Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

Voy a cantar a mi amigo
el canto de mi amado por su viña.
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado.
La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas;
construyó en medio una torre y cavó un lagar.
Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones.
Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá,
por favor, sed jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?
¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?
Pues os hago saber lo que haré con mi viña:
quitar su valla y que sirva de leña,
derruir su tapia y que sea pisoteada.
La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán,
allí crecerán zarzas y cardos,
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor del universo es la casa de Israel
y los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada;
esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos.

La viña del Señor es la casa de Israel

 

Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.
Extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?

Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó.
y al hijo del hombre que tú has fortalecido.

No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios del universo, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Hermanos:
Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta.

Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra.
Y el Dios de la paz estará con vosotros.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.

Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.

Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».

Y Jesús les dice:
«No habéis leído nunca en la Escritura:

“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Que tu Palabra, Señor, nos enseñe a dar los frutos que tú esperas

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 5,1-7, Flp 4,6-9 y Mt 21,33-43. El texto de Isaías corresponde al conocido como «cántico de la viña». El pasaje evangélico recoge la parábola de los viñadores asesinos, que tiene paralelos en Mc 12,1-12, Lc 20,9-19 y en el Evangelio gnóstico de Tomás 65.

 

1. La viña de Israel
Esta parábola es la tercera que tiene como tema central a un propietario de una viña. Su comienzo, con las palabras «cavó en ella un lagar y construyó una torre» (v. 1), recuerda de cerca el inicio del cántico de la viña de Is 5,1-2, lo que facilitará más tarde la aplicación de la enseñanza de Jesús: la viña es Israel, el propietario es Dios, que en el cántico de Isaías es presentado como el amigo del profeta: «Voy a cantar a mi amigo, el canto de mi amado por su viña» (Is 5,1). Para comprender el mensaje de Jesús hay que tener en cuenta que la imagen de la viña para designar a Israel es frecuente en la literatura profética (cf Os 10,1; Jer 2,21; 5,10; 6,9; 12,10; Ez 15,1-8; 17,3-10; 29,10-14; Is 27,2-5) y sapiencial (cf. Sal 80,9-19).

Una nota característica de esta parábola es que el dueño arrendó la viña a unos labradores y se marchó lejos (v. 33). La ausencia del dueño puede parecer algo extraño, pero no lo es si se tiene en cuenta que en la Galilea de la época muchos terratenientes eran extranjeros que pasaban largas temporadas en sus países.

 

2. La parábola, la historia dramática de Israel

Esta parábola, que tiene todos los rasgos de una alegoría, puede interpretarse como una presentación resumida de la historia de Israel. Dios, el viñador, ha puesto en manos de unos arrendadores, las autoridades religiosas judías, el cuidado de su viña, Israel, los enviados son los profetas, el hijo es Jesús. A lo largo de los siglos Dios ha reclamado a Israel el fruto de una vida ajustada a la Alianza, por medio de sus enviados, los profetas, que de manera sistemática han sido humillados, maltratados y ejecutados (v. 34-36; Heb 11,35-38: «Unos fueron torturados hasta la muerte; otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada»). Israel ha endurecido su corazón, haciéndose refractario al amor de Dios. A pesar de ese comportamiento tan ingrato y extremadamente violento, Dios no ha desistido en su empeño de salvar a Israel, pues lo ha elegido como esposa amada. Llevado de su bondadosa paciencia y mansedumbre Dios ha dado un último paso: enviar a su Hijo único (Mc 12,6 y Lc 20,13: «hijo amado»), pensando que a él lo respetarían (v. 37).

 

3. La parábola, un anuncio de la pasión y muerte de Jesús

Cuando llega el momento del envío del hijo, Jesús imprime a la parábola un fuerte dramatismo: los labradores, en lugar de considerar al hijo como alguien digno del respeto debido a su padre, se ponen de acuerdo para matarlo y quedarse con la viña, que era su herencia (v. 38; cf 1Re 21,1-4: Nabot asesinado en su viña y despojado de ella). En este momento, la parábola adquiere un relieve nuevo, pues se convierte en un anuncio anticipado de la pasión y muerte de Jesús. Es evidente que al hablar del hijo, Jesús se está refiriendo a sí mismo y da a entender que será ejecutado por decisión de las autoridades religiosas de Israel.

En este punto es interesante notar una diferencia entre los relatos de Mateo y Lucas, por un lado, y el de Marcos, por otro, en el comportamiento de los viñadores. Mc 12,8 dice que los viñadores cogieron al hijo, «lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña». Este modo de proceder pone de manifiesto la vileza y la saña de estos hombres, pues matan al hijo dentro de la viña y arrojan el cadáver por encima de la cerca sin enterrarlo, dejándolo para ser devorado por las alimañas. Para un piadoso judío este gesto constituye un grave pecado, pues enterrar a los muertos era un deber y un gesto de compasión y caridad (cf Tob 1,17-19; 2,4-8).

En cambio, Mt 21,19 y Lc 20,15 dicen que los viñadores primero echaron fuera de la viña al hijo y después lo mataron. Si Israel es la viña de Dios, entonces Jesús está anunciando que primero será echado fuera de Israel, es decir, será juzgado, excomulgado de la comunidad de Israel por las autoridades religiosas y después será ejecutado. Jesús refrenda su anuncio con unas palabras tomadas del Sal 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos…», que le sirven para afirmar que el rechazo del que es objeto Dios lo convertirá en ocasión de restauración de su obra.

Como en otras ocasiones Jesús hace una pregunta a sus interlocutores para incorporarlos al debate sobre la parábola: «¿Qué hará el dueño de la viña con los viñadores?» (v. 40). Su respuesta, deducida con toda lógica: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (v. 41), prepara el camino para la enseñanza que Jesús quiere transmitir con la parábola: «Por eso os digo: «Os será quitado el Reino de Dios y será dado a un pueblo que produzca sus frutos»» (v. 43). Las expresiones «os será quitado» y «será dado» son dos pasivas divinas cuyo sentido es: Dios os quitará su Reino y se lo dará a otro pueblo. Como el comportamiento de las autoridades religiosas judías no ha respondido a lo que Dios esperaba de ellos, dirigiendo al pueblo de Israel para que acogiera a Jesús, el Hijo, que hacía presente el Reino de Dios como Mesías, Dios ha decidido quitarles su Reino y confiarlo a otro pueblo, la Iglesia, constituida por los gentiles y los judíos que han creído en Jesús y lo han acogido como su Mesías.

La anotación final de Mateo para cerrar la parábola, que no está recogida en la lectura litúrgica, es significativa: «Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos» (v. 45), e intentaban apresarlo (v. 46). Es claro que el mensaje de la parábola es el motivo para que las autoridades religiosas de Israel tomen medidas contra Jesús y aceleren su final.

 

Qué María, Viña fecunda, nos ayude a dar frutos abundantes.
¡FELIZ DOMINGO!

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La parábola viene a continuación de la controversia que Jesús ha mantenido con los sumos sacerdotes y ancianos que le han preguntado acerca de la autoridad con que ha llevado a cabo la purificación del Templo; y, para responder, Jesús ha introducido la figura de Juan (21,23-27). La mención del Bautista le da la ocasión para pronunciar la parábola. El pasaje puede dividirse en dos partes: el relato de la parábola (v. 28-31a) y la aplicación que Jesús hace para sus oyentes (v. 31b-32).

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

Hay que tener en cuenta que se trata de la octava parábola acerca del Reino de los cielos del evangelio de Mateo. Así lo pone de relieve la apertura de Jesús: «El Reino de los cielos es semejante a…». Por tanto, la enseñanza hay que aplicarla a una realidad que va más allá de lo que sucede en el mundo de los hombres. Por otra parte, esta parábola, como en otros casos, muestra la fina agudeza de Jesús para aplicar a su enseñanza sobre el Reino sus conocimientos del mundo rural en el que vivía.
Desde el primer momento Jesús pone de relieve que el dueño es un hombre de un corazón humilde, bondadoso y generoso.

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