La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 22,15.19-23, Rom 11,33-36 y Mt 16,13-20. El pasaje del evangelio tiene paralelos en Mc 8,27-30 y Lc 9,18-21, en relatos más breves que no recogen las palabras de Jesús a Pedro. El pasaje puede dividirse en dos partes: la pregunta de Jesús acerca de sí mismo con la confesión de Pedro (v. 13-16) y la respuesta de Jesús con la concesión del primado a Pedro (v. 17-20).
1. La confesión de Pedro (v. 13-16)
a) El lugar de la confesión
Mateo y Marcos coinciden en ubicar el acontecimiento en la región de Cesarea de Filipo. Es la región situada al norte de Galilea, en las estribaciones del monte Hermón y muy cercana a las conocidas como fuentes del Jordán. Era un territorio especialmente rocoso. El nombre antiguo de la ciudad era Paneas o Panias (hoy Banias), un lugar donde existía una cueva santuario de culto al Dios Pan. La ciudad, que había sido cedida por Augusto a Herodes el año 20 a. C., fue restaurada por el tretarca Filipo, hijo de Herodes, que le dio el nombre de Cesarea, en honor de César Augusto, y Filipo, como homenaje a su fundador y para diferenciarla de otras ciudades que llevaban el mismo nombre, por ejemplo, Cesarea Marítima. En Lc 9,18 no hay una localización concreta, sino un momento en que Jesús estaba orando.
b) La doble pregunta de Jesús (v. 13-15)
Tras la indicación del lugar Mateo refiere la primera pregunta de Jesús, de tono general: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (v. 13b). Desde el punto de vista de la lengua de Jesús, el arameo, la pregunta encierra un juego de palabras: «¿Quién dicen (los hijos de) los hombres (bnay ’nasha’) que es el Hijo del hombre (bar ’nasha’)?». La expresión «Hijo del hombre» puede entenderse de dos modos. Por una parte, es equivalente al pronombre personal yo, de modo que Jesús preguntaría: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», como aparece en los paralelos de Mc 8,27 y Lc 9,18. Por otra parte, la expresión «Hijo del hombre» podría interpretarse como una referencia al personaje del que habla Dan 7, y que en la literatura apocalíptica se esperaba como el que derrocaría a los reyes de sus tronos en favor de Israel (cf 1Henoc 46,1-5).
Los discípulos, que están en contacto con la gente, responden con diferentes opiniones: unos piensan que se trata de Juan el Bautista, a quien algunos consideraban que había revivido (cf Mt 14,2); otros creen que es el profeta Elías, que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego (cf 2Re 2,11) y cuya vuelta anunciaba la llegada del Mesías (cf Mal 3,23; Mt 17,10-13); otros opinan que se trata de Jeremías, que era tenido por uno de los grandes profetas de Israel (v. 14). En cualquier caso, la gente ve a Jesús como alguien con autoridad profética (cf Mt 21,11: entrada en Jerusalén).
Una vez conocidas las distintas opiniones, Jesús les pregunta de manera directa, incisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). Una pregunta como un dardo que va directa al corazón y que espera una respuesta desde el corazón. Una pregunta que ha quedado para siempre en el aire y llega a cada uno para poner al descubierto quién es Jesús para nosotros. Una pregunta que urge una respuesta, pues en ella está en juego la vida. Como en otras ocasiones, Pedro toma la delantera para responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (v. 16). La respuesta de Pedro no es sólo una confesión de fe desde una perspectiva judía porque identifica a Jesús como el Mesías de Israel, sino que va más lejos, pues le confiesa como «el Hijo de Dios vivo», es decir, el Dios que es la Vida y da la vida (Deus vivus et vivificans). Pedro se hace portavoz de aquellos que reconocen a Jesús como el esperado de los hombres que da pleno sentido a la vida de parte de Dios. Además, con su confesión Pedro anticipa la de Marta (cf Jn 11,27) y ayuda la nuestra: Jesús no es un rabino ni un profeta ni un filósofo, sino el Hijo de Dios, que trae a vida.
La confesión de Pedro encuentra una respuesta inesperada de parte de Jesús en forma de bienaventuranza: Pedro es bienaventurado porque ha sido como un profeta que ha hablado por inspiración del Padre (v. 17).
c) Las promesas de Jesús (v. 18-19)
Junto a la nueva bienaventuranza Jesús hace varios anuncios a Pedro que conllevan una serie de promesas. El primero es que Jesús le cambia el nombre. El que era conocido como Simon bar Iôna (cf Jn 1,40; 21,15-17), pasa a llamarse ahora en arameo Kêfa’, roca, piedra, en griego Pétros, forma masculina derivada de pétra (cf Jn 1,42). El cambio de nombre es importante, pues en la mentalidad judía el nombre indica la identidad y la misión de una persona. El nuevo nombre da a conocer, revela, una identidad y una misión nuevas (cf Gén 17,5: Abram-Abraham; 35,10: Jacob-Israel). Con el cambio de nombre Jesús anuncia a Pedro que él será la roca sobre la que edificará la Iglesia (v. 18a). Pedro quedará así constituido como la piedra de cimiento sobre la que se asentará la Iglesia, nuevo Israel de Dios. Edificada sobre roca de Pedro, la Iglesia tiene la garantía de la perdurabilidad.
El segundo anuncio con la consiguiente promesa es, en relación con su perdurabilidad, que la Iglesia no tiene nada que temer, pues «las puertas del Hades», es decir, del Infierno, como imagen del poder del Maligno, no la derrotarán (v.18b). La Iglesia cuenta con la asistencia de Jesús que la protegerá de ser destruida (cf Mt 28,20: «Sabed que yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos»). A lo largo de la historia se han confirmado las palabras de Jesús. Muchos imperios y poderes han pretendido aniquilarla y no lo han conseguido. In petra Petri Ecclesia, sponsa Christi, durabit in aeternum, «en la roca de Pedro la Iglesia, esposa de Cristo, permanecerá para siempre».
El tercer anuncio con su promesa consiste en el don de las llaves del Reino de los cielos (v. 19a). Dar las llaves a alguien es una imagen que aparece en el Antiguo Testamento (cf Is 22,15-25) como un gesto que muestra la confianza que el señor pone en su siervo al darle la autoridad sobre su casa, pero a la vez se destaca la responsabilidad que el siervo adquiere ante su señor guardándole fidelidad. La imagen de las llaves facilita comprender que el Reino de los cielos es una casa o un palacio en el que se celebra una fiesta de bodas (cf Mt 22,1-14). A Pedro se le ha confiado la autoridad de abrir sus puertas a quien considera digno de entrar y la de cerrarlas a quien considera que no lo es.
La expresión «atar» y «desatar» (en arameo hay un juego de palabras entre los verbos ’asar y shera’), que ya había aparecido en Mt 18,18, se usaba en el ámbito de la autoridad de los rabinos para tomar la decisión disciplinar de la excomunión a la que se condenaba (atar) o de la que se absolvía (desatar) a alguien. Más tarde, se usó en el ámbito de las decisiones doctrinales o jurídicas para prohibir (atar) o permitir (desatar) algo (jBerajot II,5b). Jesús concede a Pedro que tendrá la autoridad para que lo que ate (prohíba) o desate (permita) en materia doctrinal o disciplinar será atado o desatado en el cielo, usando la fórmula de la pasiva divina para afirmar que Dios ratificará lo que Pedro decida. La decisión de Pedro es la decisión de Dios.
d) La prohibición de desvelar su mesianismo (v. 20)
Tras el diálogo con Pedro Jesús se dirige a todos con la prohibición expresa de que no den a conocer su identidad como Mesías. Esta decisión de Jesús responde sin duda al deseo de evitar que la gente se hiciera una idea errónea de su mesianismo, como había sucedido con ocasión de la multiplicación de los panes, cuando pretendieron hacerle rey (cf Jn 6,15). Jesús no es un Mesías político como podían esperar muchos, sino el Hijo del hombre, el Siervo, que ha venido para servir y entregar su vida (cf Mc 20,45). Y la entregará en la cruz en un gesto extremo de amor (Jn 13,1).
Que María, la Virgen Desatanudos, desate cualquier nudo que pueda apartarnos del Reino de los cielos.
¡FELIZ DOMINGO!