La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Hch 10,34a.37-43, Col 3,1-4 y Jn 20, 1-9. La lectura del evangelio narra el relato del hallazgo del sepulcro vacío por María Magdalena, Pedro y Juan.
1. «Era el amanecer, cuando todavía estaba oscuro» (v. 1)
Los primeros detalles que da Juan sobre la mañana de Pascua son muy significativos. Es el primer día de la semana. Con la resurrección de Jesús comienza, por tanto, la semana de un tiempo nuevo, de una creación nueva. Y así como la primera creación comenzó con la aparición de la luz (cf Gén 1,3), ahora todo comienza a ser nuevo con la aparición de las primeras luces del amanecer. Aunque es todavía oscuro, ya se vislumbran los claros del alba. La noche está pasando y el día está cerca (cf Rom 13,12). La mención de la oscuridad puede interpretarse también como una alusión al estado anímico en que se encuentran los discípulos después de la muerte de Jesús: tristeza, desaliento, desánimo. Todo esto quedará iluminado por los destellos del nuevo día.
El detalle de que María vaya al sepulcro sola a esas horas tan tempranas muestra el interés que el evangelista tiene por hacer de ella la protagonista inicial del relato, pues ella es la primera en ver el primer indicio de la resurrección: el sepulcro abierto. El evangelista quiere acentuar así la veracidad del hecho de la resurrección, poniendo a una mujer como testigo inesperada de un acontecimiento para el que se requeriría el testimonio de varones. Es sabido que entre los judíos del tiempo de Jesús las mujeres no eran admitidas como testigos en un juicio. Es ésta una gran paradoja: ¡Dios ha confiado el testimonio del hallazgo del sepulcro vacío, primer eslabón de las pruebas de la resurrección de Jesús, en una persona que, según la opinión humana, no era fiable! ¡Dios se jugó su credibilidad al confiar la resurrección de Jesús al testimonio de una mujer!
2. La experiencia de María
Nada más llegar al sepulcro lo que María ve, y no podía esperarlo, es removida la piedra que sellaba el sepulcro (v. 1). La explicación que ella encuentra, y que comunica a Pedro y a Juan (y luego repetirá a los ángeles, v. 13), es que alguien ha entrado en el sepulcro para robar el cadáver. Que ésta era la deducción más lógica puede entenderse por el hecho de que la profanación y saqueo de tumbas no era algo infrecuente en la época. María, en este momento, no tiene sino una mirada superficial del acontecimiento. Todavía no ha entrado en el (misterio del) sepulcro. Por eso, corre movida por un sentimiento de inquietud y aturdimiento, angustia y ansiedad a causa de la «pérdida» de Jesús. Y descarga la tensión de sus emociones en Pedro y Juan. Es importante notar que los verbos que usa el evangelista para describir los movimientos de María están en presente, para crear en el lector la sensación de que él está siendo testigo de los hechos que están sucediendo en ese momento.
3. La experiencia de Pedro y Juan
La descripción que hace el evangelista de los movimientos de Pedro y Juan es un verdadero alarde de técnica narrativa. Un primer detalle, que puede pasar desapercibido, es que María va a donde están los dos. Eso significa que en Jerusalén, donde ambos son forasteros galileos, viven en la misma casa (v. 10; cf Jn 20,19). Un segundo detalle es la acumulación de verbos de movimiento en apenas un par de versículos: salió Pedro acompañado de Juan, con lo que el evangelista ha querido subrayar la iniciativa de Pedro; los dos marcharon hacia el sepulcro; corrían juntos, pero Juan corrió más rápido y llegó primero al sepulcro (v. 3-4). La acumulación de verbos y el sucesivo transcurrir de movimientos logra crear una intensa atmósfera de zozobra, preocupación y ansiedad en Pedro y Juan provocadas por la noticia de María. Por otra parte, el evangelista maneja de modo magistral el intercambio de protagonismo de los personajes centrales del relato. Pedro toma la iniciativa de salir, pero Juan corre más deprisa (¡es más joven!), se adelanta, llega primero al sepulcro, se inclina (para mirar al interior del sepulcro), y ve los lienzos, pero no entra dejando a Pedro el privilegio de entrar el primero; llega Pedro y, en efecto, entra en el sepulcro, y ve los lienzos y el sudario; entonces entra Juan, ve (los lienzos y el sudario) y cree. Ahora, juntos, comprenden la Escritura acerca de la resurrección y vuelven a casa con el corazón serenado. En todo este tiempo, María Magdalena, que había estado en el origen de la noticia, ha quedado en un segundo plano. María ha cedido el testigo a Pedro y Juan, pues lo que pretendía el evangelista era subrayar el valor de la experiencia de Pedro y Juan y la autoridad de su testimonio posterior. Ahora, la resurrección de Jesús ya no contará sólo con el testimonio de una mujer, sino también con el de dos apóstoles que son tenidos por columnas de la Iglesia (cf Gál 2,9). De este modo se cumple la norma del derecho judío: La necesidad de, al menos, dos testigos oculares para que el testimonio sea considerado válido (cf Dt 19,15; Mt 18,16).
4. Ver, observar, contemplar, creer
En este relato, como en otros de su evangelio, por ejemplo, el de la samaritana (4,40-41), el ciego de nacimiento (9,37-38) y la resurrección de Lázaro (11,45), Juan pone especial interés en subrayar la relación que existe entre ver y creer. Pero en el relato de hoy destaca de manera especial la gradualidad que se da en el ver mediante el uso de distintos verbos hasta llegar a creer. En los v. 1 y 5 se usa el verbo blépô, que se refiere al ver como percepción física, ver la apariencia externa: María Magdalena ve la piedra quitada (v. 1), y Juan, que ha llegado al sepulcro antes que Pedro, ve los lienzos (de lino) tendidos en el suelo (v. 5); en el v. 6 aparece el verbo theoréô, que tiene el significado de observar con atención: Pedro entra en el sepulcro y observa, comprueba, que los lienzos están verdaderamente tendidos; en el v. 8 el evangelista usa el verbo horáô, que puede entenderse como ver en profundidad, y además está en estrecha relación con el verbo pisteúô, creer: Juan ve en profundidad, es decir, comprende el carácter de signo que tienen los lienzos y el sudario, y eso hace nacer en él la fe en la resurrección. Es importante notar de nuevo que los tres primeros verbos aparecen en presente, para que el lector se sienta testigo de lo que sucede. En cambio, el verbo horáô está usado en aoristo, con valor ingresivo, que unido al aoristo de pisteúô, pueden traducirse por Juan «entró al sepulcro, y comprendió (el signo de los lienzos) y comenzó a creer», surgió en él la fe (en la resurrección). Es también digno de notarse el proceso que se ha producido en Juan: ha pasado de ver los lienzos desde fuera del sepulcro a «ver en profundidad» una vez que ha entrado, es decir, ha llegado a comprender lo que en verdad significaban.
5. Los lienzos y el sudario, signos de la resurrección
El evangelista ha puesto especial interés en mostrar la importancia que juegan los lienzos y el sudario en la fe de los dos apóstoles en la resurrección de Jesús. En dos momentos diferentes se dice que, primero, Juan y, luego, Pedro han visto los lienzos y el sudario, y en otro momento se da a entender que Juan los ve y cree. Hay un par de detalles que dan la pista para comprender por qué los lienzos y el sudario fueron para los apóstoles los signos de que Jesús había resucitado y que su cuerpo no había desaparecido por obra de unos ladrones. El primer detalle es que vieron los lienzos tendidos (en el suelo) (v. 6), es decir, habían quedado allanados, como desinflados, sin la curvatura propia que tenían cuando envolvían el cadáver de Jesús. Como si el cuerpo se hubiera evaporado y la parte superior del lienzo hubiera caído a plomo sobre la parte inferior. El segundo detalle es que el sudario no estaba con los lienzos, sino enrollado (o doblado) en un lugar aparte (v. 7). Esto significaba que aquello no podía ser una obra humana: ¿qué ladrones se llevan un cadáver dejando abandonados los lienzos y el sudario tan bien arreglados? Sólo Jesús podía haber hecho algo así por sí mismo, regalando a sus amigos un signo de lo que había sucedido en el interior del sepulcro. Era un detalle que encerraba una intención clara por parte de Jesús: dejar a los discípulos una señal para que comprendieran que había resucitado. Abandonar los lienzos y el sudario era la clave que Jesús dejaba para mostrar que había quedado libre de las ataduras de la muerte. Y ésta fue la señal que Juan comprendió y que le llevó a la fe en la resurrección (v. 8). El evangelista Juan ratifica por medio de un paréntesis redaccional que esto fue lo que les hizo entender los anuncios de la Escritura acerca de la resurrección (v. 9).
Con el corazón serenado y llenos de alegría se volvieron a casa (v. 10). Es el último movimiento que hacen sin necesidad de correr. Están en casa. Allí esperan.
Respecto al abandono de los lienzos por parte de Jesús comenta san Efrén: «Si Jesús abandonó sus vestidos en el sepulcro, es para que Adán pudiera entrar desnudo en el paraíso, tal como estaba antes del pecado; pues, estando vestido para salir de él, debía desnudarse para entrar allí. O también, (Jesús) abandonó sus vestidos para significar el misterio de la resurrección de los muertos, pues del mismo modo que él resucitó en la gloria y sin vestidos, también nosotros resucitaremos con nuestras obras y sin vestidos» (Comentario al Diatessaron XXI,23).
¡FELIZ DOMINGO DE RESURRECCIÓN!