Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

Esto dice el Señor:
«¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraín
y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero
y proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar,
desde el Río hasta los extremos del país».

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

 

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Hermanos:
Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Danos, Señor, un corazón manso y humilde

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Zac 9, 9.11-13, Rom 8,9.11-13 y Mt 11,25-30.
El texto de Zacarías corresponde a un oráculo pronunciado por el profeta para invitar a Sión a gozarse y exultar ante la llegada de su Rey. Pero, paradójicamente, este Rey es humilde y viene montado sobre un pollino. Es un oráculo que verá su cumplimiento el día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (cf Mt 21,5).

El pasaje de Mt 11,25-30 puede dividirse en dos partes: la revelación a los sencillos (v. 25-27) y la invitación a los cansados y agobiados (v. 28-30).

 

1. La revelación a los sencillos (v. 25-27)

Desde el punto de vista literario esta sección está construida mediante el recurso de la inclusión, con la presencia del verbo «revelar» al comienzo (v. 25) y al final (v. 27). El núcleo central lo constituye una oración de acción de gracias de Jesús dirigida al Padre. La oración tiene un paralelo en Lc 10,21-22.

a) La oración en el Espíritu Santo (Lc 10,21)
En el relato de Lucas, frente a la introducción más breve de Mateo, la oración de Jesús está enmarcada con estas palabras: «En aquella hora, se alegró Jesús en el Espíritu Santo y dijo…» (10,21). La oración de bendición o alabanza, movida por el Espíritu Santo, es un signo propio de la teología de Lucas. Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama, dirigiéndose a María: «¡Bendita tú entre las mujeres!» (1,41-42); Zacarías, lleno del Espíritu Santo, profetiza: «¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel!» (1,67-68); el anciano Simeón, en quien estaba el Espíritu Santo, bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (2,25.29). Es importante también tener en cuenta que el tema de la alegría es característico del evangelio de Lucas, desde los relatos de la infancia (1,47; 1,14.44; cf Hch 2,46).

b) La oración de acción de gracias (Mt 11,25)
La oración de Jesús está introducida con el verbo griego exomologéomai, que tiene entre sus significados reconocer, alabar, dar gracias. Se trata, por tanto, de una oración de alabanza y de acción de gracias de las que se encuentran abundantes paralelos en el Antiguo Testamento, sobre todo en los Salmos, y en la literatura de Qumrán, sobre todo en los conocidos como Himnos o Hodayot. Ejemplos de este tipo de oración de acción de gracias, conocida en hebreo como todah, son, entre otros muchos, el Sal 9,2: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando tus maravillas; me alegro y exulto contigo»; el Sal 111,1: «Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos en la asamblea»; y el Sal 138,1: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, delante de los ángeles tañeré para ti». Los motivos para dar gracias a Dios son muy variados, pero, en general, están relacionados con los gestos de bondad, gestos salvíficos, que Dios ha tenido con aquel que compone la oración. Ante una manifestación prodigiosa de Dios el creyente manifiesta su gratitud con una jubilosa acción de gracias.

c) La invocación de Jesús (v. 25-26)
En su oración Jesús se dirige a Dios con una doble invocación: «Padre, Señor del cielo y de la tierra». La primera corresponde al modo como Jesús se dirige de manera habitual a Dios como su Padre; esta fórmula muestra la especial relación que existe entre ellos y la conciencia que Jesús tiene de ser Hijo (cf Mt 26,39.46). Es significativa la oración en la noche de Getsemaní, en la que Jesús habla a Dios con la invocación aramea Abba (cf Mc 14,36). Jesús dialoga con el Padre con la confianza y la inocencia con las que un niño judío lo hace con el suyo y experimenta su ternura (cf Sal 103,13). Por otra parte, Jesús concederá a sus discípulos el gran privilegio de dirigirse a Dios llamándole Padre (cf Mt 6,9). La segunda invocación, que es tradicional en el judaísmo, viene a ser una confesión de fe en Dios como Creador y Señor (Tob 7,17; Jdt 9,12; Hch 17,24; cf Gén 24,3.7).

d) El motivo de la acción de gracias
Es importante señalar que, al contrario de lo que sucede en los Salmos bíblicos o en los de Qumrán, el motivo de la acción de gracias de Jesús no es por algo que Dios Padre ha hecho a favor suyo, sino a favor de otros. Y este obrar de Dios que hace estallar de alegría el corazón de Jesús es sorprendente y paradójico: ha ocultado «estas cosas» a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños. No obstante, este proceder de Dios no era desconocido para un israelita. En un oráculo pronunciado contra Jerusalén el profeta Isaías proclama en nombre de Dios: «Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí…, por eso seguiré asombrando a este pueblo con prodigios maravillosos: perecerá (griego LXX: destruiré) la sabiduría de sus sabios y estará oculto (griego LXX: ocultaré) el entendimiento de sus entendidos» (29,13-14). ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de «estas cosas» que Dios oculta a los sabios y entendidos? Lo más lógico es pensar en todo lo que tiene que ver con su persona y su ministerio público, es decir, su predicación y sus obras con las que se manifiesta como Mesías. Y ¿quiénes son los sabios y entendidos (griego, sofoí kaì synetoí)? Parece claro que Jesús habla de los escribas y fariseos, los versados y entendidos en la Ley de Moisés, que no han sabido «entender» la llegada del Reino en la predicación y en los signos que Jesús realiza. Henchidos de su sabiduría por la lectura y el conocimiento de la Torah, no han sabido «leer» ni reconocer los signos de los tiempos que se cumplían en Jesús (cf Mt 16,2-3). De ese modo, Dios ha embotado sus mentes y se muestran incapaces de discernir los nuevos tiempos de la salvación. ¡Y también hoy hay tantos que, henchidos de su soberbia, no son capaces de escrutar los signos de Dios!

¿Y quiénes son los «pequeños» de los que habla Jesús? Antes de dar una respuesta, hay que tener en cuenta que Mateo usa el griego nêpios, que por su etimología es equivalente al latín infans, que significa el que no tiene voz, el niño, y de ahí se deriva el significado de pequeño, simple, sencillo. Para conocer a quién se refiere Jesús ayuda saber que en Mt 10,42, hablando de los discípulos, Jesús dice: «Quien dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo…». Los pequeños, por tanto, son los discípulos de Jesús a los que «se les ha dado a conocer los misterios del Reino» (Mt 13,11).

Las palabras de Jesús sobre la revelación a los pequeños se cierran con una especie de grito de exultación que reafirma su alegría del comienzo. El motivo de esta alegría es que el Padre, a quien nadie conoce sino el Hijo, muestra su complacencia, su beneplácito y su gozo revelando sus misterios a los pequeños por medio del Hijo. En otro momento de su ministerio Jesús dirá a Pedro que su confesión reconociéndole como Mesías e Hijo del Dios vivo ha sido una revelación del Padre (cf Mt 16,16). Es éste, por tanto, otro ejemplo de revelación a los pequeños. Pedro es uno de esos a los que Jesús llama pequeños.

 

2. La invitación a los cansados y agobiados (v. 28-30)

Esta invitación de Jesús gira en torno a tres palabras claves: carga, yugo y descanso. El dicho está estructurado desde el punto de vista literario, en primer lugar, en la forma de una doble inclusión, con una doble pareja de términos griegos de la misma raíz verbal. Por una parte, en el v. 28 aparece el verbo fortízô, sobrecargar, y en el v. 30 el sustantivo fortíon, carga; por otra, en el v. 28 aparece el verbo _anapaúsô_, descansar, y en el v. 29 el sustantivo anápausis, descanso. En segundo lugar, el dicho de Jesús contiene un doble paralelismo sinonímico, en cada uno de los cuales la primera parte está expresada con un imperativo y la segunda con un futuro:
a) «venid a mí los cansados y cargados» (v. 28a),
b) «yo os daré descanso» (v. 28b);
a’) «tomad mi yugo y aprended de mí» (v. 29a),
b’) «encontraréis descanso para vuestras vidas» (v. 29c).

De este modo, la revelación que Jesús hace de sí mismo: «soy manso y humilde de corazón» (v. 29b), constituye como el corazón de la segunda parte del dicho.

Esta compleja estructura literaria, muy bien construida, sirve para intensificar la fuerte carga emocional que Jesús ha querido imprimir a sus palabras. Con sus ojos y su corazón de Buen Pastor Jesús ve a los que están presentes como ovejas sin pastor (cf Mc 6,34), cansados y agobiados por la sobrecarga que los fariseos echan sobre sus hombros (cf Mt 23,4), y los invita a ir hacia Él, que les ofrece solaz y descanso, como Dios había prometido a Israel por medio de Ez 34,15: «Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar» (cf Sal 23). Jesús ofrece a los agobiados el mismo descanso de Dios: «El Señor está cerca de los que tienen roto el corazón y salva a los espíritus hundidos» (Sal 34,19).

Este descanso está relacionado con la afirmación que Jesús hace de sí: «Porque soy manso y humilde de corazón». El adjetivo manso es en latín mitis, derivado del verbo mitigo, que significa mitigar, moderar, calmar. Alguien manso es aquel que modera sus impulsos, no se deja llevar de la ira o la violencia. Es una persona calmada y apaciguada. La palabra humilde deriva del latín humilis, que a su vez procede de humus, suelo, tierra. Siendo Dios, Jesús en su Encarnación se ha abajado hasta la tierra (cf Flp 2,7), mostrando tener un corazón humilde. El corazón de Jesús, lleno de mansedumbre y humildad, se nos revela como el regazo en el que puede descansar el que se siente agobiado y sobrecargado por tantas pruebas de la vida. Jesús no ha prometido a los suyos que les evitará las pruebas que hayan de pasar, sino que estará junto a ellos ofreciéndoles descanso y sosiego, fortaleza y aliento para afrontarlas. Parafraseando las palabras de san Agustín, podemos decir que el corazón atribulado del hombre sólo encontrará su verdadero descanso en el corazón de Jesús (Libro de las confesiones. Libro 1,1,1).

Además, Jesús es el Maestro del que hay que aprender a vivir en mansedumbre y humildad, pues en ellas encontrarán sus discípulos la verdadera bienaventuranza (cf Mt 5,4). El corazón manso es el que se hace fuerte y resiste ante la adversidad y la violencia sin usar la violencia. Que Jesús hable de sí como manso y humilde de corazón está en relación con lo que los rabinos consideraban como propio de los «discípulos de Abrahán»: «Una mirada buena, un espíritu manso, un alma humilde» (Abbot 5,19).

Finalmente, Jesús invita a tomar su yugo. Para entender esta metáfora hay que tener en cuenta que la enseñanza de los rabinos hablaba del «yugo de la Torah» para referirse al cumplimiento de los mandamientos. Pero los rabinos habían desarrollado la explicación de la Ley y habían entresacado de ella tal multitud de mandamientos (248 obligaciones, tantas como huesos del cuerpo, y 365 prohibiciones, tantas como días del año), que su cumplimiento se hacía una carga insoportable e imposible de llevar. Jesús libera a los suyos de ese peso agobiante y propone un yugo llevadero y una carga liviana: el yugo de su enseñanza, que se resume en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. En estos dos mandamientos están encerrados toda la Ley y los profetas (cf Mt 22,34-40). En 1Jn 5,3 dice san Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados».

 

Que santa María, la humilde esclava del Señor, nos alcance un corazón como el suyo.
¡FELIZ DOMINGO!

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