La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 56,1.6-7, Rom 11,13-15.29-32 y Mt 15,21-28. El pasaje del Evangelio, que narra la curación de la hija de una mujer cananea, tiene un paralelo en Mc 7,24-30.
1. El encuentro entre dos que buscan (v. 21-22a)
El relato se abre con la indicación de que Jesús salió de allí y se retiró hacia la región de Tiro y Sidón (v. 21). Es de notar que el verbo «salir» lo usa san Juan en su evangelio para decir que Jesús ha salido del Padre y ha venido para hacer presente el Reino de Dios entre los hombres (cf Jn 8,42; 13,3; Mc 1,38). Jesús «ha salido» para ir al encuentro de los hombres, en este caso para dirigirse a la región de Fenicia, tierra de paganos. De manera inesperada, Mateo da la noticia de que una mujer de aquel territorio salió al encuentro de Jesús (v. 22a). Dos personas que salen, que abandonan sus espacios para encontrarse. El encuentro se produce cuando las personas están dispuestas a salir de su territorio.
2. La oración de intercesión (v. 22b)
La mujer, se supone que todavía desde lejos, gritaba sin cesar: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David» (v. 22b). Varias cosas hay que tener en cuenta en esta súplica. En primer lugar, la situacion de angustia que refleja el hecho de que gritaba sin cesar. La mujer insiste porque está segura de la justicia de su súplica. En segundo lugar, hay que notar que la mujer dice «ten compasión de mí» (griego, eleêson me), no «ten compasión de mi hija». Y más adelante (v. 25) dice: «Señor, ayúdame». Con esto se pone de relieve cómo en la oración de intercesión la persona suplicante hace propia la necesidad del otro, de modo que el favor que se pide para otro es como para sí mismo. El suplicante se hace una cosa con aquel por el que suplica. Es la señal de la mayor generosidad. La súplica de intercesión es fruto del amor. Es la misma actitud con que se habían acercado a Jesús un centurión en favor de su criado paralítico (cf Mt 8,6) y un magistrado judío en favor de su hija, que acababa de fallecer (cf Mt 9,18). Por otra parte, la invocación «ten compasión de mí, Señor» resuena como un eco de los Salmos (Sal 40,14; 70,6; 109,26).
En tercer lugar, la mujer se dirige a Jesús por tres veces llamándole «Señor» (v. 22.25.27), que no es un simple saludo, sino que refleja un título de respeto y veneración (cf Mt 8,6). Finalmente, la mujer invoca a Jesús como «hijo de David», un título de alcance mesiánico con el que ya lo habían invocado dos ciegos (cf Mt 9,27) y lo harán más tarde otros dos (cf Mt 20,30-31). La mujer cananea se une así a aquellos necesitados que han reconocido a Jesús como el Mesías de Israel.
3. El extraño comportamiento de Jesús y de los discípulos (v. 23-24)
Resulta sorprendente y desconcertante la actitud de Jesús, que en este momento de angustia no responde nada a la mujer, como si se mostrara insensible al dolor de una madre que le suplica en su extrema necesidad. Y, por otra parte, desconcierta también la actitud de los discípulos, pues le dicen a Jesús: «Despídela» (griego, apolyô), palabras equivalentes a «dale lo que pide y líbrate de ella», que no parecen estar movidas por la compasión, sino por el deseo de liberarse de una compañía molesta, pues seguía gritando detrás de ellos (v. 23b).
A la petición de los discípulos Jesús responde explicando el motivo de su aparente frialdad: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 24). Estas ovejas son las gentes por las que Jesús se siente conmovido porque están sin pastores que cuiden de ellas (cf Mc 6,32). Al decir «no he sido enviado» Jesús usa aquí la pasiva divina para dar a entender que su dedicación prioritaria a las ovejas perdidas de Israel (cf Mt 10,6) es voluntad del Padre. Jesús se dedica a ellas porque vive en obediencia fiel al Padre. Pero, a la vez, con su medida indiferencia provocará una súplica más acuciante aún por parte de la mujer. El deseo ensancha el corazón preparándolo para recibir un don más grande.
4. La adoración se hace súplica (v. 25-28)
A pesar de la distancia que Jesús parece marcar con ella, la mujer se acercó y se postraba suplicándole: «Señor, ayúdame» (v. 25). Acercarse y postrarse son dos gestos que muestran la mayor humildad ante Dios, con los que se reconocen su señorío y su poder (cf Mt 9,18). El verbo griego proskynéô, que puede traducirse por postrarse o arrodillarse, es el que se usa para hablar de la experiencia de alguien que se encuentra ante la majestad de Dios (cf Gén 18,2; Sal 95,6). Y de la adoración insistente brota la súplica confiada: «Señor, ayúdame».
Ahora Jesús habla con la mujer para explicar el motivo de su inicial falta de atención, utilizando un lenguaje metafórico: No ha venido para quitar (griego, labein) el pan a los hijos y echarlo (griego, balein) a los perrillos (v. 26). En estas palabras hay que tener en cuenta que los «hijos» representan a los judíos, los hijos de Israel, mientras que los «perrillos» representan a los paganos. Hay que tener en cuenta que en la tradición judía se usa la imagen de los perros para hablar de personas a las que no se debe ningún respeto (cf 1Sam 17,43; 24,15; 2 Sam 3,8). También se usa para denigrar a los paganos que adoran a los ídolos. De Rabí Eliezer se recuerda el siguiente dicho: «El que come con un idólatra se asemeja al que come con un perro». Jesús confiesa a la cananea que la misión que el Padre le ha confiado es el de cuidar de modo preferente a los israelitas y sería improcedente dar a los paganos el pan que está destinado a los israelitas.
La mujer, que continúa postrada a los pies de Jesús como un perrillo a los pies de su dueño, parece haber entendido lo que Jesús le dice y responde de manera ingeniosa con unas palabras que quieren aclarar que ella no pretende que le den el pan, sino las migajas del pan que caen de la mesa de los señores (v. 27). La mujer reconoce la prioridad de Ios hijos de Israel en la salvación que Jesús trae, pero los paganos que ella representa esperan alcanzar las «migajas» de esa salvación. Los paganos también anhelan gustar del don de la salvación.
La humilde y sincera respuesta de la mujer sorprende positivamente a Jesús, que, emocionado, replica: «¡Oh mujer!, grande es tu fe» (v. 28a), una alabanza que se asemeja a la que Jesús había dirigido a otro pagano, el centurión que le había suplicado la curación de su criado (cf Mt 8,13). Jesús concede a la mujer lo que con tanta fe había deseado y pedido (v. 28b; cf Mt 8,13; 9,29): la liberación de su hija del demonio que la poseía. Mateo constata que la curación se produce de manera inmediata (v. 28b). Jesús ha colmado el deseo del corazón de una madre, que no sólo ha obtenido la curación de su hija, sino que además ha abierto las puertas de la salvación a otros muchos que la aguardan con gran necesidad. Esta mujer aparece así como modelo de la oración de intercesión, y nos enseña cómo ha de ser nuestra súplica ante Dios: humilde, adorante, perseverante, generosa, confiada.
Que María, Virgen orante, nos ayude a aprender cómo interceder ante Dios en favor de los demás.
¡FELIZ DOMINGO!