Domingo XI del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

En aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mi. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.

Hermanos:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Ayúdanos, Señor, a hacer de nuestra vida un don en plena gratuidad

La liturgia de la Palabra retoma a partir de hoy la lectura continua del Evangelio de Mateo. Las lecturas son Éx 19,2-6a, Rom 5,6-11 y Mt 9,36-10,8. El pasaje del Evangelio corresponde en parte al conocido como «discurso apostólico» o «discurso misionero» que Jesús dirige a los discípulos antes de enviarlos en misión.

 

1. Las entrañas del Buen Pastor (9,36-38)

El discurso está introducido, en primer lugar, por una observación que el evangelista hace acerca del comportamiento de Jesús ante la muchedumbre (9,36; cf Mc 6,34) y, en segundo lugar, por las palabras que dice a los discípulos pidiéndoles una oración (9,37-38; Lc 10,2).

La observación del evangelista se refiere a que Jesús «viendo las muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor» (v. 36). Varias cosas son dignas de tenerse en cuenta en esta observación.

a) Es importante notar que Mateo para hablar del ver de Jesús usa el verbo horáô, que indica un ver en profundidad, como equivalente a conocer el interior de una persona. Jesús, por medio de su mirada, escruta y descubre los deseos y los anhelos, los sufrimientos y las aflicciones, las esperanzas e ilusiones del corazón humano. Y a través de su mirada manifiesta toda la fuerza de su misericordia.

b) El verbo griego que Mateo usa para decir que Jesús se compadecía es splagjnízomai, que significa propiamente «conmoverse las entrañas», un verbo que sólo aparece en los evangelios sinópticos y que, salvo en un par de ocasiones, los evangelistas lo reservan para aplicarlo a Jesús. En Lc 1,78 Zacarías habla de la entrañable (griego, splágjna) misericordia de Dios con Israel. Y es interesante subrayar que en Lc 15,20 se dice que el padre del hijo pródigo, que representa a Dios Padre, «lo vio y se compadeció de él», se conmovieron sus entrañas de misericordia. Según eso, Jesús se compadece de los hombres con las mismas entrañas de misericordia que el Padre, Jesús tiene entrañas de Dios.

c) En este caso, lo que hace conmoverse a Jesús es el sufrimiento y el abatimiento, la desesperanza de las gentes, pues estaban extenuadas y abandonadas. Mateo usa aquí los verbos griegos skyllô y ríptô, que abarcan una amplia gama de significados. El primero, que en su origen significa «despellejar a un animal», puede traducirse por estar atribulado, estar fatigado, estar deshecho o estragado, ser vejado o acosado; el segundo puede traducirse por estar echado por tierra o abatido, estar decaído, llevar una vida arrastrada. Los dos verbos unidos, que la Vulgata traduce por vexati et iacentes, dan una idea exacta de la situación verdaderamente penosa que sufren estas gentes. Una situación que no está provocada tanto por el sufrimiento corporal (enfermedades, pobreza, maltratos, etc.), cuanto por las carencias espirituales, sobre todo por la falta de verdaderos pastores y guías. Están «como ovejas sin pastor», que es una expresión que se usa a veces en el Antiguo Testamento para describir el estado en que se halla Israel por el mal comportamiento de sus pastores, que se han desentendido del cuidado del pueblo buscando su propio provecho (cf Ez 34,5; Zac 10,2-3).

La situación de indefensión y abatimiento de las gentes hace que del corazón de Jesús brote una súplica a sus discípulos, aunque cambiando la imagen del pastor por la de los obreros del campo: pedir al Padre obreros dispuestos para recoger la mies que está preparada (v. 37-38). Una oración que sirve para todos los tiempos. Siempre habrá necesidad de obreros para un campo tan grande de hombres necesitados del cuidado de la misericordia entrañable.

 

2. La constitución de los Doce (10,1-4)

a) La convocación junto a sí
Después de hacerles conocer la necesidad de obreros para trabajar en la mies de Dios, Jesús convoca junto a sí a los Doce, a los que ya había elegido, para dotarles del mismo poder y autoridad que Él había desplegado curando a los enfermos, desatando a los poseídos de los lazos de Satanás y perdonando a los pecadores (cf Mt 8-9). Jesús asimila a los Doce a su mismo ministerio, y en adelante ellos serán los continuadores de su obra. Con ese gesto Jesús ha querido transferir a la Iglesia, por medio de los Doce, el don de sus mismas entrañas de misericordia, compasión y ternura para con las ovejas extenuadas, abatidas y desesperanzadas de todos los tiempos. La tarea de la Iglesia en el mundo puede ser llamada con toda propiedad un officium misericordiae.

b) El número doce
El número doce ha sido buscado de manera intencionada por parte de Jesús, pues representa un gesto simbólico con el cual quiere significar que ellos constituyen el nuevo Israel de Dios (cf Gál 6,16), las doce nuevas «tribus» sobre las que recae la bendición de Dios.

c) Los nombres de los Doce
Así como en el Antiguo Testamento las doce tribus son conocidas por los nombres de los hijos de Jacob (cf Gén 35,23-26), también ahora el nuevo Israel es conocido por los nombres de los Doce Apóstoles. Y no deja de ser significativo que algunos de esos nombres coinciden: Simeón=Simón (Pedro), Judá=Judas, Leví=Leví (Mateo). Que los evangelistas hayan consignado el nombre de los Doce es importante, dado el gran interés que el nombre tenía en el pensamiento judío: el nombre encerraba el misterio del ser y la misión de la persona. Por eso se elegía de manera muy cuidadosa el nombre que se había de imponer a un recién nacido (cf Lc 1,63; Mt 1,21; Lc 2,21).

En la lista que ofrece el evangelista hay varios detalles a tener en cuenta. En primer lugar, la lista se abre y se cierra con dos nombres, Simón y Judas, de los cuales se adelanta algo que se conocerá más tarde: Simón será llamado por Jesús Pedro, dotándole así de una nueva personalidad (cf Mt 16,18), y de Judas se conocerá que es el traidor. Los dos nombres suponen además la contraposición de dos destinos: Simón será constituido cabeza de la Iglesia y acabará su vida con el martirio; Judas, en cambio, se apartará de la comunión de los Apóstoles y acabará su vida con un final trágico (cf Mt 27,3-5).

En segundo lugar, es importante saber que cuando Mateo dice que Simón es el «primero» (v. 2), no quiere indicar que lo es en el sentido de que es el que va en primer lugar en la lista. Mateo usa el griego prôtos, que se traduce como el principal, el más importante, el de mayor rango o dignidad. Es decir, Simón ocupa un lugar de privilegio entre los Apóstoles. Y esta primacía de Simón los evangelistas la pondrán de relieve a lo largo de la vida de Jesús y será reconocida por el resto de los Doce.

En tercer lugar, es significativo que entre ellos hay representantes de distintos estamentos sociales: hay varios que eran pescadores (Simón y Andrés, Santiago y Juan), uno que era publicano (Mateo), uno (el otro Simón, el cananeo) que probablemente había sido un celota; de otros no hay un conocimiento muy exacto de su status social. Lo más relevante es que Jesús de un grupo tan heterogéneo ha logrado hacer un grupo de amigos, que, pese a sus divergencias o enfrentamientos (por ejemplo, los celotas y los publicanos se odiaban), se quieren y se cuidan (cf Jn 15,15). Acogiéndoles junto a sí y amándoles, Jesús ha logrado que se acojan mutuamente y se amen entre ellos.

En cuarto lugar, es destacable el hecho de que entre los discípulos hay dos parejas de hermanos, Simón y Andrés, Santiago y Juan. Parece como un signo del deseo de Jesús de que, más allá de la amistad, sea la fraternidad el distintivo de la relación entre sus discípulos. Los llamados a formar parte del grupo deberán vivir como hermanos.

 

3. El envío de los Doce (10, 5-8)

Una vez constituido el grupo de los Doce en torno a Jesús, los discípulos son «enviados» (v. 5), verbo que traduce el griego apostellô, que dará ocasión a su nuevo nombre: apóstoloi, Apóstoles. Y son enviados para representar a Jesús con su misma autoridad y poder, conforme a la figura jurídica del shaliaj del derecho judío.

Al enviarlos Jesús les da unas directrices con las que les señala cómo deben llevar a cabo la misión.

a) El ámbito de la misión
El primer consejo es que, conforme a lo que Mateo había adelantado acerca del propio Jesús (9,36), los Apóstoles deben dirigirse con preferencia a las ovejas descarriadas de Israel, pues todavía no ha llegado la hora de los gentiles y los samaritanos. Ahora, lo más inmediato y urgente es proporcionar la salvación a Israel.

 b) El anuncio del Reino
Los Apóstoles han de anunciar que «el Reino de los cielos está cerca» (v. 7), que es el mismo mensaje que Jesús anunciaba (cf Mt 4,17), que, a su vez, hacía suya la predicación del Bautista (cf Mt 3,2). La predicación de los Apóstoles, por tanto, está íntimamente unida a la de Jesús: el Reino de Dios se ha hecho presente entre los hombres.

c) Los signos de la presencia del Reino
La presencia del Reino en el mundo se reconocerá por medio de los signos que los Apóstoles podrán llevar a cabo: curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, expulsar demonios (v. 8a). Estas obras prodigiosas, que son las mismas que realizaba Jesús (cf Mt 8,1-4; 8,5-17; 8,28-34; 9,18-26), ponen de relieve que los Apóstoles pueden llevarlas a cabo sólo en nombre y por la autoridad del mismo Jesús.

d) El modo del anuncio
Finalmente, Jesús les instruye sobre el modo de realizar su misión: «Gratis habéis recibido, gratis dad» (v. 8b). En este dicho de Jesús hay varias cosas que conviene destacar. Por una parte, el lugar preferente que ocupa la palabra «gratis», con lo que Jesús da a entender la importancia que concede a cómo han de entregarse los suyos a la tarea encomendada. Por otra parte, la palabra «gratis» corresponde al griego dôreán y al arameo maggán, que son adverbios derivados de sustantivos que significan don, regalo. Esto da a entender que todo lo que los Apóstoles han recibido, de modo especial la participación en la misión de Jesús y en los bienes del Reino, ha sido puro don y regalo de Dios (cf 1Cor 4,7), y que, a su vez, ellos han de entregar a modo de regalo a los demás. Jesús les enseña que la gratuidad sin reservas es la clave con la que han de realizar la misión que les encarga. La grandeza de su corazón y de su entrega debe estar en conformidad con la magnitud de la misión encomendada: el don del Reino es un bien que sobrepasa todo bien.

¡FELIZ DOMINGO!

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