última subida a Jerusalén para la última Pascua, proponga a sus discípulos: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). En las palabras de Jesús hay sin duda una invitación a seguirle en el mismo destino que le espera a Él. De este modo, Jesús quiere asociar a los discípulos a su ministerio, que pasa por la cruz. Si hasta ahora la elección y el seguimiento de los discípulos consistía en dejarlo todo, aligerando la carga, a partir de ahora consistirá en cargar con el yugo de la cruz. La cruz, como expresión del amor a Jesús, es precisamente lo único a lo que no tendrán que renunciar.
Cuando Jesús dice que quien no carga con su cruz no es digno de Él, da a entender que se trata de alguien que no quiere seguir su ejemplo, pues Él ya ha cargado con su cruz y va delante marcando el camino. De hecho, Jesús habla de «venir detrás de mí», una expresión que en griego (akolouzei opísô mou) quiere subrayar que quien toma la cruz sigue las huellas que Él va dejando. Esto significa además que quien no quiere cargar con su cruz en realidad no acepta seguir a Jesús con todas las consecuencias, incluida la muerte, y, de este modo, está negando ser verdadero discípulo suyo. Pues en las palabras de Jesús está encerrado el anuncio de que al discípulo le aguarda el mismo destino violento que al Maestro. Sin duda, esas palabras no han de ser entendidas en un simple sentido metafórico, sino en todo su realismo. Que los Apóstoles entendieron con claridad que la invitación de Jesús era seguirle hasta la posibilidad de la muerte lo muestra que, salvo en el caso de Juan, todos ellos murieron en el martirio.
Un bello ejemplo de cómo para cargar con la cruz es también necesaria la ayuda de la oración de los demás, lo encontramos en la carta que san Paulino de Nola escribe a san Alipio, obispo de Tagaste: «Para que nada ignores acerca de mí, has de saber que yo fui por mucho tiempo un pecador y que si, en otro tiempo, fui sacado de las tinieblas y de la sombra de la muerte para respirar el hálito de la vida y si puse la mano en el arado y tomé en mis manos la cruz del Señor, necesito, para perseverar hasta el fin, la ayuda de tus oraciones. Será un mérito más que añadir a los muchos que ya posees, si me ayudas a llevar mi carga» (Carta 3, a Alipio).
2. Las consecuencias del seguimiento
a) Perder y encontrar la vida (v. 39)
Con las palabras que siguen Jesús muestra la distinta suerte que obtienen los que, cargando con su cruz, lo siguen con todas las consecuencias, y los que no lo siguen. Mediante el recurso literario del quiasmo, Jesús pone de relieve la sorprendente paradoja que se produce:
a) «el que encuentre su vida,
b) la perderá,
b’) el que la pierda por causa de mí,
a’) la encontrará».
Este dicho de Jesús, propuesto como un enigma, que reaparece en Mt 26,25, hay que entenderlo así: aquellos que no le acompañan con la cruz creerán que han salvado la vida, pero en realidad la han perdido definitivamente, pues habrán defraudado su verdadera vocación, que es alcanzar la vida eterna con Jesús. Para el verbo perder el evangelista usa el verbo griego apóllymi, que tiene distinto significado en las dos partes del verso. En la primera parte, significa que los que no sigan a Jesús con la cruz destruirán su vida, porque habrán perdido la felicidad eterna. En cambio, en la segunda parte significa que los que le sigan hasta el final, hasta perder (= entregar) la vida por amarlo (propter amorem Iesu), la encontrarán, es decir, obtendrán la verdadera vida, la vida eterna, porque gozarán de su presencia contemplando su rostro.
b) La plena identificación con Jesús (v. 40)
Al que ha aceptado la invitación de Jesús y ha sido enviado, se le concede un gran don: llegar a identificarse en plenitud con Él. Siguiendo el principio jurídico judío relacionado con la figura del shaliaj: «El enviado de un hombre es como el hombre mismo» (Misnah Berajot 5,5), Jesús les hace entender a los Apóstoles que ellos son una misma cosa con Él, son su presencia allí donde los envía. Pero añade algo más: Dado que Él es el shaliaj del Padre, quien les recibe a ellos, recibe a Jesús y al Padre.
c) La recompensa de la caridad (v. 41-42)
La sección se cierra con un triple dicho de Jesús de corte sinonímico. Aquellos que reciban a los discípulos de Jesús obtendrán la recompensa conforme al principio de «la medida por medida». Cualquier gesto de caridad con los discípulos, por pequeño que sea, no quedará sin una recompensa adecuada. Como muestra también el caso de Eliseo en la primera lectura, la caridad generosa y desinteresada acabará siendo una caridad recompensada con abundancia. La mujer que tuvo caridad con un profeta, tuvo la recompensa del profeta, que le anunció el don de un hijo en su ancianidad. Todo aquel que atienda a los discípulos de Jesús por considerarlos profetas, recibirá la recompensa de un profeta. El que les acoja como a un justo, recibirá la recompensa de un justo. Y a quien les ofrezca ayuda, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, porque son pequeños, es decir, humildes y pobres, no sólo no perderá su recompensa, sino que obtendrá una mayor, pues la generosidad de Dios es siempre más grande y supera toda previsión. Es digna de notarse la fina observación de Jesús al hablar de un vaso de agua «fresca», pues sabe cómo agradece un poco de agua fresca quien recorre los caminos polvorientos de Palestina bajo el peso del calor. Jesús mismo pidió un poco de agua fresca a una mujer samaritana (cf Jn 4,7). Con un vaso de agua fresca podemos salvar una vida. Con un vaso de agua fresca podemos salvar nuestra vida eterna.
¡FELIZ DOMINGO!