La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Ez 37,12-14, Rom 8,8-11 y Jn 11,1-45.
Este Domingo, acercándonos ya al final de la Cuaresma, el Evangelio nos presenta el pasaje de la resurrección de Lázaro (Jn 11), anticipo de la resurrección de Jesús. Hoy, por otra parte, se celebra el tercer escrutinio de preparación al bautismo de los catecúmenos para la Vigilia Pascual.
1. Betania, el lugar y los personajes
Los acontecimientos que narra el evangelista Juan suceden en la aldea de Betania, situada a unos tres kilómetros al este de Jerusalén, en la ladera oriental del monte de los Olivos (v. 18). El nombre de la aldea es en hebreo Beth Anyah, que se interpreta como «Casa de la aflicción» (o del pobre), un nombre muy adecuado a la situación de tristeza y dolor que sufren los tres hermanos, Lázaro, Marta y María. En ellos se cumplen las palabras del Sal 120,1: «En mi aflicción llamé al Señor, y Él me respondió» (cf Sal 34,7). El nombre del enfermo, Lázaro, es también muy apropiado al momento que viven. Lázaros es el nombre griego abreviado del hebreo Eleazar, que significa «Dios ayuda». Dios, en efecto, en la persona de Jesús se hará presente en la casa de Betania para mostrar que es Dios quien en verdad ayuda en los momentos más difíciles y dolorosos de la vida. Cuando parece que todo está perdido, Dios viene al encuentro de los hombres para sacarlos de la aflicción y la tristeza en las que están inmersos.
2. La amistad de Jesús con los hermanos
A lo largo del relato Juan va acentuando el amor de amistad que une a Jesús con estos hermanos. En el v. 3 las hermanas envían a decir a Jesús: «Señor, el que amas está enfermo»; en el v. 5 se afirma que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro; luego, en el v. 11, hablando con los discípulos, Jesús llama a Lázaro «nuestro amigo«; en el v. 36, los judíos, admirados porque Jesús llora por el muerto, exclaman: «Mirad cómo le amaba«. El amor de amistad entre Jesús y los tres hermanos es uno de los temas centrales del relato. Esto corresponde sin duda al hecho de que la casa de Betania ha quedado en la memoria de los primeros discípulos como el lugar en el que Jesús encontraba el descanso y la paz; allí, junto a los tres hermanos, se reponía de las fatigosas caminatas cuando venía a Jerusalén y de las agotadoras jornadas predicando el Reino de Dios y curando a los enfermos. Jesús amaba a esta familia y era correspondido por ella. Sin embargo, no hay comparación entre el amor que da y el que recibe. Es amado por personas con amor humano, que es siempre limitado, frágil, imperfecto. Y Jesús ama con la totalidad y plenitud de su corazón divino humano. Ama como verdadero Dios y como verdadero hombre: in finem, «hasta el extremo» (Jn 13,1). Betania era para Jesús un lugar de remanso, pero Jesús era a su vez para aquellos hermanos otra Betania, es decir, un lugar de consuelo y fortaleza, paz y alegría. Jesús disfrutaba con ellos, y, sobre todo, les hacía disfrutar con su presencia. Iba a la casa de Betania como invitado, pero era para invitar a los de la casa a estar con Él. Es lo que conocemos por la escena de Lc 20,38-42, la escena entre Jesús, Marta y María.
3. Una decisión desconcertante de Jesús
Conociendo la amistad que existía entre Jesús y los tres hermanos resulta cuanto menos desconcertante la decisión de permanecer «dos días más en el lugar en que estaba» (v. 6). Esta decisión puede explicar tanto la reacción en forma de queja e incomprensión de Marta y María: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (v. 21.32), como la reacción de sarcasmo e ironía de los judíos que dudaban del poder de Jesús: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que éste muriera?» (v. 37).
A la decisión de Jesús de retrasar su marcha a Betania pueden encontrarse varias explicaciones. En primer lugar, está la tensión narrativa que crea el suspense de la dilación. Si Jesús no acude pronto, su amigo puede morir. ¿Llegará a tiempo? En el diálogo con los discípulos, se crea un malentendido que Jesús aclarará diciendo que Lázaro ha muerto, pero se alegra por ellos, porque tendrán ocasión de creer en Él, es decir, tendrán la ocasión de ver un milagro mayor (v. 11-15). Y cuando Jesús decide ir a Betania provoca el seguimiento de los discípulos, aun a riesgo de su muerte (v. 16). Estos detalles logran que el relato gane en tensión e intensidad. En segundo lugar, está el indudable alcance simbólico que Jesús ha querido darle a la resurrección de Lázaro. Ya lo había dado a entender cuando al recibir el mensaje de las hermanas afirma: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo sea glorificado por ella» (v. 4). Si esta enfermedad no terminará en muerte es porque Jesús dará a Lázaro la vida, como señal de que dará la vida eterna. Jesús no ha querido llevar a cabo la resurrección de Lázaro como un favor a un amigo, sino como un gesto que tiene un alcance universal. Y esto es lo que ha querido que Marta comprenda: Si cree que tiene poder para curar la enfermedad, también debe creer que tiene poder para dar la vida. Su hermano será el instrumento con el que mostrará que Él es el Señor de la vida y de la muerte. Con ello Jesús viene a reafirmar lo que había dicho con motivo de la curación del paralítico de la piscina de Betesda: «Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5,21). Finalmente, hay otra razón para comprender el retraso de Jesús para ir a Betania. Juan dice que Jesús se quedó en donde estaba «dos días» (v. 6). Es muy probable que con este detalle se quiera asimilar la resurrección de Lázaro a la resurrección de Jesús, que estuvo encerrado en el sepulcro dos días y resucitó al tercero. Con esto el evangelista querría dar a entender que la resurrección de Lázaro es un anuncio -y un fruto anticipado- de la propia resurrección de Jesús.
4. El diálogo con Marta
La segunda parte del relato lo ocupa el diálogo de Jesús con Marta. El diálogo está construido en torno a dos elementos que muestran el arte narrativo del evangelista. El primero es el recurso literario del malentendido, típico de Juan. Aquí se trata de que Jesús y Marta hablan de la resurrección desde dos planos distintos. Cuando Jesús afirma «tu hermano resucitará» (v. 23), quiere decir que eso sucederá ahora, pero Marta piensa que, conforme a la enseñanza de los rabinos fariseos, Jesús habla de que Lázaro resucitará en el último día (v. 24). Ese malentendido da la ocasión a Jesús para hacer una revelación sobre sí que explica lo que se esconde detrás de la afirmación sobre la resurrección de su hermano: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25).
El segundo elemento que configura esta parte del relato es la gradualidad con la que Marta va entrando en la revelación de la persona de Jesús. En un primer momento Marta cree que Jesús tiene poder para evitar la muerte de su hermano: «Si hubieras estado aquí…» (v. 21). Y cree asimismo que Jesús es un hombre con una relación muy especial con Dios: «Sé que lo que pidas a Dios, te lo concederá» (v. 22). Pero Jesús, con una pedagogía exquisita, la lleva de la mano hasta un escalón más elevado. Ante la revelación que hace de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (v. 25-26) y ante la pregunta directa: «¿Crees esto?», Marta responde con una confesión de fe sin fisuras sobre la persona de Jesús: Él no sólo es el Mesías, sino el Hijo de Dios (v. 27). Se trata de una confesión muy semejante a la que habían hecho la samaritana (cf Jn 4,29) y el ciego de nacimiento (cf Jn 9,38).
Pero ¿por qué añade Marta que cree que Jesús es «el que tenía que venir al mundo»? (v. 27) Porque como judía creía en la promesa de la venida del Mesías de Israel, que ahora ve realizada en Jesús. Pero también porque Marta representa a toda la humanidad que ha estado aguardando la respuesta a un anhelo inscrito en el corazón del hombre: El deseo de la vida eterna. Jesús debía venir para confirmar que esa esperanza no era una utopía o un consuelo imaginario creado por el ser humano ante la muerte inevitable, sino que es un reflejo de la huella que Dios había dejado en lo más íntimo del hombre. Y Dios no podía dejar insatisfecho ese intenso anhelo humano de eternidad.
5. Las lágrimas de Dios
La tercera parte del relato está centrada en el encuentro entre Jesús y María con la presencia de las gentes que han ido a consolar a las hermanas. El evangelista pone especial interés en resaltar sobre todo las reacciones de los personajes. María se acerca a Jesús y se echa a sus pies en gesto de amor lleno de humildad y veneración y le dirige las mismas palabras de Marta: «Señor, si hubieras estado aquí» (v. 32), y llora. Viéndola llorar, Jesús se conmueve en su espíritu, se estremece y se echa a llorar (v. 33-35). Varios detalles hay que destacar en estos gestos de Jesús. En primer lugar, Jesús llora viendo llorar a María, lo que pone de relieve la solidaridad tan estrecha con la que comparte el dolor de los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, muestra que nada de lo humano le es ajeno. En Jesús Dios ha revelado que no es insensible al dolor y al sufrimiento de los hombres, sino que se deja tocar por él, lo hace suyo con toda la intensidad de su corazón. Dios «se derrumba», se conmueve, ante el dolor de sus hijos y por medio del Hijo llora con ellos. Y en Jesús nos ha enseñado también que la cruz no es un amuleto colgado al cuello para prevenir, como una superstición, la enfermedad o el dolor, sino que es el icono que nos muestra hasta dónde hemos sido amados y que nos fortalece y alienta para afrontar nuestra cruz.
En segundo lugar, es significativo que Juan usa dos verbos distintos para hablar del llanto de María y del de Jesús. Cuando habla del llanto de María usa el verbo griego klaio, que suele expresar una emoción intensa, sobre todo en el contexto de duelo y lamentación por un difunto; también expresa el dolor y la tristeza lacerantes por la pérdida irreparable de un ser querido. Es el verbo que se usa para hablar del llanto y el duelo que hacen en la muerte de la hija de Jairo (cf Mc 5,38); o también del llanto de la madre viuda del joven muerto de Naín (cf Lc 7,13). María, por tanto, hace duelo por la pérdida y muerte de su hermano Lázaro. Pero cuando el evangelista habla del llanto de Jesús usa el verbo dakryo, que no parece tener las mismas connotaciones de duelo; se trata de un llanto más contenido y sereno, menos aparatoso que el del duelo (cf Mc 9,24; Lc 7,38.44). Quizás Juan está dando a entender que Jesús, aunque está profundamente conmovido por la muerte de su amigo, no hace duelo porque lo va a devolver a la vida. Por eso, ante la extrañeza de los presentes, y de la propia Marta, que constata que ya hiede, pues, según la costumbre judía se enterraba al difunto el mismo día del fallecimiento, manda quitar la losa (v. 39) y, tras pronunciar la oración al Padre, porque sabe que siempre le escucha (v. 41-42), grita con voz fuerte y poderosa: «¡Lázaro, sal afuera!» (v. 43). Y mandó quitarle las vendas que lo ataban y el sudario de la cara (v. 44), porque Jesús ha venido a soltar las ataduras de muerte que atan a los hombres y les ha devuelto un velo de gloria que hace brillar su rostro. En cierto modo se puede decir que ese grito de Jesús ha quedado resonando en el aire para que pueda ser escuchado por tantos «muertos», por tantos Lázaros, que aún hay en el mundo. Es la voz de Jesús que se ha revelado como la resurrección y la vida y nos invita a todos a salir de nuestros sepulcros. Es la misma voz que resuena con san Pablo como el gran grito de la Pascua: «¡Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará!» (Ef 5,14).
¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ SEMANA SANTA!