La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Eclo 27,30-28,7, Rom 14,7-9 y Mt 18,21-35. El pasaje evangélico, que recoge la enseñanza de Jesús sobre el perdón, puede dividirse en dos partes: la pregunta de Pedro sobre el perdón y la respuesta de Jesús (v. 21-22), que tiene un paralelo en Lc 17,4, y la parábola sobre el perdón conocida como el siervo sin entrañas (v. 23-35), que es propia de Mateo.
1. La pregunta de Pedro (v. 21-22)
Después de las palabras de Jesús sobre su presencia en medio de sus discípulos, Pedro se le acerca para preguntarle acerca de cuántas veces debe perdonar a quien le ofende, y da un número: «¿Hasta siete veces? (griego, heptákis)». Dado que el número siete es signo de perfección, a Pedro le debió de parecer que esa cantidad de veces sería suficiente.
Jesús toma pie del número que Pedro le ofrece y, haciendo un juego de palabras con los números, responde: «No te digo hasta siete veces (heptákis)», sino ebdomêkontákis heptá». La segunda parte de la respuesta de Jesús puede traducirse de dos maneras. La primera traducción, la más conocida y seguida por la versión litúrgica, dice: «(No te digo hasta siete veces), sino hasta setenta veces siete». La segunda, defendida por Padres de la Iglesia como Tertuliano y san Agustín, es: «(No te digo hasta siete veces), sino hasta setenta y siete veces)». Esta traducción encuentra apoyo en Gén 4,24, donde se dice que «Caín será vengado siete veces, pero Lamec setenta y siete». Aunque el número de veces varía de la primera traducción (490 veces; 70×7) a la segunda (77 veces; 70+7), en realidad en las dos el pensamiento de Jesús es el mismo, pues es evidente que no se está refiriendo a la cantidad en sí misma, sino a la actitud de generosidad y magnanimidad que el discípulo ha de mostrar a la hora de perdonar. Las dos cantidades, con el número 7, que es número de perfección, dan a entender que el perdón hay que concederlo de un modo indefinido, siempre. Es significativo que el paralelo de Lc 17,4 ofrece una variante que subraya este aspecto: «Si (tu hermano) peca contra ti siete veces en un día, y siete veces se vuelve hacia ti diciendo: «Me arrepiento», lo perdonarás». El Padre de la Iglesia siria Afraates presenta un texto adaptado que dice: «Si tu ofensor te ofende setenta veces siete, perdónale en un mismo día». Y comenta: «¿Qué hombre puede multiplicar así las ofensas hasta ofender a su compañero 490 veces en un mismo día? Pues bien, si ofende incluso tantas veces, nuestro Señor nos manda perdonar; pero nosotros, incluso después de 490 días, no perdonamos una sola ofensa» (Dem XIV,44).
2. La parábola del siervo sin entrañas (v. 23-35)
Para subrayar su enseñanza sobre la generosidad que el discípulo ha de mostrar en el perdón, Jesús narra una parábola que no habla de las veces que hay que perdonar, sino de la grandeza del perdón ante la gravedad de una ofensa. Al introducirla con la fórmula «el Reino de los cielos se parece a un rey» (v. 23), Jesús da a entender que, aunque la parábola hable de un rey humano, en realidad se trata de la conducta de Dios.
a) El rey con entrañas de misericordia (v. 23-27)
Por razones que Jesús no explicita, el rey quiere ajustar cuentas con sus siervos, quizás funcionarios de la corte (v. 23). Al comenzar a ajustar las cuentas sus servidores le presentan al primero, que le debía diez mil talentos (v. 24). La cantidad ha sido buscada de forma deliberada por Jesús. Por una parte, hay que tener en cuenta que diez mil (griego, myrioi) es el número más elevado; por otra, el talento (griego, tálanton) es la mayor unidad monetaria. Se ha calculado que el valor de esta cifra sería de unos cien millones de denarios, lo que equivaldría en nuestra moneda actual a unos 1.200 millones de euros. ¡Una cifra astronómica! ¿Quién puede disponer de una fortuna así?
Por desgracia, el siervo no puede devolver el dinero, de modo que el rey busca la manera de cobrarse la deuda ordenando que sea vendido él junto con su familia y sus bienes (v. 25). Con la mala gestión de sus asuntos este hombre ha llevado a la ruina y a la mayor de las desgracias a toda su familia: la confiscación de sus bienes y la esclavitud. Pero, por otra parte, ni siquiera esto será suficiente para que el rey recupere su fortuna, pues el precio de venta de un esclavo se ha estimado entre 500 y 2.000 denarios.
Ante una situación tan desesperada, al siervo le brota un arranque de humildad (se arroja a los pies del rey) y suplica algo que a todas luces resulta imposible de cumplir: «Ten paciencia (sé magnánimo) conmigo y te lo pagaré todo» (v. 26). Pero ¿cómo logrará reunir y devolver una cantidad tan extraordinaria cuando hasta ahora no lo había hecho? Aunque al rey le podría parecer una petición ilusoria e irrealizable, de manera inesperada, pues hasta ese momento había manifestado una actitud inflexible, se conmovió en sus entrañas y tomó una decisión que iba más allá de la súplica del siervo: en su magnanimidad le perdonó toda la deuda dineraria y con ello devolvió la libertad a él y a su familia (v. 27). El rey ha mostrado tener un gran corazón.
b) El siervo sin entrañas (v. 28-31)
La situación cambia para este hombre en un instante, pues, cuando sale de la presencia del rey, se encuentra con un compañero, un consiervo, por tanto, uno de su misma condición, que le adeuda una cantidad de dinero (v. 28). Este hombre, que acababa de ser perdonado, pasa de ser un deudor a un acreedor. La cantidad que le debía su compañero era de cien denarios, cuyo equivalente serían unos 2.000 euros. Teniendo en cuenta que el denario era la paga por un día de trabajo, se trataba de una deuda considerable, pero irrisoria comparada con la que a él se le había condonado: ¡seiscientas mil veces menor!
Sin embargo, su reacción con el compañero impacta por la dureza: lo agarró con fuerza (verbo griego, kratéô) y lo estrangulaba, mientras le decía: «Paga lo que debes» (v. 28). En medio de su apuro, el consiervo actúa del mismo modo como había hecho su acreedor con el rey: se arroja a sus pies y le suplica: «Ten paciencia (sé magnánimo) conmigo y te pagaré» (v. 29). Frente a lo que había suplicado el primer siervo al rey, la súplica de este segundo era más creíble, pues se trataba de una deuda menor, que se podría reintegrar con más facilidad. Sin embargo, la conducta del deudor, al que podemos imaginar casi llorando su súplica, no alcanza la compasión de su consiervo. Dando muestra de una gran dureza de corazón, pues «no quiso» compadecerse, el acreedor fue (se dio prisa) y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía, poniendo de este modo en un gran apuro a toda la familia (v. 30). Otros consiervos, testigos de la escena, se entristecieron profundamente por lo sucedido y, llenos a la vez de indignación por la conducta del primero y de compasión por el segundo, fueron a contar a su señor un suceso tan desagradable (v. 31).
c) El rey hace justicia (v.32-34)
Informado por esos compañeros, el rey, al que podemos imaginar también indignado por la noticia, toma la iniciativa de llamarlo para reprocharle su conducta y le habla con un lenguaje muy severo: «¡Siervo malvado! Toda la deuda te la perdoné porque me lo suplicaste» (v. 32). El rey pone de relieve que le perdonó toda la deuda porque él le había prometido que le pagaría todo. En cambio, él no había sido capaz de perdonar todo lo que le debía su compañero. Había demostrado tener un corazón muy rastrero: falto de sincera gratitud con su señor y de gratuidad generosa con su compañero. Quien no conoce la verdadera gratitud es difícil que practique la gratuidad. Por eso, san Pablo invita a los cristianos: «Sed agradecidos» (Col 3,15).
El rey ahonda en la actitud miserable del siervo al poner de relieve su falta de misericordia: «¿No era necesario que tuvieras misericordia de tu compañero, como yo tuve misericordia de ti?» (v. 33). Las palabras «¿no era necesario» (griego, edei) anuncian la conclusión de la parábola respecto a la conducta de Dios. ¿No formaba parte del plan del rey que el siervo perdonado perdonara con la misma magnanimidad con la que había sido perdonado? La gratitud por ser perdonado conllevaba la oferta del perdón. Al comprobar que el siervo no ha respondido con misericordia, el rey, encolerizado, lo entregó a los verdugos (o torturadores) hasta que pagara toda la deuda (v. 34). Teniendo en cuenta que la deuda era inmensa, eso significa que el castigo se prolongaría durante el resto de su vida. La decisión del rey, que muestra un gesto de estricta justicia, encierra una enseñanza de gran alcance pedagógico: no habrá misericordia para quien no ha tenido misericordia (cf Sant 2,13). Un corazón inmisericorde no es digno de misericordia. Quien no perdona en esta vida, no obtendrá el perdón en esta vida ni en la vida eterna.
d) La moraleja de la parábola (v. 35)
Jesús cierra la parábola con unas palabras que remiten a la pregunta de Pedro sobre el perdón. Y explica el papel de los personajes: el rey es el Padre, los siervos son los discípulos, la deuda es el pecado. La ofensa a Dios es muchísimo más grave que la ofensa a un hermano (diez mil talentos frente a cien denarios). Sin embargo, aunque ambas ofensas no son comparables, la ofensa al hermano es también muy grave. Por eso, si Dios en su misericordia está dispuesto a perdonar con un corazón magnánimo, el discípulo debe aprender a perdonar con la misma magnanimidad a su hermano. Pero la enseñanza de la parábola apunta a un aspecto del perdón que no estaba explícito en la pregunta de Pedro: no se trata sólo de perdonar tantas cuantas veces sea uno ofendido, sino de perdonar hasta las ofensas más graves. El perdón ha de ser sin límites. La gravedad de la ofensa perdonada da la medida de la grandeza del corazón. El corazón se hace más grande cuanto más graves son las ofensas que perdona.
Las palabras finales son un recordatorio de la conclusión del Padrenuestro: «Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,15). Aunque Dios está dispuesto al perdón de los pecados aun más graves, lo hace depender de la disposición al perdón por parte del hombre. Esta parábola nos ayuda a comprender por qué Jesús, que conocía lo difícil que nos resulta perdonar, nos enseñó a rezar el Padrenuestro: «Padre, perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos».
Que María, la Madre de Cristo, misericordia del Padre, nos alcance un corazón grande para perdonar.
¡FELIZ DOMINGO!