La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 45,1.4-6, 1Tes 1,1-5 y Mt 22,15-21. Hoy comienza la lectura continua de 1Tes. El pasaje evangélico recoge la escena en que a Jesús le preguntan acerca de si es lícito pagar el tributo al César, que tiene paralelos en Mc 12,13-17 y Lc 20,20-26.
1. El contexto de la escena (v.15-16)
Después de pronunciar Jesús la parábola del banquete de bodas, Mateo da la noticia de que los fariseos, que se sienten amenazados por su enseñanza, se retiran y llegan al acuerdo de «comprometer» a Jesús con alguna cuestión embarazosa (v. 15). Para el verbo español comprometer Mateo usa el verbo griego pagideuô, derivado de pagís, trampa, que signica propiamente tender una trampa para cazar pájaros (cf Qoh 9,12; Sal 140,6). Con una intención premeditada, por tanto, los fariseos le envían a algunos de sus discípulos, junto con algunos herodianos, para hacerle una pregunta (v. 16a). Los fariseos son bien conocidos, pero ¿quiénes son estos herodianos? La opinión más común los identifica con los partidarios de la dinastía de Herodes, que en este momento apoyan a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, y a Roma, por intereses políticos y económicos. Ellos estarían interesados en denunciar ante las autoridades romanas las palabras o los gestos de Jesús que pudieran considerar hostiles al César.
Sin embargo, hay comentaristas que identifican a los herodianos con los esenios, un grupo religioso que vivía en comunidades en Qumrán y Jericó, junto al mar Muerto, pero que tenían presencia también en Jerusalén junto a la corte de Herodes y sus hijos. Por el historiador judío Flavio Josefo sabemos que desde hacía tiempo los esenios recibían un trato privilegiado por parte de los Herodes, por lo que se puede sospechar que eran conocidos con el nombre de «herodianos» (Antigüedades Judías 15,371-379).
Si esta identificación es correcta, entonces hay un detalle que cobra especial interés. Por razones históricas, políticas y religiosas, los esenios, que habían roto con el judaísmo oficial, dominado por los fariseos y los saduceos (la dinastía sacerdotal), eran enemigos irreconciliables de los fariseos. Pero había aparecido un enemigo común, Jesús, y fariseos y esenios se alían para ponerle en dificultades. Mc 3,6 da fe de otro momento en que fariseos y herodianos se confabulan contra Jesús para eliminarlo.
La pregunta que dirigen a Jesús está introducida por una especie de saludo laudatorio en el que le llaman «Maestro» (griego, didáskalos), reconocen que es veraz y que enseña el camino de Dios, es decir, los mandamientos, con verdad y que juzga con libertad de espíritu, sin prejuicios (v. 16b).
2. La cuestión del tributo al César (v. 17-22)
Este saludo, si fuera sincero, diría mucho a favor de ellos, pero es en realidad un ejercicio de calculada hipocresía. La cuestión que le plantean es: «¿Es lícito pagar impuesto (griego, kênsos; latín, census) al César o no?» (v. 17). Para comprender el alcance de la pregunta es importante saber que en tiempo de Jesús había dos tipos de impuestos: el impuesto sobre la produccion de las tierras (el tributum soli) y el impuesto sobre la propiedad personal (el tributum capitis), que era de un denario al año. Eran impuestos que suscitaban una fuerte oposición entre las gentes. La trampa que encierra la pregunta consiste en que si Jesús contesta que no hay que pagar el impuesto, puede ser acusado de ser un revolucionario, un subversivo, alineado con la ideología de los celotas, que alienta la oposición contra el César, y eso tiraría por tierra su fama de hombre pacífico, lleno de gran mansedumbre. Hay que recordar que la revolución de Judas el Galileo en el año 6-7 d. C. tuvo una motivación de este tipo: el censo de Cirino (cf Lc 2,2; Hch 5,37: «En los días del censo surgió Judas el Galileo»). Flavio Josefo confirma que este Judas incitó a sus conciudadanos a una revuelta, censurándoles por pagar tributo a los romanos (Guerra judía 2,8,1). En cambio, si Jesús responde que sí hay que pagar el tributo, entonces puede ser acusado de colaboracionista con el Imperio romano, que, como potencia pagana que domina Israel, era considerado un usurpador de los derechos de Dios, pues Dios es el único rey de Israel. Pagar el tributo era un modo de someterse reconociendo los derechos del César. La respuesta afirmativa supondría que Jesús perdía ante la gente su fama y autoridad como profeta.
Jesús percibe la malicia (griego, ponêría) de la pregunta, que procede del Malvado (griego, ho ponêrós) y la desenmascara como un acto de hipocresía, que encierra una tentación para hacerle caer en la trampa (v. 18). Con un gesto que puede asemejarse a una acción simbólica al estilo de los profetas, de manera sorprendente Jesús les pide: «Mostradme la moneda del impuesto». Y ellos le presentaron un denario (v. 19). El hecho de llevar consigo un denario pone ya de relieve la contradicción de la pregunta de sus interlocutores, pues de hecho no tienen inconveniente en manejar monedas del emperador romano. A continuación Jesús les dirige una pregunta que les debió de resultar desconcertante: «¿De quién es esta imagen (griego, eikôn) y la inscripción (griego, epigrafê)?» (v. 20). A lo que le responden, de manera muy escueta, algo que era evidente: «Del César» (v. 21a). Esta respuesta da pie a Jesús para ofrecer la suya a la pregunta que ellos le habían dirigido: «Pues dad al César lo del César y a Dios lo de Dios» (v. 21b). En la primera parte de la respuesta Jesús da a entender que en realidad pagar el denario del impuesto es «devolver» al César lo que es de su propiedad (que es lo que significa el verbo griego apodídômi que usa Mateo, y su equivalente latino reddo). Sus interlocutores no deberían tener ningún escrúpulo a la hora de pagar el tributo. En Rom 13,7 san Pablo aconseja: «Dad (griego, apódote; latín, reddite) a cada cual lo que es debido: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo…».
Jesús, sin embargo, pone el énfasis en la segunda parte de la respuesta, del todo inesperada, y que debió de causar un fuerte desconcierto en los oyentes: «Dad a Dios lo de Dios». Esta respuesta le permitía a Jesús sacar el debate sobre el impuesto del terreno puramente político y elevarlo al ámbito religioso, y de este modo escaparse de la trampa que le tendían. ¿Qué es lo que hay que dar a Dios porque es suyo? Para responder hay que partir del hecho de que Jesús había preguntado sobre la imagen y la inscripción de la moneda. Por el relato de Gén 1,27 sus interlocutores sabían que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, es decir, el hombre es como una moneda que porta la imagen de Dios y lleva la inscripción que explica a quién pertenece: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto; en ti me complazco». Como dice san Agustín: «Tú eres moneda de Dios…, sabes la imagen que portas y de quién eres imagen» (Sermón 9,9). A Dios, por tanto, debe el hombre entregarle, «devolverle», su persona, su vida, todo su ser. Es decir, a Dios pertenece la moneda más valiosa que el César no puede reclamar ni exigir como suya. Comenta Tertuliano: «Dad al César la imagen del César que hay en la moneda, y a Dios la imagen de Dios que hay en el hombre; así darás al César el dinero y te darás tú mismo a Dios» (La idolatría 15,3). De nuevo, san Agustín aconseja: «Dad al César las monedas, a Dios entregaos a vosotros mismos» (Tratado sobre el Ev. de Juan 40,9). La gran tentación del hombre es querer comprar la voluntad de Dios con unas monedas y vender su propia voluntad al César, al poder, a la corrupción. Podemos recordar aquí la oración de san Ignacio «para alcanzar amor»: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno (devuelvo). Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta» (Ejercicios Espirituales 234).
Mateo cierra la escena con una anotación que subraya el asombro que la respuesta de Jesús causó en sus oponentes, quienes, «dejándole, se fueron» (v. 22). De ese modo reconocían su inapelable derrota. La trampa que habían urdido contra Jesús se volvió contra ellos.
Que María, la moneda que porta la imagen más perfecta de Dios, nos ayude a devolver a Dios lo que le pertenece.
¡FELIZ DOMINGO!