Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío

 

Oh, Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Danos, Señor, la gracia de seguirte con todas las consecuencias

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Jer 20,7-9, Rom 12,1-2 y Mt 16,21-27. El relato evangélico, que tiene paralelos en Mc 8,31-33 y Lc 9,22, recoge el primer anuncio que Jesús hace acerca de su Pasión. El pasaje puede dividirse en tres partes: el anuncio de la Pasión (v. 21-23), las condiciones para seguir a Jesús (v. 24) y las consecuencias de seguir a Jesús (v. 25-27).

 

1. El anuncio de la Pasión (v. 21-23)

a) Un anuncio inesperado (v. 21)
Después de acoger la confesión de Pedro, con el asentimiento de los demás Apóstoles, y tras prohibirles que difundan que es el Mesías, para evitar que tanto la gente como ellos mismos se hagan una idea equivocada de en qué consiste su mesianismo, Jesús hace, de forma un tanto inesperada, el primer anuncio (en total hará tres) de su Pasión.

Un primer detalle que destaca en sus palabras es que Jesús afirma que «debe (o tiene que) ir a Jerusalén y sufrir mucho». El deber o tener español responde a la forma verbal griega dei (arameo, ‘atid), que significa «es necesario», que Jesús usa con frecuencia para decir que algo que hay que hacer o ha de suceder responde a la voluntad de Dios (cf Mt 17,10; 24,6; 26,54). En obediencia al Padre Jesús tiene que ponerse en camino hacia Jerusalén. Ir a Jerusalén es una decisión que corresponde a lo que Jesús había dicho y que formaba parte de la tradición de Israel: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33), y también del lamento que el propio Jesús pronunciará un poco después sobre Jerusalén: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas… !» (Lc 13,34).

Por otra parte, Jesús tiene una conciencia clara de que su pasión tendrá como responsables a las autoridades religiosas de Israel, representadas por los ancianos, los sumos sacerdotes (saduceos) y los escribas (fariseos), en definitiva, por la autoridad suprema del Sanedrín. Con este anuncio, de manera indirecta Jesús está afirmando que su condena, que le llevará a la pasión y la muerte, es de carácter estrictamente religioso, no político.

Jesús afirma que su pasión le llevará a ser ejecutado con la muerte, pero culminará con la resurrección. La muerte no tiene la última palabra.

b) La reacción de Pedro y la respuesta de Jesús (v. 22-23)
Pedro, que no ha entendido el alcance de las palabras de Jesús, pues se ha quedado sólo con lo referente a la pasión, toma la delantera, como en la escena de Cesarea, y tiene el atrevimiento de increpar (o reprender) a Jesús (v. 22a). Increpar corresponde al verbo griego epitimáô, que tiene un significado intensivo. Las palabras que Pedro dirige a Jesús son en griego: Híleôs soi (arameo, jas lak) (v. 22b), en traducción literal, «¡misericordioso contigo (sea Dios)!», que se entiende como «¡Dios no lo quiera!», «¡lejos de ti tal cosa!». Palabras que quedan reforzadas por la contundente declaración: «¡De ningún modo te sucederá eso!» (v. 22b). Las palabras de Pedro revelan una clara coherencia con su confesión en Cesarea de que Jesús era el Mesías, pero en plena oposición con lo que Jesús acababa de declarar acerca de cómo se veía como un Mesías sufriente.

Jesús se vuelve hacia Pedro y le dirige unas palabras muy duras: «¡Ponte detrás de mí (griego, hypage opísô mou), Satanás!» (v. 23a). Es una amonestación que recuerda de cerca el mandato de Jesús a Satanás con motivo de las tentaciones en el desierto: «Apártate (griego, hypage), Satanás» (Mt 4,10). Jesús ve en Pedro la personificación de Satanás, que desde el comienzo de su ministerio ha pretendido impedirle cumplir la voluntad del Padre. Entonces no lo consiguió, y ahora lo intenta por medio de Pedro. Por eso Jesús le recrimina: «Tú eres para mí piedra de tropiezo (griego, skándalon)» (v. 23b). Es importante notar que Jesús había llamado a Pedro «roca o piedra de cimiento» (Mt 16,18), pero ahora se convierte en piedra de tropiezo y obstáculo para los planes del Padre para Jesús. Pedro, quizás sin caer en la cuenta, se ha puesto delante de Jesús, perdiendo la condición del discípulo que debe seguir al maestro, y de este modo obstaculiza el camino a Jesús de fidelidad al Padre. Pedro debería recordar que cuando Jesús los llamó les dijo: «Venid detrás de mí» (Mt 4,19; 10,38). Jesús termina su admonición a Pedro con las palabras: «Tú no piensas las cosas (según los pensamientos) de Dios, sino las cosas (según los pensamientos) de los hombres» (v. 23b). El verbo griego usado aquí para el español pensar es fronéô, que, como derivado del sustantivo frén, es equivalente a sentir con las entrañas, con el afecto (cf Flp 2,5; Col 3,2). Pedro no siente con las entrañas de Dios, sino que su afecto está apegado a los planes de los hombres, que no comprenden ni acogen la voluntad de Dios.

 

2. Las condiciones para seguir a Jesús (v. 24)

Tras las palabras a Pedro Jesús se dirige al resto de los discípulos para hablarles de ciertas condiciones que han de tener presentes los que quieran seguirle a partir de ahora.

a) Ir detrás de Jesús
Hay que notar que cuando Jesús llamó a los discípulos junto al lago de Galilea lo hizo con una llamada poderosa: «Venid detrás de mí» (Mc 1,17). Ahora, en cambio, consciente de lo que le aguarda en Jerusalén, dice: «Si alguno quiere venir detrás de mí». Jesús hace una propuesta en condicional, pues, conociendo las dudas y los temores que han podido surgir en sus discípulos tras el anuncio de su pasión y muerte, no quiere que se llamen a engaño, sino que sean conscientes de lo que significa acompañarle hasta Jerusalén. Jesús habla también de «querer, desear», es decir, en su decisión el discípulo debe poner en juego su mundo afectivo. Sin embargo, al decir que vayan detrás Jesús da a entender que Él va delante y, por tanto, que ellos sólo deben seguir sus huellas; que deben tener una gran confianza, porque Él se hace responsable de sus vidas; que no deben temer nada. El Maestro es para ellos seguridad y garantía.

b) Negarse a sí mismo
La segunda condición de la que habla Jesús es la de negarse a sí mismo. A primera vista parece una condición muy extrema y casi inhumana. Sin embargo, en el pensamiento de Jesús negarse a sí mismo no hay que interpretarlo en el sentido de una decisión autodestructiva. Negar hay que entendelo a la luz de afirmar: se niega algo en razón de que se afirma algo mejor. Negar y afirmar se entienden a la luz de una elección: se elige algo y, por tanto, se niega o se renuncia a algo. Y, por su parte, la elección conlleva una predilección. El discípulo elige a Jesús con amor de predilección, con amor preferencial, y con ello todo lo demás, incluso el amor a sí mismo, queda en un segundo plano. Eso es lo que significa negarse a sí mismo.

c) Tomar la cruz
Con la expresión «tomar la cruz» (griego, staurós) Jesús está dando a entender lo que representa su propia experiencia: tomar sobre sí la cruz es acoger la voluntad del Padre con todo lo que conlleva. Así como Jesús ha asumido su destino en fidelidad al Padre, así el discípulo asume su destino en comunión con Jesús. En Lc 14,27 Jesús dice: «Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío». Cargar la cruz es asumir la vida en imitación de Jesús con todo lo que conlleva de pruebas, fatigas, sufrimiento, dificultades, oposiciones por fidelidad al Padre.

d) Seguir detrás de Jesús
Es la última condición, de cuyo contenido se ha hablado antes.

 

3. Las consecuencias de seguir a Jesús (v. 25-27)

Jesús continúa su discurso sacando las consecuencias del seguimiento. Tres cosas afirma Jesús al respecto.

a) Salvar la vida, perderla (v. 25)
La primera consecuencia tiene que ver con una paradoja: salvar o perder la vida. Para ello utiliza el recurso de un paralelismo en forma de quiasmo:
a) «porque quien quiera salvar su vida,
b) la perderá;
b’) pero quién pierda su vida por mí,
a’) la encontrará» (v. 25).

Para el verbo español perder en griego se usa apóllymi, que puede significar también destruir, perecer. Aquí se usa en dos sentidos un tanto diferentes. En la primera parte del dicho tien un valor negativo: quien pretenda salvar la vida, guardarla, la perderá, es decir, la arruinará, pues será un infeliz ahora y en la vida eterna. En la segunda parte tiene un significado positivo: quien la pierda la vida por amor a Jesús, es decir, quien la entregue con generosidad, la encontrará, es decir, encontrará la plena felicidad ahora y en la vida eterna.

b) ¿De qué sirve ganar el mundo entero? (v. 26a)
Con dos preguntas de alcance retórico, subraya Jesús lo dicho antes. La primera pone de relieve la necedad que supone que el hombre quiera ganar el mundo entero si pierde (arruina) de manera definitiva su vida apartándose de Dios (cf Mt 4,8-9: tercera tentación de Jesús; Flp 3,7-8).

c) ¿Qué podrá dar para recuperarla (v. 26b)
La segunda pregunta ahonda aún más en la inutilidad de los esfuerzos por recuperar la vida que ya se ha perdido. No hay nada que el hombre pueda pagar para rescatar lo perdido (cf Sal 49,8). No hay posibilidad de dar marcha atrás. Hay que aprender que la decisión adoptada ante Jesús tiene sus consecuencias, ahora y en el mundo futuro.

d) Una promesa consoladora (v. 27)
Jesús cierra su discurso con una promesa muy consoladora para los que han permanecido fieles en el seguimiento: en un momento no desvelado, Jesús mismo, el Hijo del hombre, revestido de la gloria del Padre, vendrá para pagar a cada uno según su conducta (cf Mt 25,31-46).

 

¡FELIZ DOMINGO!

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