Domingo XII del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

Dijo Jeremías:
Oía la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Señor, que me escuche tu gran bondad.

 

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Infunde, Señor, tu fortaleza en nosotros para que nunca tengamos miedo de dar testimonio de ti

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Jer 20,10-13, Rom 5,12-15 y Mt 10,26-33.

El pasaje de Mateo, que tiene un paralelo en Lc 12,2-9, y parte en Mc 4,22 y Lc 8,17, corresponde a la segunda parte de la instrucción que Jesús da a los discípulos antes enviarlos en misión, haciendo de ellos Apóstoles.

 

1. «No tengáis miedo» (v. 26-31)

El tema central de las palabras de Jesús lo constituye la seguridad y firmeza que quiere infundir en los Apóstoles para que no tengan miedo ante la difícil misión que les va a encomendar. A partir de ese momento la llamada de Jesús a no tener miedo aparecerá en otros momentos de la vida de los discípulos (cf Mt 14,27; 17,7; 28,5.10; Lc 5,10; 12,32).

Hay que tener en cuenta que infundir ánimo y quitar el temor forma parte del modo de actuar de Dios cuando elige a alguien para encargarle una misión. Así aparece en la elección y envío de Jeremías. Ante el encargo que se le encomienda, el profeta ha mostrado su temor a Dios diciendo: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño». A lo que Dios le contesta: «No digas que eres un niño… No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,7-8). Con esta promesa de Dios, sobre todo de estar junto a él, Jeremías se siente confortado y se dirige decidido a cumplir la misión encomendada. Una experiencia semejante vivió el profeta Ezequiel, que en el momento de su envío escuchó estas palabras de parte de Dios: «Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde… No les temas, ni temas sus palabras, aunque te rodeen cardos y espinas, y estés sentado sobre escorpiones: No temas sus palabras ni te espantes de ellos» (Ez 2,3.6; cf 3,9). Que Dios es consciente de la dureza de la misión que le confía lo pone de relieve el que hasta ¡tres veces! le insiste en que no tenga miedo y le pide que no se espante de ellos.

Desde el punto de vista del contenido, el tema del temor en Mt 10,26-31 está construido mediante dos recursos literarios: primero, con el recurso de una inclusión, pues el v. 26 se abre con las palabras «no les tengáis miedo» y el v. 31 se cierra con «no tengáis miedo»; segundo, con la regla del tres, pues en tres ocasiones, como en el caso de Jeremías, habla Jesús de no tener miedo (v. 26.28.31). El pasaje se cierra con una conclusión que supone a su vez una nueva forma, indirecta, de afrontar el temor: afirmar a Jesús o negarlo.

a) El temor a lo escondido (v. 26)
El temor del que habla aquí Jesús se refiere a los perseguidores de los que ha tratado en los v. 22-25, y cuyo odio Él mismo ha tenido que sufrir. Para afrontar las situaciones de animadversión, odio y posible persecución los Apóstoles deberán tener la libertad y el ánimo de vivir en la verdad y predicarla con valentía. Pues los que han acogido la verdad y viven conforme a ella no tienen nada que temer. En cambio, los que viven en la mentira son los que se ocultan en la oscuridad, acobardados, porque temen ser descubiertos.

Llegará el momento en que la enseñanza con la que Jesús les ha instruido en privado (cf Mc 4,22) deberán hacerla pública. Será necesario que la verdad, hasta ese momento confiada a los Apóstoles, salga a la luz. Esta recomendación de Jesús está en relación con lo que les había dicho acerca de cómo sus discípulos, que son la luz del mundo por llevar consigo la verdad del evangelio, no se pueden ocultar debajo de un celemín (cf Mt 5,15). El modo como han de llevar a cabo este encargo lo explicita Jesús mediante la fórmula literaria de un doble paralelismo sinonímico:
a) lo que Él les ha dicho en la oscuridad, es decir, en privado,
b) ellos deberán hacerlo a la luz, es decir, abiertamente;
a’) lo que Él les ha susurrado al oído,
b’) ellos deberán predicarlo desde las azoteas o los tejados, es decir, en público (v. 27).

b) El temor a los que matan el cuerpo (v. 28)
Para animar a los suyos a mantener la fortaleza en el momento de la persecución, Jesús les contrapone el temor ante los hombres y ante Dios. Los hombres, en efecto, pueden matar/destruir el cuerpo, pero no pueden hacer nada contra el alma, el componente inmortal del ser humano. La muerte provocada por los hombres no sólo no conlleva una pérdida irreparable, sino que puede ser el medio de alcanzar la vida plena. Por tanto, no hay nada que temer. Jesús dirá hablando a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, pues vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino» (Lc 12,32). Los discípulos son a los ojos de Jesús Pastor un rebaño frágil, presa fácil para los lobos que los amenazan con arrebatarles la vida, pero tienen consigo el tesoro del Reino, don del Padre, que nadie les podrá arrebatar.

Sin embargo, hay un temor que los Apóstoles deben guardar: el temor de Dios. Este temor ha de ser bien entendido. Pues, aunque Jesús dice que Dios puede «destruir cuerpo y alma», es evidente que se trata de un lenguaje adaptado al contexto, donde se habla del poder que tienen los hombres para matar. Es claro que la frase que atribuye a Dios el poder de destruir el alma es equívoca, pues en realidad tampoco Él puede destruir el alma que ha creado inmortal. Quizás por eso ha sido suprimida por Lc 12,4. Es una frase hiperbólica que, por una parte, quiere afirmar la superioridad del poder de Dios sobre el de los hombres, y, por otra, que el amor que Dios tiene por los hombres como Padre no anula su identidad como Juez justo, que da a cada uno conforme a sus obras. Además, esa frase da a entender que aquellos que por miedo a los hombres se aparten de Jesús quedarán excluidos de la salvación, pues irán a la Gehenna, el lugar de la infelicidad eterna. Eso es precisamente lo que afirma el paralelo de Lc 12,5: que Dios tiene poder para arrojar a la Gehenna.

c) Los discípulos y los gorriones (v. 29-31)
Para reafirmar la confianza en Dios y el rechazo de cualquier temor ante los hombres, Jesús, como en otras ocasiones, recurre a una pregunta retórica dirigida a sus interlocutores: «¿No se venden dos gorriones por un céntimo (lit. un as)?» [Es interesante notar que el paralelo de Lc 12,6 dice: «¿No se venden cinco gorriones por dos ases?». Esto muestra que las ofertas comerciales vienen de lejos, pues existían ya en la Palestina del siglo I. Parece como si se escuchara la voz de los vendedores en el mercado: «¡Dos gorriones por un as, cinco por dos!».]

Jesús quiere llevar a sus Apóstoles a una plena confianza en la Providencia de Dios, y utiliza para ello un argumento a fortiori o de menor a mayor: Si Dios cuida hasta de seres tan pequeños y frágiles como los gorriones y sólo con su permisión pueden ser cazados como alimento a un precio tan barato (cf Mt 6,25-27), ¡cuánto más cuidará de sus discípulos! El Sal 50,11 pone en labios de Dios estas palabras: «Yo conozco todos los pájaros del cielo», es decir, los he creado y me ocupo de ellos. Jesús añade otro argumento para confirmar el cuidado que Dios tiene sobre sus discípulos: tiene contados sus cabellos, es decir, Dios conoce hasta los detalles más mínimos de sus vidas, no le pasa nada desapercibido, de modo que ellos deben descansar sus preocupaciones en Él. Están en todo momento en sus manos. No hay, por tanto, ningún motivo para dejarse atenazar por el temor ante los hombres. Jesús, por último, retoma la imagen de los gorriones para cerrar su pensamiento sobre lo infundado del temor: Ellos valen infinitamente más que muchos (innumerables) gorriones.

 

2. La medida por medida (v. 32-33)

Esta sección del discurso se cierra con un dicho de Jesús que parece la aplicación del principio rabínico de «la medida por la medida», es decir, «la medida que uséis, la usarán con vosotros» (Mt 7,2; Mc 4,24; Lc 6,38). Aquí Jesús habla de quien le confiesa o de quien le niega (cf Mc 8,38; Lc 12,8-9). El dicho está construido también a base de dos versos en paralelismo sinonímico:
a) «al que me confiese delante de los hombres,
b) yo le confesaré delante de mi Padre» (v. 32),
a’) «al que me niegue delante de los hombres,
b’) yo le negaré delante de mi Padre» (v. 33).

Pero, a la vez, las dos partes del dicho constituyen un paralelismo antitético desde el punto de vista conceptual: confesar-negar. En 2Tim 2,12, san Pablo ha conservado como un eco de las palabras de Jesús: «Si lo negamos, también Él nos negará». Al verbo español «confesar» corresponde en griego homologéô, que significa también reconocer e incluso alabar. Al verbo español «negar» corresponde el griego arnéomai, que conlleva la idea de rechazar. Éste es también el verbo que se usa en el relato de las negaciones de Pedro (cf Mt 26,70.72; Mc 14,68.70; Lc 22,57). Pedro negó a Jesús, incluso con juramento, pero se arrepintió y fue perdonado (cf Mt 26,75); sin embargo, a quienes permanezcan en su rechazo hasta el final, Jesús los negará ante el Padre.

La imagen que Jesús parece tener en mente es que el día del juicio Él estará como testigo junto al Padre y reconocerá como suyos y alabará a los que le hayan confesado y reconocido durante su vida; pero negará, es decir, no reconocerá delante del Padre como suyos a los que le negaron o lo rechazaron en su vida.

La segunda carta de Clemente a los corintios, una homilía anónima del siglo II, dice acerca de cómo entender el hecho de confesar a Jesús: «¿Cómo lo confesamos? Haciendo lo que dice, no desobedeciendo sus preceptos y honrándolo no sólo con los labios, sino con todo el corazón y con toda la mente» (III,3).

Hoy resuena más fuerte que nunca el grito que el Papa san Juan Pablo II dirigía a la Iglesia y luego han repetido sus sucesores: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid vuestras puertas a Cristo!».

Que la Virgen María nos sostenga y nos ayude a quitar todo temor de nuestro corazón.
¡FELIZ DOMINGO!

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El discurso está introducido, en primer lugar, por una observación que el evangelista hace acerca del comportamiento de Jesús ante la muchedumbre (9,36; cf Mc 6,34) y, en segundo lugar, por las palabras que dice a los discípulos pidiéndoles una oración (9,37-38; Lc 10,2).

La observación del evangelista se refiere a que Jesús «viendo las muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor» (v. 36). Varias cosas son dignas de tenerse en cuenta en esta observación.

Solemnidad del Corpus Christi

La fórmula del v. 51: «Yo soy el pan vivo» forma parte del grupo de autorevelaciones de Jesús que comienzan por «Yo soy». Las palabras sobre el pan vivo contienen un paralelismo muy estrecho con el v. 35, con el que se abre el discurso: «Yo soy el pan de la vida» (cf también v. 48)

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