Este Domingo es conocido como Laetare por la primera palabra en latín de la antífona de entrada: «Festejad a Jerusalén» (Is 66,10).
La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de 1Sam 16,1b.6-7.10-13a, Ef 5,8-14 y Jn 9,1.6-9.13-17.34-38.
El Evangelio relata la curación del ciego de nacimiento. Hay que recordar que en este Domingo se realiza el segundo escrutinio de preparación al bautismo de los catecúmenos en la Vigilia Pascual.
1. La composición del relato y su estructura
Desde el punto de vista literario, el milagro de la curación del ciego de nacimiento está considerado como uno de los relatos narrados con más viveza por el evangelista Juan. En gran medida esa viveza que alcanza la trama del relato se debe al recurso literario de la llamada «ironía joánica», que sirve para subir la tensión dramática entre los personajes, pero a la vez ayuda para arrancar una sonrisa del lector del relato. En este caso, hay dos momentos que ponen de relieve el genio narrativo de Juan. El primero es cuando al empeño de los fariseos por negar el milagro el ciego contesta: «Yo sólo sé que yo era ciego y ahora veo» (v. 25). El segundo ejemplo viene a continuación, cuando, ante la insistencia de los fariseos por preguntarle cómo ha hecho Jesús para curarlo, les contesta: «¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos?» (v. 27), lo que provoca la reacción airada de los fariseos (v. 28).
La estructura interna del relato muestra de una manera indiscutible la maravillosa maestría narrativa y la excelente habilidad dramática de Juan. El hilo conductor del relato es la paradoja que se produce entre un hombre ciego que acaba viendo la luz, no sólo la física sino también la espiritual, la luz de la fe, y los fariseos que creían ver, tener luz, que acaban hundidos en la ceguera más absoluta al rechazar a Jesús. El relato comienza en el v. 1 con un ciego que acaba recuperando la luz y termina en el v. 41 con los fariseos que, creyendo ver, se han vuelto ciegos. El resto del relato desarrollará de manera magistral los pasos intermedios que los personajes van dando: el ciego hacia la luz plena y los fariseos hacia la oscuridad total; el ciego, hacia la salvación gozosa, los fariseos, hacia la perdición total; el ciego, hacia la alegría desbordante, los fariseos, hacia el endurecimiento más radical; el ciego, hacia la libertad en Cristo, los fariseos, hacia la esclavitud de sí mismos. Como dirá Jesús en otro momento, los fariseos son «ciegos, guías de ciegos» (Mt 15,14).
La gradualidad de los pasos que el ciego va dando hacia la luz, es decir, a la fe en Jesús, se pone de relieve en las respuestas que da a las preguntas que le hacen. Cuando le preguntan los vecinos, lo único que sabe decir es que su bienhechor es «ese hombre que se llama Jesús» (v. 11); cuando le preguntan los fariseos por primera vez confiesa que Jesús es un profeta (v. 17); en el interrogatorio final que le hacen los fariseos defiende a Jesús de modo ardiente: el milagro que Jesús ha obrado en su persona demuestra que viene de Dios (v. 33); en el encuentro final con Jesús le reconoce como Hijo del hombre, que es un título mesiánico, y se postra ante Él, en actitud de adoración (v. 35-38).
Por otra parte, el relato se abre con la pregunta de los discípulos (que de acuerdo a la teología de la época consideraba que la enfermedad era consecuencia del pecado), acerca de quién era el culpable de la ceguera de aquel hombre, si él mismo o sus padres (v. 2). La respuesta de Jesús es que la ceguera física no es el resultado del pecado, y adelanta lo que dirá a los fariseos al final del relato, explicitando aún más la paradoja que ha provocado la curación: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ‘vemos’, vuestro pecado permanece» (v. 41).
En el desarrollo del relato se descubre también una trama en forma de un proceso judicial, con unos acusadores (los fariseos), un acusado (Jesús) y un testigo defensor (el ciego). El final del proceso mostrará que los acusadores acaban siendo culpables por quedarse en su ceguera y el acusado es declarado inocente. Para el ciego hay además una dolorosa y a la vez gozosa consecuencia: por creer en Jesús es expulsado de su casa y de la sinagoga, es decir, de la comunidad de Israel (v. 35).
2. El contexto inmediato del relato
Es importante tener en cuenta el contexto en que san Juan sitúa la curación del ciego. Jesús ha subido a Jerusalén con motivo de la fiesta de los Tabernáculos o las Tiendas (cf Jn 7,2.10), en hebreo Sukkot, que era una de las tres fiestas más importantes del calendario litúrgico judío (cf Éx 23,14-17). En esa fiesta hay dos detalles a destacar: el uso del agua y la presencia de la luz. El agua, sacada de la piscina de Siloé, se usaba para las aspersiones rituales y se derramaba sobre el altar del sacrificio durante los siete días que duraba la fiesta. Y durante los días de la fiesta Jerusalén y el Templo se iluminaban de manera que la ciudad parecía una luminaria cuyo resplandor se podía observar de noche a varios kilómetros de distancia. Y es en este contexto de la fiesta en el que Jesús proclama de forma solemne: «¡Yo soy la luz del mundo!» (Jn 8,12).
3. El agua y la luz como símbolos del bautismo
Es significativo que la escena de la curación del ciego de nacimiento aparece representada varias veces en el arte paleocristiano de las catacumbas, algunas de ellas para ilustrar el bautismo. No es extraño, porque el relato de la curación formaba parte de las lecturas que se hacían el día del gran escrutinio de los catecúmenos, rito que terminaba con las palabras del ciego: «Creo, Señor», y con la recitación del Credo.
Además de los gestos de Jesús en el momento del milagro, la unción y el uso de la saliva, los dos elementos que permiten entender con claridad por qué la primitiva Iglesia vio en este milagro una figura del bautismo son el agua y la luz.
a) El agua
Respecto al agua, es significativa la insistencia que Juan muestra en decir que el ciego en realidad quedó curado cuando se lavó en la piscina de Siloé (v. 7.10-11). Y llama también la atención que Juan haya querido explicar el nombre de la piscina. El término castellano Siloé, derivado de la raíz verbal hebreo aramea shalaj, significa «el Enviado». Es evidente que con ello el evangelista Juan, para quien Jesús es el Enviado del Padre (cf Jn 3,17.34; 5,36.38, etc.), quiere que asociemos el agua con Jesús. Además, hay que tener en cuenta que el agua de Siloé es la que se usaba en los ritos de la fiesta de los Tabernáculos. Y fue durante las celebraciones del último día de esa fiesta, el más solemne, cuando Jesús dijo: «El que tenga sed, que venga a mí y beba… Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38). Para Juan, Jesús es el nuevo Siloé que viene a sustituir al antiguo. San Agustín comenta: «Este ciego representa a la raza humana… Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa ‘el Enviado’: fue bautizado en Cristo” (Homilías sobre el evangelio de Juan XLIV,1-2). La relación entre la curación del ciego de nacimiento y el agua del bautismo la explicó acertadamente Tertuliano al comienzo de su Tratado sobre el bautismo: «La presente obra tratará de nuestro sacramento del agua, que purifica los pecados de nuestra ceguera original y nos hace libres para la vida eterna» (De Baptismo 1).
b) La luz
En cuanto a la luz en relación al bautismo, hay que tener en cuenta que al ciego se le abren los ojos para que pueda ver la luz, ha recibido una «iluminación», en griego fotismós. Y éste es precisamente el vocabulario que se usa en el Nuevo Testamento para hablar del bautismo. Así, Heb 6,4: «Quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo…» (Heb 10,32). Y en Ef 5,8-14 san Pablo insiste en la necesidad de vivir en la luz que se ha recibido por el bautismo. En el siglo II san Justino es testigo de que en la liturgia primitiva el baño del bautismo era llamado «iluminación» (Apología I,61,13). Y san Agustín dice hablando de los catecúmenos: «Apresúrense a entrar en esta piscina de salvación, si es que buscan la luz» (Homilías sobre el evangelio de Juan XLIV,2).
4. El ciego y los ciegos
El ciego de nacimiento es el ejemplo de quien camina desde la oscuridad hasta la luz. Pero nosotros podemos seguir el camino inverso, desde la luz del bautismo a la oscuridad del pecado. También nosotros podemos ser ciegos por nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestra soberbia, nuestra dureza de corazón, nuestra envidia, nuestras mentiras y apariencias. Pues hay una ceguera de los ojos, pero hay otra que es más grave: la ceguera del corazón.
¡Hemos sido iluminados, vivamos siempre a esta luz!
¡FELIZ DOMINGO!