Domingo de Ramos

Cuaresma

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Ciclo A

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere».

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel».

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Cronista – C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo – S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».

C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».

C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».

C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».

C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».

C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».

C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».

C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».

C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».

C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

(Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

 

Ayúdanos, Señor, para seguirte y entrar contigo en Jerusalén

La liturgia de la Palabra para la celebración de la entrada de Jesús en Jerusalén propone hoy la lectura de Mt 21,1-11, que tiene paralelos en Mc 11,1-11 y Lc 19,29-40. Para la Eucaristía propone Is 50,4-7, Flp 2,6-11 y Mt 26,14-27,66 (el relato de la Pasión).

 

1. Los preparativos para la entrada en Jerusalén (v. 1-3)

Consciente de que se aproximaba su muerte con motivo de la Pascua, cuando se acercaba a Jerusalén y llegaba a Betfagé con los discípulos, en el monte de los Olivos (v. 1), Jesús toma la decisión de llevar a cabo un gesto cargado de un fuerte significado mesiánico: entrar en Jerusalén montado en una borrica. La solemnidad del acontecimiento queda de manifiesto en el hecho de que Jesús envía a dos de sus discípulos con el encargo de entrar en el pueblo, tomar una borrica y su pollino y traérselos (v. 2). Este detalle es comparable al envío de dos discípulos para preparar la solemne cena de Pascua (cf Mt 26,17-19). Cuando Jesús quiere llevar a cabo un gesto solemne manda a sus discípulos por delante para que lo preparen. Y en sus palabras se esconde un anuncio profético de lo que ya en realidad está preparado y de lo que tiene conocimiento.

En la orden que Jesús da a sus discípulos pueden destacarse varios detalles. En primer lugar, les manda desatar la borrica y el pollino. Jesús se manifiesta como el Señor que ejerce su señorío sobre los seres de la creación y tiene el poder de desatarlos de sus ataduras y liberarlos para que lleven a cabo una obra noble: servir de cabalgadura del Mesías. Si estaba permitido desatar el burro en sábado para llevarlo a abrevar (cf Lc 13,16), ¡cuánto más lo está desatarlo para que sirva de cabalgadura al Mesías Rey!

En segundo lugar, Jesús no pretende arrogarse ningún derecho de posesión sobre la borrica y su pollino. Cuando hayan cumplido el noble trabajo que se les pide, los devolverá a su dueño, cuyo derecho será respetado. Es más, Jesús cuenta con que el dueño reconozca que quien se los pide es el Señor y colabore, consciente del beneficio que le reportará su generosidad.

En tercer lugar, aun siendo Mesías y Señor, Jesús manifiesta su humildad y su pobreza: «necesita» de los animales de Israel para llevar a cabo el solemne gesto mesiánico de la entrada en Jerusalén.

Tanto Mc 11,2 como Lc 19,30 añaden en las palabras de Jesús un detalle significativo: que el pollino no había sido montado por nadie. Son palabras que tienen pleno sentido. Si Jesús había venido para instaurar la nueva realeza davídica mesiánica, no podía hacerlo montado en una cabalgadura «contaminada» por otro hombre. A la novedad de la realeza de Jesús convenía una cabalgadura nueva.

 

2. El cumplimiento de la profecía (v. 4-5)

Mateo es el único de los tres sinópticos que habla de la borrica y del pollino, mientras que Marcos y Lucas hablan sólo del pollino. Parece claro que la mención de los dos animales se debe al influjo del pasaje de Zac 9,9, que el evangelista cita a continuación, de manera adaptada, con la introducción de Is 62,11: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, manso, montado sobre una borrica y sobre un pollino, hijo de animal de yugo» (v. 5). La cita refleja el texto hebreo, aunque la expresión «animal de yugo» parece tomada del griego de los LXX. Aunque parezca extraño, el asno, un animal dócil, era considerado en Israel una cabalgadura digna de un rey. Durante la huída de David de Jerusalén ante el levantamiento de su hijo Absalón, se presentó ante el rey un tal Sibá, que le ofreció un par de asnos para montar la familia del rey (cf 2Sam 16,1-3). El caballo en, cambio, era considerado el signo del poder militar y guerrero de un pueblo, y era motivo de arrogancia y orgullo (Sal 20,8: «Unos confían en sus carros, otros en su caballería»; cf Sal 33,16-17). De modo que derrotar la caballería de un ejército significaba asestarle una gran humillación (cf Éx 15,18.23-24.26-31).

El profeta Zacarías invitaba a Jerusalén a saltar de gozo y a alegrarse porque le anuncia que un día llegará el Mesías, pero no como un guerrero fuerte y poderoso, montado sobre un portentoso corcel, sino como un rey manso a lomos de una borrica y un pollino de asna. Mateo ha entendido que el anuncio del profeta se cumple con la decisión de Jesús de entrar en Jerusalén montado en una borrica, acompañada de su pollino. Este gesto de humildad de Jesús responde a lo que en otro momento había dicho de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Montando sobre la borrica, Jesús ha mostrado que realeza y mansedumbre no están reñidas. Por el contrario, la realeza, el poder, sin mansedumbre es despotismo y tiranía.

 

3. En camino hacia Jerusalén (v. 6-9)

Llegados a la aldea, los dos discípulos hacen lo mandado y todo sucede conforme a lo que Jesús les había anticipado (v. 6). Le llevan la borrica y el pollino y los cubren con sus mantos
(v. 7) para que Jesús pueda montar con más comodidad. Lc 19,35 resalta que los discípulos «hicieron montar a Jesús», como reconocimiento de su realeza. Jesús les deja hacer y acepta con sencillez estos gestos de atención y honor de sus discípulos.

Cuando se ponen en camino, la mayor parte de la multitud sigue el ejemplo de los discípulos y se despoja de sus mantos para alfombrar el camino por donde pasaba (v. 8a). Un gesto que expresa de manera indudable el reconocimiento de la realeza de Jesús, como sucedió cuando Jehú fue ungido rey de Israel (2Re 9,13: «Cada uno se apresuró a tomar su manto para colocarlo a sus pies en el empedrado»). Otros de la multitud cortan ramas de árboles, se entiende ramas con hojas (cf Mc 11,8), y las extienden por el camino a modo de alfombra (v. 8b). Este gesto de la gente tiene un marcado carácter festivo, pues estaba mandado por Lev 23,40 para la fiesta de las Tiendas (cf 2Mac 10,7, con ocasión de la fiesta de la purificación del Templo, recordando la fiesta de las Tiendas).

Conforme bajan por la cuesta de los Olivos (cf Lc 18,37), la multitud que acompaña, por delante y detrás, a Jesús, prorrumpe en un grito de júbilo que está cargado de un fuerte contenido regio: «¡Hosanna al hijo de David!» (v. 9a). La expresión hosanna es la transcripción del arameo hosha‘na’ (hebreo, hoshi‘ah-na’) y significa «salva, por favor», que en el Antiguo Testamento se usaba para dirigirse a los reyes en tono de respetuosa súplica (cf 2Sam 4,14; 2Re 6,26). En tiempo de Jesús Hosanna se había convertido en una aclamación de alabanza, tomada del Sal 118,25, que se repetía de una manera ininterrumpida durante los siete días que duraba la fiesta de las Tiendas. También se designaron con el nombre de hosannas los ramos que se llevaban en las manos y se agitaban mientras se entonaban las aclamaciones. Junto al Hosanna la multitud aclama a Jesús llamándolo «Hijo de David», el título mesiánico más importante, que Mateo usa con frecuencia (1,1; 9,27; 20,30-31). La misma aclamación: «¡Hosanna al Hijo de David!» reaparecerá en Mt 21,15 en labios de unos niños.

El grito de aclamación se completa con las palabras «¡bendito el que viene en nombre del Señor!», que son a su vez una cita del Sal 118,26. Lucas ha subrayado el alcance regio del gesto de Jesús al añadir la palabra rey al texto del Sal 118,26: «Bendito el rey que viene en nombre del Señor».

La aclamación jubilosa se cierra con las palabras «¡hosanna en las alturas!», que recuerdan el comienzo del Sal 148,1: «¡Alabad al Señor en las alturas!». Un eco de esta aclamación
aparece en Lc 2,14, el cántico de los ángeles en el anuncio del nacimiento de Jesús, que ha sido recogido precisamente por Lc 19,38.

 

4. La entrada en Jerusalén (v. 10-11)

Con la entrada de Jesús y su séquito en la ciudad se provoca una especie de terremoto (v. 10). Mateo dice que «toda la ciudad se sobresaltó», usando el verbo griego seíô, que significa agitar, alborotar, sobresaltarse (del que procede el sustantivo seísmo). La entrada del Rey Jesús en la ciudad provoca la misma reacción de temor que el anuncio del nacimiento de Jesús Rey por parte de los Magos (cf Mt 2,3). La humilde realeza de Jesús constituye una terrible amenaza para los orgullosos, que no están dispuestos a acogerle.

Frente a la gente de la ciudad, que agitada y temerosa se pregunta «¿quién es éste?» (v. 10), la multitud que sigue a Jesús, responde entusiasmada: «¡Es el profeta Jesús!» (v. 11), que corresponde a la identidad con la que Jesús era reconocido (cf Mt 14,5; 16,14). Y añaden que es de Nazaret de Galilea, contrarrestando así la mala fama que esta aldea tenía: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,45). La multitud de seguidores proclama con alegría desbordante que de Nazaret ha salido el profeta Jesús, que es mayor que el más grande de los profetas, incluido Moisés, porque es el Mesías Hijo de David.

De una manera muy original y sugerente San Efrén imagina la entrada de Jesús en Jerusalén como la llegada del esposo con su séquito al encuentro de su esposa: «¡Oh, el Señor de David, que montó sobre un pollino,/ y vino a la hija de Sión!/ Iba un cortejo envidiable delante del esposo:/ los hosannas resonaban por todas partes;/ los ciegos a su presencia eran iluminados,/ los lisiados estupefactos danzaban» (Himnos pascuales. Sobre la crucifixión I,1).

¡FELIZ DOMINGO DE RAMOS!
¡FELIZ SEMANA SANTA!

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Domingo de Resurrección

Los primeros detalles que da Juan sobre la mañana de Pascua son muy significativos. Es el primer día de la semana. Con la resurrección de Jesús comienza, por tanto, la semana de un tiempo nuevo, de una creación nueva. Y así como la primera creación comenzó con la aparición de la luz (cf Gén 1,3), ahora todo comienza a ser nuevo con la aparición de las primeras luces del amanecer.

Domingo V de Cuaresma

Los acontecimientos que narra el evangelista Juan suceden en la aldea de Betania, situada a unos tres kilómetros al este de Jerusalén, en la ladera oriental del monte de los Olivos (v. 18). El nombre de la aldea es en hebreo Beth Anyah, que se interpreta como «Casa de la aflicción» (o del pobre), un nombre muy adecuado a la situación de tristeza y dolor que sufren los tres hermanos, Lázaro, Marta y María. En ellos se cumplen las palabras del Sal 120,1: «En mi aflicción llamé al Señor, y Él me respondió».

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