La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Éx 22,20-26, 1Tes 1,5-10 y Mt 22,34-40. El pasaje evangélico recoge el diálogo entre Jesús y un doctor de la Ley, que le pregunta acerca del mandamiento más importante. El pasaje tiene paralelos en Mc 12,28-31 y Lc 10,25-28.
1. El contexto de la escena (v. 34-35)
Mateo sitúa la escena en un momento que sigue a la polémica que Jesús ha mantenido con unos saduceos con motivo de la resurrección de los muertos (22,23-33). La introducción que hace el evangelista es muy gráfica: «Los fariseos, al oír que (Jesús) había silenciado (tapado la boca) a los saduceos, se reunieron en un lugar» (v. 34), para buscar una nueva estrategia contra Jesús. La intención se pone en seguida de manifiesto porque uno de ellos, un doctor de la Ley, le pregunta para tentarlo (v. 35). Es la misma intención que Jesús había reconocido en los discípulos de los fariseos y los herodianos con ocasión de la pregunta acerca del tributo al César (22,18: «¿Por qué me tentáis?»). Era, por tanto, una pregunta inducida por el Tentador, que quiere poner trabas a Jesús en su ministerio.
2. El mandamiento más grande de la Ley (v. 36-40)
El doctor fariseo se dirige a Jesús llamándole «Maestro», como habían hecho también los discípulos de los fariseos y los herodianos (22,16), que en cierto modo era un reconocimiento de la autoridad de su enseñanza.
La pregunta: «¿Cuál es el mandamiento mayor (que hay) en la Ley (de Moisés)?» (v. 36), era pertinente, pues entre los maestros o rabinos de la época había una gran discusión sobre ello. Hay que tener en cuenta que se habían llegado a establecer hasta un total de 613 preceptos, divididos en 365 prohibiciones, tantos como días del año solar, y 248 obligaciones, tantos como los miembros del cuerpo. Ante esta maraña de mandamientos, muchos de los cuales estaban relacionados con el modo de guardar el sábado, era oportuno preguntarse cuál era el más importante. Jesús responde citando las palabras del Shemá‘ (Dt 6,5): «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (v. 37). La cita que da Jesús no es del todo literal, pues la expresión «con toda tu mente» corresponde en Dt 6,5 a «con todas tus fuerzas» (griego, dynamis; hebreo, me’od), que en algunos círculos rabínicos se interpretaba como «con todas tus fuerzas (materiales)», es decir, con todos tus bienes. Los pasajes paralelos de Mc 12,30 y Lc 10,27, en cambio, han introducido la expresión «con todas tus fuerzas».
El verbo amar en griego es agapáô, que designa el amor de agápê, que es el amor con el que Dios ama a los hombres. San Juan enseña que Dios es amor (cf 1Jn 4,8.16: Deus caritas est) y ama al hombre con amor de predilección, de modo que el hombre puede amar a Dios porque Dios le ha amado primero (cf 1Jn 4,10.19). Si a Israel se le pide que ame a Dios es precisamente porque ha sido amado por Dios con amor de predilección (cf Dt 7,7-8), con amor eterno (cf Is 54,8).
El amor que se le pide a Israel es con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, es decir, un amor que abarca la totalidad de la persona. El corazón (griego, kardía; latín, cor) es la sede de los afectos, los sentimientos, los deseos, pero también de los proyectos, los ideales, las decisiones, decir, es la fuerza interior de la voluntad que mueve al hombre de manera consciente y libre. El alma (griego, psyjê; latín, anima) en el pensamiento semita corresponde al término néfesh, que significa tanto alma como aliento de vida, que no es solamente el elemento espiritual del hombre en contraposición con el cuerpo, sino que se entiende como el principio de la vitalidad. La mente (griego, dianoía; latín, mens) corresponde a la facultad espiritual del hombre para pensar, reflexionar, juzgar y discernir acerca de todo lo que acontece, para optar por el bien y rechazar el mal, es decir, para ejercer la libertad. En la mente se encuentra la capacidad de ser libre. Animado por estas tres potencias el creyente puede corresponder con amor al hecho de ser amado por Dios.
A la pregunta sobre cuál es el mandamiento mayor, Jesús, después de citar Dt 6,5, apostilla: «Éste es el mandamiento mayor», pero, de manera inesperada, añade «y primero» (v. 38). La razón de este añadido está en que a continuación Jesús dice de manera aún más sorprendente e inesperada: «El segundo es semejante a éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»» (v. 39). Jesús cita aquí Lev 19,18, que forma parte del código de prescripciones religiosas y morales dadas a Israel por medio de Moisés. La gran novedad que introduce Jesús es que ha unido el amor a Dios y al prójimo de una forma tan inseparable que se asemejan a una moneda con dos caras. El Apóstol Juan es quien ha sintetizado de manera sublime lo que podríamos llamar la «teología del amor» a Dios y al prójimo: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede decir que ama a Dios, a no quien ve. Pues hemos recibido este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,20-21). Nadie puede decir que ama a Dios, si no ama al prójimo, que lleva impresa la imagen de Dios. San Beda enseña: «Ninguno de estos dos amores puede ser perfecto si le falta el otro, porque no se puede amar de verdad a Dios sin amar al prójimo; ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios» (Homilías sobre los Evangelios 2,22). Cuando Jesús dice que amar al prójimo es un mandamiento «semejante» al de amar a Dios quiere decir que es de idéntica naturaleza o del mismo valor que el primero. Se trata de un mismo amor con dos objetos: Dios y el prójimo.
Es importante tener en cuenta que el término «prójimo» era entendido por muchos contemporáneos de Jesús como aquel que pertenecía al mismo clan, etnia o familia. Para Jesús, en cambio, el prójimo es todo hombre, incluso el enemigo (Lc 10). El amor es universal, sin fronteras ni barreras. El amor, que brota del corazón de Dios, es la fuente inagotable de la alegría, y va más allá de la muerte, es más fuerte que la muerte.
Jesús concluye sus palabras con una afirmación muy semejante a Mt 7,12, que sirve casi como cierre del Sermón de la montaña: «En estos dos mandamientos cuelgan toda la Ley y los Profetas». San Efrén dice que «toda la doctrina del Señor se sostiene como con dos alas por dos preceptos: la caridad hacia Dios y hacia los hombres» (Comentario del Diatessaron XXVI,23).
Por su parte, Mc 12,32-34 concluye su relato diciendo que el escriba que hizo la pregunta a Jesús acogió su respuesta con una mezcla de admiración y conformidad. Y Jesús cerró el diálogo con él diciéndole: «No estás lejos del Reino de Dios» (v. 34). El doble mandamiento del amor es la llave que abre la puerta del Reino de los cielos.
Que María, la Virgen llena de amor, nos enseñe a amar a Dios y al prójimo como ella lo hacía.
¡FELIZ DOMINGO!