Cuando se acerca el final del Tiempo Ordinario, la liturgia propone durante los últimos Domingos lecturas que preparan la celebración de la Solemnidad de Jesucristo Rey del universo. Son lecturas que insisten sobre todo en la idea de vigilar.
La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Sab 6,12-16, 1Tes 4,13-18 y Mt 25,1-13. El pasaje del evangelio recoge la parábola de las diez vírgenes, que, junto a otras conocidas como «parabolas de crisis», forma parte de un conjunto más amplio de dichos de Jesús, conocido como «el discurso escatológico» (c. 24-25), centrado en la venida del Hijo del hombre, el fin del tiempo y el juicio final, que enseñan la necesidad de estar vigilantes. Es una parábola propia de Mateo, aunque en algunos puntos muestra paralelismos con Mc 13,33-37 y Lc 12,35-40.
1. Una boda en la Palestina de Jesús
Como en otras ocasiones Jesús comienza el relato de la parábola con la introducción: «El Reino de los cielos es semejante (a lo que sucede) a diez vírgenes» (v. 1). El punto de comparación no son las vírgenes, sino la fiesta de bodas en la que participan las vírgenes.
La parábola presupone los preparativos de una boda, como se celebraba en Israel, conocida como nissuin, «el traslado», que era el momento en que el novio, acompañado por sus amigos, iba a la casa de los padres de la novia para recogerla y conducirla a la casa de sus padres. La novia aguardaba al novio acompañada por sus amigas, en este caso, vírgenes (griego, parzénos), es decir, jóvenes no casadas, que esperan después de haberla ayudado a bañarse, a vestirse con sus mejores galas y a adornarse con sus joyas más preciadas. Desde la casa de los padres de la novia los novios, acompañados de las amigas y entre cánticos y gran algazara por las calles del pueblo, se dirigían hacia el nuevo hogar, donde culminaba la celebración con la presencia de las familias. Una descripción muy sucinta de una celebración semejante aparece en el Sal 45,14-15.
2. La llegada del esposo
En la parábola todo parece estar focalizado en la figura del esposo (de hecho no se menciona a la esposa) y, más en concreto, su llegada a la casa de la novia. El v. 6 marca el punto de interés: «A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»». Este detalle facilita la comprensión cristológica y escatológica de la parábola, que quedará de manifiesto en los versículos finales del relato (v. 10-12), donde el esposo, imagen de Jesús, cobra todo el protagonismo: «No os conozco. Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora».
3. El comportamiento de las vírgenes
Jesús abre la parábola hablando de diez vírgenes, número de totalidad, y que para su propósito permite dividirlo en dos grupos semejantes de cinco: cinco son necias (griego, môrai) y cinco son sensatas o prudentes (griego, frónimoi). Las diez disponen para la ocasión de lámparas (griego, lampádes), que no son las típicas lámparas de barro (griego, lyjnoi; cf Mt 5,15; Mc 4,21, etc.), que tienen un depósito de aceite suficiente para muchas horas, pero una mecha que da una luz muy frágil que podría apagarse con facilidad a un fuerte golpe de viento. Se trataba de teas o antorchas, es decir, un palo con un trozo de tela enrollado en la parte superior y empapado en aceite (cf Jn 18,3). El mayor inconveniente de estas antorchas era que después de un corto tiempo los trapos se quemaban, había que retirar los restos carbonizados y había que empaparlos de nuevo con aceite, lo que suponía llevar aceite de repuesto para mantenerlas ardiendo.
Mientras esperan al novio que tarda en llegar, cosa que no era infrecuente, todas las vírgenes se quedan dormidas. A medianoche una voz, con un marcado aire de solemnidad, rompe el silencio e interrumpe el sueño de los que esperan la llegada del novio. Es en ese preciso momento cuando las vírgenes necias caen en la cuenta de su gran descuido e imprevisión al no haber traído consigo una provisión de aceite suficiente.
4. El mensaje de la parábola
Aunque la parábola está enmarcada en una estructura literaria con el uso de la inclusión centrada en la vigilancia (Mt 24,42.44.50; 25,13), el mensaje apunta de manera inequívoca a la imprevisión y al descuido con que han actuado las vírgenes necias o estúpidas. Es importante tener en cuenta que no se reprende a las necias por quedarse dormidas, pues también lo hicieron las sensatas, sino por no haberse aprovisionado de antemano del aceite necesario. La exhortación final a la vigilancia (v. 13) no entra en contradicción con quedarse dormidas, pues se refiere al tiempo que precede a la fiesta nupcial. El grito del v. 6: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!», no es una advertencia, sino la señal de que ya es demasiado tarde para hacer nada que no se haya hecho antes. Ya no hay tiempo.
A la petición de ayuda por parte de las necias: «Dadnos de vuestro aceite» (v. 8), las sensatas se niegan (v. 9). Cabe hacerse la pregunta: pero ¿no actuaron de forma egoísta las vírgenes sensatas al negar el aceite a sus compañeras? La respuesta va en una doble dirección. En primer lugar, proporcionar el aceite iría contra la lógica de la parábola, pues lo que Jesús quiere enseñar es la culpabilidad de las necias por no haber sido previsoras. La carga de la parábola no recae sobre la insolidaridad de las sensatas, pues aquí no se trata de ayudar al prójimo (algo que Jesús enseña en otros muchos momentos de su ministerio), sino de poner de relieve que, por su falta de previsión, para las vírgenes necias ya es demasiado tarde. En segundo lugar, si ésta es la enseñanza, la respuesta de las sensatas es la que cabría esperar, pues proporcionarles el aceite habría sido justificar y colaborar en la irresponsabilidad de las necias. Cada uno es responsable de sí mismo. Además, repartir el aceite era correr el riesgo de que todas se quedaran sin él y dejar la comitiva de la boda sin luz. Lo más «sensato» es que las necias reparen su error comprando aceite; en una aldea en fiesta no sería difícil encontrar una tienda que se lo vendiera. Por otra parte, el cortejo nupcial ya se ha puesto en marcha y las sensatas no deben retrasarse para unirse a la comitiva y entrar al banquete. Por desgracia para las necias, cuando llegan ya es demasiado tarde. Las palabras del novio «no os conozco» parecen reflejar la fórmula, conocida entre los rabinos como nezifah, una fórmula de excomunión, con la cual los maestros expulsaban a los alumnos rebeldes de la escuela durante un periodo de tiempo (J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1970, 214).
La enseñanza que Jesús quiere transmitir es clara: cuando llegue el día de las bodas del esposo, es decir, el día del juicio, se pondrá de relieve quiénes han sido sensatos, es decir, se han aprovisionado del aceite de las obras de justicia, y quiénes han sido necios, es decir, han perdido el tiempo sin aprovisionarse de ese mismo aceite. Y en ese día los necios pecadores no podrán pedir ayuda a los sensatos justos, pues ya es demasiado tarde. Las puertas del banquete ya estarán cerradas de manera definitiva.
Comentando la parábola, dice san Juan Crisóstomo: «El aceite es la bondad, la caridad y la piedad para con los desgraciados… Las llama necias, porque no hay mayor necedad que la de quienes se dedican a hacer dinero en la tierra y se van desnudos al otro mundo, donde más necesidad tendremos de caridad y misericordia. Y no sólo necias por eso, sino porque se imaginaron que de allí iban a recibir aceite, y lo buscaron fuera de tiempo… ¿Qué lección sacamos? Que en el otro mundo, a quienes sus propias obras falten, nadie los podrá socorrer, no porque no quiera, sino por ser imposible. Las vírgenes necias se refugian en lo imposible… En la tierra había que buscar el aceite, y no en aquel momento» (Homilías sobre el Evangelio de Mateo 78,1). Y san Efrén a su vez comenta: «Cinco de ellas eran necias y cinco sabias. No es su virginidad la que califica de sabiduría, puesto que todas eran vírgenes, sino más bien sus buenas obras» (Comentario del Diatessaron XVIII,19).
Que María, Madre de la esperanza, nos enseñe a esperar la venida de Cristo vigilantes y aprovisionados del aceite de la fidelidad y la caridad.
¡FELIZ DOMINGO!