La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Hch 8,5-8.14-17, 1Pe 3,15-18 y Jn 14, 15-21.
La lectura de Jn 14,15-21 es la continuación del evangelio del domingo pasado. El pasaje, que está enmarcado por el tema de amar a Jesús y guardar sus mandamientos, que aparece en los versículos 15 y 21, está concebido desde un enfoque densamente trinitario (v. 16). El cuerpo central del discurso gira en torno a la figura del Paráclito (v. 16-18), y constituye como un anticipo de Pentecostés. Del Espíritu Santo se habla también en las otras dos lecturas: Hch 8,5-8.14-17 y 1Pe 3,15-18. [El comentario estará dedicado al Paráclito, siguiendo el esquema general de la magnífica exposición del exegeta R. E. Brown, El Evangelio según san Juan, II, p. 1520-1522.]
1. La presencia del Paráclito en el Evangelio de Juan
Dentro del Nuevo Testamento el término «Paráclito» (griego, Paráklêtos) es exclusivo de los escritos joánicos. De Jesús se dice en 1Jn 2,1 que es un paráklêtos que intercede ante el Padre en los cielos. Sin embargo, en cinco pasajes del Evangelio (Jn 14,15-17.26; 15, 26-27; 16,7-11.12-14) se atribuye el título de Paráklêtos a alguien distinto de Jesús. La tradición cristiana identifica esta figura con el Espíritu Santo. Así, en el himno del Veni, Creator Spiritus se dice: Tu, qui diceris Paraclitus, «Tú, que eres llamado Paráclito». Los datos que aporta Juan en los pasajes relativos al Paráclito se pueden dividir en cuatro apartados.
a) La venida del Paráclito y su relación con el Padre y el Hijo
El Paráclito vendrá, pero sólo cuando se vaya Jesús (15,26; 16,7.8.13). Por eso, Jesús dice a los discípulos que les conviene que Él se vaya junto al Padre para poder enviarlo (16,7). El Paráclito procede del Padre (15,26). Eso significa que no viene por su cuenta, sino que es enviado. El Padre dará el Paráclito a petición de Jesús (14,16). De ese modo, queda claro que el don del Espíritu es fruto de la intercesión de Jesús.
El Padre enviará el Paráclito en nombre de Jesús (14,26). Jesús, después de marcharse al cielo, enviará el Paráclito de parte del Padre (15,26; 16,7). El Padre y el Hijo han mostrado un amor tan grande a la Iglesia que le envían el don que más aman, el Paráclito.
b) Identificación del Paráclito
Es importante señalar que Jesús lo llama «otro Paráclito» (14,16). Es evidente, por tanto, que al llamarlo de este modo Jesús da a entender que Él es el primer Paráclito enviado por el Padre a los hombres. Por eso, aunque Jesús se vaya, no los dejará solos, pues su Paráclito estará siempre con ellos.
Es el Espíritu de la Verdad (14,17; 15,26; 16,13). Esta afirmación apunta en una doble dirección. Por una parte, que es la Verdad misma, y, por otra, que la manifiesta, la revela, pues da testimonio de ella.
Es el Espíritu Santo (14,26), es decir, la Persona de la Trinidad que vive en plena comunión con el Padre y el Hijo.
c) La función del Paráclito en relación con los discípulos
Los discípulos le reconocen (14,17). Es decir, saben quién es porque mora en ellos.
Estará con los discípulos y permanecerá con ellos (14,17). En los pasajes en que se habla de la permanencia del Paráclito con los discípulos es significativo el uso que Juan hace de las diversas preposiciones griegas: metá («con vosotros») indica intimidad y amistad y no simple cercanía; pará («junto a vosotros, con vosotros») indica acogida y comunión de personas y no un simple estar juntos; en («en vosotros») expresa la interiorización del Espíritu en la vida de los discípulos (cf G. Zevini, Evangelio según san Juan, p. 365-366).
El Paráclito enseñará todas las cosas a los discípulos (14,26). En cuanto que ejercerá su misión como Maestro de los discípulos completando el magisterio de Jesús.
Guiará a los discípulos hacia la Verdad plena (16,13).
Tomará de lo de Jesús para interpretarlo a los discípulos (16,14). Además de Maestro el Paráclito ejercerá de intérprete de la enseñanza de Jesús, para que no haya lugar al error.
Glorificará a Jesús (16,14).
Dará testimonio de Jesús (15,26-27). Y por medio del Paráclito también los discípulos darán testimonio de Jesús. Según san Agustín, dice Jesús: «Vosotros daréis testimonio de mí precisamente porque Él dará testimonio en vosotros; Él en vuestros corazones, vosotros con vuestras voces; Él con su inspiración, vosotros haciendo oír vuestra voz» (Homilías sobre el evangelio de Juan 93,1).
Recordará a los discípulos cuanto les dijo Jesús (14,26). El Paráclito guardará en los discípulos la dulce memoria de Jesús.
Hablará de lo que oiga (al Padre y al Hijo) y no dirá nada por su cuenta (16,13).
d) La función del Paráclito en relación con el mundo
El mundo no puede aceptar al Paráclito (14,17).
El mundo no ve ni reconoce al Paráclito (14,17). En cuanto que el mundo se opone a Dios, no puede reconocer al enviado de Dios.
El Paráclito dará testimonio de Jesús frente al odio del mundo, que perseguirá a los discípulos (15,26). Si el mundo se opone a Jesús, como consecuencia se opondrá a los suyos persiguiéndolos.
Dejará convicto al mundo de pecado, de justicia y de juicio (16,8-11). El Paráclito ejerce como fiscal acusador contra el mundo. Es abogado defensor de los discípulos, pero acusador de los que rechazan a Jesús.
Según el conjunto de estos textos, el Paráclito cumple una doble función: viene a los discípulos y permanece con ellos, guiándoles e instruyéndoles acerca de Jesús, pero es hostil al mundo y lo emplaza para un juicio en el que será declarado culpable.
2. Los significados del título «Paráclito»
Interesa saber por qué Jesús llama al Espíritu Santo el «Paráclito». ¿Qué significa ese título? Para saber con mayor precisión cuál es el significado del término, el análisis ha de hacerse sobre el griego del que deriva el español Paráclito. Cuatro interpretaciones o significados se han propuesto como posibles.
a) El Paráclito es Abogado
El término griego Paráklêtos puede entenderse como forma pasiva del verbo parakaléô, compuesto de la preposición pará y de kaléô. Este verbo en su sentido elemental significa «llamar al lado de alguien» (como ayuda). En esta acepción Paráklêtos se traduce por «llamado junto a sí para que ayude», es decir, un abogado defensor. Éste es el significado que tiene el término latino advocatus, compuesto de la preposición ad y del participio pasivo vocatus, «llamado junto a». Esa función de abogado defensor de los discípulos, cuando son llamados a juicio, se aplica al Espíritu Santo en dos pasajes del Nuevo Testamento. El primero es Mt 10,20: «No seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros»; el segundo es Hch 6,10, donde se dice que los judíos no podían hacer frente al Espíritu con que hablaba san Esteban. Es conocido por las Actas de los mártires que, en los tiempos más recios de las persecuciones, muchos cristianos, fiados en la promesa de Jesús, comparecían ante los tribunales del Imperio sin necesidad de abogados, pues decidían defenderse ellos mismos con la ayuda del Paráclito. San Ireneo, que llama al Espíritu Santo «rocío de Dios», comenta: «Por esto nos es necesario este rocío de Dios, para que no nos quememos ni nos hagamos estériles, de suerte que allí donde tenemos un acusador, allí tengamos un Defensor» (Contra las herejías III,17,3) Junto a este papel de Abogado defensor estaría el de fiscal acusador que prueba la culpabilidad del mundo. Esto es lo que puede deducirse de Jn 16,8-11.
b) El Paráclito es Intercesor
El término Paráklêtos puede considerarse también como forma activa de parakaléô, con el significado de «interceder, suplicar a favor de alguien». El papel que desarrollaría en este caso es el de intercesor, mediador, portavoz. Éste es claramente el significado que tiene en 1Jn 2,1, aplicado a Jesús, que intercede junto al Padre por nosotros. Pero en el evangelio de Juan no se habla de esta función de mediador del Paráclito. En cambio, aquí podría caber la función que algunos le han asignado como «intérprete», conforme a lo que Jesús dice en Jn 16,14: «Él tomará de lo mío y os lo anunciará». Y ejercería también una cierta función profética, pues comunicará a los discípulos «lo que está por venir» (16,13). Si el profeta es el que anuncia las cosas de parte de Dios, el Paráclito ejerce esa función en nombre de Cristo para la Iglesia.
c) El Paráclito es Consolador
La palabra Paráklêtos, como forma activa de parakaléô con el significado de consolar, confortar, representaría la función de «Consolador». Ésta fue la acepción que prefirió la versión de la Vetus latina, traduciendo por Consolator. Esta función de consolador aplicada al Espíritu aparece sobre todo en el contexto de Jn 16,6-7: «Por haberos dicho esto, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Os digo la verdad, os conviene que me vaya… Si me voy os lo enviaré». El Paráclito consuela quitando toda tristeza y devolviendo la alegría a los discípulos. En la Secuencia que se lee en la fiesta de Pentecostés se dice: «Ven, Espíritu divino…, fuente del mayor consuelo…, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos». En Hch 9,31 san Lucas da testimonio de que la Iglesia gozaba de paz…, se iba construyendo, progresaba en el temor de Dios y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo. El Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como el pueblo que peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios (LG 8).
d) El Paráclito es quien alienta a la Iglesia
El término Paráklêtos se relaciona con el sustantivo paráklêsis, que es el que se usa para describir el elemento de exhortación y aliento que contiene la predicación de los apóstoles. Así, en 1Tes 3,2 san Pablo dice: «Os enviamos a Timoteo, hermano nuestro y colaborador de Dios en el Evangelio de Cristo, para afianzaros y alentaros en vuestra fe». Esta función del Espíritu estaría en consonancia con lo que Jesús dice del Paráclito en Jn 15,26-27.
La estrecha conexión que existe entre el consuelo y el aliento en el término griego paráklêsis lo pone de relieve el siguiente pasaje de 2Cor 1,3-7, donde san Pablo recoge lo que se podría llamar un «himno del consuelo de Dios», con el que pretende alentar a la comunidad de Corinto: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…, Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo. De hecho, si pasamos tribulaciones, es para vuestro consuelo y salvación; si somos consolados, es para vuestro consuelo, que os da la capacidad de aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros. Nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que, si compartís los sufrimientos, también compartiréis el consuelo».
Resumiendo todo lo dicho hasta aquí puede afirmarse que ninguno de los cuatro significados agota las posibilidades ni es capaz de abarcar la complejidad de funciones que competen al Paráclito. El Paráclito, en efecto, es un Testigo y Abogado que actúa en favor de Jesús y de los discípulos, un Portavoz que habla en su nombre, es Consolador de los discípulos porque ocupa entre ellos el lugar de Jesús, es Maestro y Guía de los discípulos, y, por ello, es su Valedor. El Paráclito es el que guarda la dulce memoria de Jesús en el corazón de sus discípulos. Y les explica el sentido de todo lo que les sucede.
Quizás por querer conservar todos estos valores del griego Paráklêtos es por lo que san Jerónimo en su versión de la Vulgata, en lugar de optar por uno u otro de esos significados, prefirió transliterar el griego por el término latino Paraclitus, dejando así la puerta abierta a las diversas interpretaciones que ofrecía el término griego.
¡Ven, Espíritu Paráclito, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor!
¡FELIZ DOMINGO!