La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 25,6-10, Flp 4,12-14.19-20 y Mt 22,1-14. El pasaje evangélico recoge la parábola de los invitados al banquete de bodas, que tiene un paralelo en Lc 14,16-24 y en el Evangelio gnóstico de Tomás 64.
1. Una parábola con un final desconcertante
Hace ya sesenta años el eminente exégeta alemán Joachim Jeremias decía: «Desde siempre la conclusión de Mateo (22,11-13) ha causado quebraderos de cabeza a la exégesis, ya que aparece enigmático que las gentes invitadas de la calle debieran tener un vestido de boda. La explicación preferida, de que era costumbre regalar a los invitados un vestido de boda (cf 2Re 10,22), es desechada, porque tal costumbre no encuentra ejemplos en la época de Jesús» (J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Salamanca 1970, p. 80). El hecho de que la segunda parte de la parábola, el hombre sin vestido adecuado (v. 11-13), no aparece en los paralelos de Lucas y el Evangelio de Tomás lleva a concluir que se trata de otra parábola independiente que Mateo ha unido a la del banquete de bodas, por tratarse de un tema semejante. Esto es lo que ha provocado ese final desconcertante.
2. La parábola del banquete de bodas (v. 1-10.14)
La primera parábola, como la precedente de los viñadores homicidas, tiene los rasgos que la colocan en el género literario de la alegoría: el rey es Dios; el banquete nupcial es el tiempo de la felicidad traída por el Mesías; el hijo del rey es el propio Jesús, el Mesías; los enviados son los profetas; los invitados que no responden o maltratan a los mensajeros del rey es el pueblo judío con sus autoridades a la cabeza; los invitados de los caminos son los pecadores y los gentiles.
El banquete de bodas como imagen que prefiguraba los tiempos mesiánicos aparece ya en Is 25,6-10 (la primera lectura de la liturgia de hoy). Esta imagen se fue difundiendo en el judaísmo a lo largo del tiempo (1Henoc 62,14; 2Henoc 42,5; Midrash Ester 1,4). Además de aquí esa imagen aparece también en Mt 8,11-12 y Lc 13,28-29.
El rey envía a sus siervos a llamar a los invitados (v. 3). Según la costumbre, el invitado esperaba que le fuesen comunicados los nombres de los restantes comensales y que, con independencia de la invitación anterior, fuese invitado el mismo día del banquete por medio de mensajeros (cf J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Madrid 2000, p.134). En contra de lo esperado por el rey, su invitación encuentra una respuesta negativa, expresada con una voluntad decidida: «No querían ir» (v. 3).
El rey, lejos de desanimarse, vuelve a enviar otro grupo de siervos para reiterar la invitación. En esta ocasión la invitación está más pormenorizada, pues se dan ciertos detalles del banquete (v. 4): ya todo está dispuesto, lo que es una señal de deferencia y de respeto hacia los invitados; la mesa, en la que se ha preparado una suculenta comida con la carne de los terneros y animales más enjundiosos, está a punto. Y el rey ruega de nuevo: «Venid a la boda» (v. 4). Pero el resultado no puede ser más desalentador: todos declinaron la invitación, mostrando un fuerte y frío desafecto, con un comportamiento que llega al desprecio (v. 5). Uno buscó la excusa de ir al campo de su propiedad. ¿No podía aplazar esa tarea para el día siguiente? ¿Era tan urgente su presencia en el campo ese mismo día? Otro se excusó alegando que tenía que dedicarse a su negocio. ¿Ese día el negocio no podía esperar? Por eso comenta san Gregorio Magno: «Que nadie desprecie el llamamiento, no sea que, excusándose al ser invitado, no pueda entrar cuando quiera» (Hom. sobre el Evangelio 16,10).
Más perversa fue aún la reacción de un tercer grupo, pues cogieron por la fuerza a los siervos, los escarnecieron y los asesinaron (v. 6).
Cuando al rey le llegó la noticia del comportamiento de los invitados, reaccionó con indignación y cólera y tomó represalias contra ellos. Como suele ser habitual en este tipo de relatos, Jesús usa un lenguaje hiperbólico exagerando adrede la reacción del rey: envió sus tropas, que acabaron con los homicidas e incluso ¡prendieron fuego a la ciudad!, como si fuera cómplice de la conducta de los invitados (v. 7). Jesús aplica aquí el principio de «la medida por medida»: el que asesina, acabará siendo asesinado.
El carácter hiperbólico del relato se pone de manifiesto en el hecho de cómo entender que todas esas cosas puedan llevarse a cabo en un tiempo tan breve, en el momento mismo en que la boda ya está preparada. Con este tipo de narración tan esquemático, Jesús quiere subrayar el grado de indignación al que ha llegado el rey por la conducta de sus invitados. Y no pretende justificar la violencia del rey, sino que describe hasta dónde puede llegar la reacción de un poderoso cuando toma represalias contra sus enemigos. A lo largo de su historia, Jerusalén, como ciudad conquistada, había sido testigo de ello (cf Jer 25,8-12; Sal 74).
La enseñanza de esta parte de la parábola es clara: el pueblo de Israel, con sus dirigentes a la cabeza, ha rechazado las continuas llamadas de Dios por medio de los profetas, a los que han maltratado. Dios ha decidido poner punto final y ha buscado otros invitados.
La segunda parte de la parábola muestra un comportamiento muy distinto del rey. Abandona su carácter severo y muestra un rostro más amable y bondadoso. Había decidido celebrar la boda de su hijo a toda costa, pero como los invitados a primera hora no eran dignos (v. 8), envía de nuevo a sus siervos para que inviten a todos los que encuentren (v. 9). Los mensajeros cumplen la orden, salen a los cruces de los caminos, es decir, al lugar de confluencia de las gentes sin gran relieve social, e invitan a todos los que encuentran, sin hacer distinción entre malos y buenos, hasta el punto de que la sala se llenó de comensales (v. 10). La invitación es universal, pues Dios ofrece su Reino a todos, buenos y malos (cf Mt 5,45: Dios hace salir su sol sobre buenos y malos). Ahora todo es alegría.
Las palabras de Jesús: «Muchos son invitados, pero pocos los elegidos» (v. 14), hay que entenderlas como el cierre de esta parábola. Los dos primeros grupos de invitados representan a los judíos que han rechazado la oferta de Dios por medio de Jesús, aunque algunos le han abierto su corazón.
3. La parábola del invitado sin vestido adecuado (v. 11-13)
La segunda parábola, que Mateo ha combinado con la anterior, presenta al rey que entra a saludar a sus invitados. Parece que era costumbre que el anfitrión no comiera con los invitados, y que después pasara a saludar a los comensales. El rey con un gesto que deja entrever sorpresa y disgusto, repara en uno que no lleva traje de boda (v. 11). Según las costumbres de la época, no se trataba de un traje especial, lujoso, sino de un vestido limpio, digno para la ocasión. El rey se dirige a él para decirle: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar vestido de boda?» (v. 12a). El invitado guarda un tenso silencio que pone al descubierto su culpabilidad (v. 12b). Parece claro que ha actuado con gran negligencia e indolencia, no ha tenido el interés y la preocupación de asistir con el vestido adecuado para una fiesta tan solemne a la que estaba invitado. Con su modo de proceder, se ha descalificado a sí mismo y se ha puesto al margen de la fiesta. La reacción del rey ante una conducta tan negligente no se deja esperar. De manera decidida pide a los sirvientes: «Atándolo de pies y manos, arrojadlo a las tinieblas afuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes» (v. 13). La expresión final, «rechinar de dientes», se usa en el Antiguo Testamento como una imagen del odio de los impíos contra los justos (cf Sal 35,16; 37,12), y aquí sirve para referirse a la rabia y la tristeza de la suerte final de los que quedan excluidos del Reino de Dios (cf Mt 8,12; 13,42.50; 24,51).
La enseñanza que Jesús quiere transmitir con esta parábola es que para entrar en el Reino de los cielos no basta con haber recibido la invitación, sino que es necesario presentarse con el vestido adecuado, es decir, las obras deben acompañar a la fe. A la invitación de Dios corresponde por parte del invitado una conducta adecuada, digna del que invita.
Para la aplicación personal de la parábola puede ayudarnos recordar que en el bautismo Dios nos regaló un vestido nuevo, blanco, luminoso, que hemos de conservar sin mancha para poder entrar al banquete del Reino de los cielos. Afraates, el padre de la Iglesia siria, aconseja: «Quitemos y arrojemos de nosotros toda mancha para vestir los vestidos de boda» (Demostraciones VI,1).
¡FELIZ DOMINGO!