La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Gén 2,7-9; 3,1-7, Rom 5,12.17-19 y Mt 4,1-11. El evangelio recoge el relato de las tentaciones de Jesús, que tiene paralelos en Mc 1,12-13 y Lc 4,1-13.
1. Algunas consideraciones previas
La liturgia de la Palabra del tiempo de Cuaresma según el Ciclo A está estructurada según el recorrido espiritual que hacían los catecúmenos para la recepción del bautismo en la Pascua. Así lo pone de relieve la secuencia de las lecturas dominicales del Evangelio. El relato de las tentaciones (Domingo I) señala el comienzo de un itinerario de combate y purificación; la Transfiguración (Domingo II) significa la contemplación anticipada de la gloria que nos aguarda a través del bautismo y contiene un mensaje de esperanza; el encuentro con la samaritana (Domingo III) nos enseña que el bautismo es el agua que nos da la nueva vida en Cristo por el don del Espíritu; la curación del ciego de nacimiento (Domingo IV) nos recuerda que el bautismo es la iluminación, nos da la luz que es Cristo; el relato de la resurrección de Lázaro (Domingo V) predice que Cristo es la resurrección y la vida, núcleo del mensaje de la Pascua. Utilizando el lenguaje de san Pablo, se puede decir que la Cuaresma es el camino que hemos de recorrer abandonando los vestidos del hombre viejo de pecado para revestirnos de la túnica gloriosa de Cristo resucitado (cf Col 3,9-10).
2. Las tentaciones de Jesús
Tal como lo presentan los evangelistas, el relato de las tentaciones viene a ser una puesta en escena de todas las dificultades y pruebas que Jesús sufrió a lo largo de su ministerio mesiánico por parte de Satanás y de quienes querían apartarle del cumplimiento de la voluntad del Padre. Y a la vez constituyen el paradigma o modelo de las tentaciones que acechan a todos aquellos que quieren ser fieles a Dios. Y con Jesús aprenden a desenmascarar las estrategias del Tentador.
a) El desierto y el ayuno (v. 1-2)
La primera noticia que da Mateo es que, tras el bautismo en el Jordán, el Espíritu conduce a Jesús al desierto, sin especificar un sitio concreto, aunque una antigua tradición ubica el lugar en una región montañosa al noroeste de Jericó. En razón de la experiencia de Jesús el lugar se conoce como «monte de la Cuarentena», es decir, monte de los cuarenta días. Si Mateo no ha identificado un lugar concreto y habla del «desierto» es porque quiere suscitar el recuerdo del desierto del Sinaí, donde Israel fue probado en su fidelidad a Dios desde su salida de Egipto. Y de ese modo, los 40 días de Jesús son también el recuerdo de los 40 años de la peregrinación de Israel por el desierto.
Mateo manifiesta un gran interés en mostrar que, así como Moisés ayunó durante 40 días y 40 noches antes de recibir la Ley en el monte (cf Dt 9,9-11), así ahora Jesús, el nuevo Moisés, ayuna durante 40 días antes de comenzar su anuncio del Evangelio.
El desierto es espacio de soledad e interioridad, espacio para el silencio y la meditación, espacio para rememorar los días del enamoramiento y de la maduración en el amor (Os 2,14: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón»).
b) Los nombres del Enemigo
Es interesante notar que a lo largo del relato Mateo usa tres nombres para hablar del Enemigo de Jesús: el Tentador (v. 3), el Diablo (v. 1.5.8.11) y Satanás (v. 10). «El Tentador» es la traducción del griego ho peirázon, participio del verbo peirázo, que significa poner a prueba e inducir al pecado. «El Diablo» es la traducción del nombre griego diábolos, derivado del verbo diabállo, que significa dividir, separar, pues pretende separar a los hombres de Dios y a los hombres entre sí frustrando los planes de Dios. Satanás es la transcripción del nombre arameo Satana y del hebreo Satán, que significa adversario o acusador (cf 1Re 11,14; Job 1,6-12). Satanás es el nombre con que Jesús se dirige al Enemigo.
c) Primera tentación (v. 3-4)
Es la tentación por la que el Tentador propone a Jesús utilizar su poder divino en beneficio propio, pues así se evitaría sufrir el hambre y toda clase de fatigas. La intención del Tentador es clara: Apartar a Jesús de su misión, que tiene como fundamento fiarse de la voluntad del Padre. Jesús responde con una cita de Dt 8,3, para recordar que el hombre no vive sólo del pan material, sino del pan de la Palabra de Dios, que es la que da a conocer su voluntad. El creyente «come» con su boca lo que sale de la boca de Dios. Por eso, Jesús confesará a los discípulos que su alimento es cumplir la voluntad del Padre (cf Jn 4, 34). Y hay que recordar que al profeta Ezequiel se le dio a «comer» un libro donde estaban escritas las palabras que Dios le encomendaba predicar a Israel (cf Ez 2,8-3,3; Apo 10,8-11). Por su parte, el profeta Amós anunciaba que vendrían días en que Dios enviaría a la tierra hambre no de pan sino de su Palabra (cf Am 8,11). Esos días, que eran los del Mesías, han llegado ahora con Jesús. Jesús rechazó la insinuación de Satanás absteniéndose de usar su poder divino para satisfacer su hambre; sin embargo, utilizó ese poder para saciar el hambre de miles de personas en un lugar desierto (cf Mt 14,13-21; 15,32-38).
Por otra parte, con su ayuno en el desierto Jesús se presenta como la imagen invertida de Adán. En el jardín del Edén Adán, junto con Eva, consumó la desobediencia a Dios al comer del árbol (cf Gén 3,6); en el desierto Jesús, nuevo Adán, consuma la obediencia al Padre con el ayuno del pan.
d) Segunda tentación (v. 5-7)
Al mostrar Jesús su total fidelidad al Padre, el Diablo urde otra tentación que le lleve a una confianza presuntuosa poniendo a prueba al mismo Dios. El Diablo conduce a Jesús hasta «la ciudad santa» y lo pone sobre el pináculo del templo, lugar de especial significación, pues el templo es la morada de Dios. ¡El Hijo de Dios tentado en la ciudad santa en la misma la casa de Dios! Orígenes, padre de la Iglesia griega (siglos II-III), describe la escena diciendo que Jesús sigue al Diablo «como un atleta que camina voluntariamente a la lucha».
Según una creencia del tiempo de Jesús, el Mesías había de manifestarse de forma pública y repentina sobre una de las terrazas del templo y desde allí anunciar la liberación de Israel. Teniendo en cuenta esta creencia, el Diablo propone a Jesús que comience su ministerio mesiánico con un gesto espectacular. Y para apoyar su propuesta se sirve de unas palabras del Sal 90,11-12, pero tergiversando con astucia su sentido, pues el salmista no quería decir que todo lo que haga el justo, de forma debida o indebida, le saldrá bien, pues Dios estará con él. El salmista quiere decir que en todo aquello en que el creyente actúa siguiendo una conducta justa, conforme a la voluntad de Dios, aunque encuentre oposición y dificultades, experimentará el consuelo y la ayuda de Dios por medio de sus ángeles. El ejemplo más elocuente es el del propio Jesús, que en la noche de la gran prueba de Getsemaní recibió el consuelo de un ángel enviado por el Padre (cf Lc 22,43).
Jesús responde al Tentador con las palabras de Dt 6,16, dando a entender que la propuesta del Diablo encierra una sutil tentación contra Dios. Cometer una imprudencia temeraria y reclamar la ayuda de Dios es realmente una grave tentación contra la providencia de Dios. Si alguien actúa de manera imprudente o temeraria deberá aceptar las consecuencias de su temeridad o imprudencia sin culpar a Dios. No se puede pretender ser Ícaro y volar hasta el sol con alas de cera, pues el desastre está garantizado. Y Dios no lo podrá remediar.
e) Tercera tentación (v. 8-10)
Fracasado el segundo intento, Satanás busca otra estrategia. Contando con que al Mesías se le prometía el señorío sobre el mundo (cf Sal 2,8; 71,8-11), Satanás lleva a Jesús a la cima de un monte desde donde puede contemplar todos los reinos del mundo y le ofrece la posibilidad de poseerlos. La tentación, una vez más, es sutil, pues al Mesías se le concedía el poder y la gloria a través de la humillación y el sufrimiento (cf Is 49,4; 50,4-10; 53,1-3). Satanás ofrece a Jesús un modo más fácil de obtener el poder. Pero el precio a pagar es demasiado alto: Adorarle. ¡Hasta ese extremo llega la arrogancia de Satanás! ¡Que el Hijo de Dios adore a Satanás como si fuera Dios! Jesús desbarata su estrategia con la cita de Dt 6,13: La adoración sólo se debe a Dios. No se puede pretender alcanzar la gloria del mundo robando la gloria a Dios. Jesús dará gloria al Padre sobre la tierra al consumar la obra que le ha encomendado (cf Jn 17,4), y el Padre le devolverá la gloria cuando consume su obra (cf Jn 8,54; 17,5). Y la gloria llegará por medio de la cruz: «Cuando yo sea levantado atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Jesús dará un ejemplo supremo de adoración al Padre la noche de la oración en Getsemaní, cuando, cayendo de rodillas (cf Lc 22,41) con el rostro en tierra, dijo: «Abba, Padre, hágase tu voluntad» (Mt 26,39-42).
f) La victoria final (v. 11)
Terminadas las tentaciones, el fracaso de Satanás se pone de relieve con dos detalles: se alejó y a Jesús le servían los ángeles, es decir, le daban de comer, poniendo fin al ayuno, y reconocían su soberanía como su Señor.
3. El valor pedagógico de las tentaciones
De las tentaciones de Jesús podemos extraer varias enseñanzas:
- Desde el punto de vista de Jesús, las tentaciones ponen de relieve el realismo de la Encarnación, pues, siendo Dios, Jesús es tentado en su naturaleza humana. Como dice la carta a los Hebreos, Jesús se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (Heb 4,15). ¡Hasta la tentación, el umbral del pecado! Enseñan también la humildad de Jesús, quien, aunque era Dios, se vio sometido a la humillación de ser tentado. Enseñan además que es la Palabra de Dios en la que Jesús ha encontrado el antídoto contra las estrategias del Tentador.
- Desde el punto de vista de Satanás, nos hacen conocer que es sabio, nos conoce y sabe cuáles son nuestros puntos débiles, nuestras pasiones, nuestras heridas. Y es sutil a la hora de presentar la tentación con la capacidad de engaño: El pecado so capa de bien. Y tiene grandes dotes de seductor. Es insistente y no deja de persistir en sus propósitos. Como dice san Lucas, a veces se retira por estrategia, pero siempre vuelve (cf Lc 4,13). No hay que darlo nunca por derrotado del todo.
- Desde el punto de vista de los creyentes, Jesús nos transmite un mensaje de esperanza: Él ha vencido al Tentador, y nos anima a confiar en que nosotros también podemos vencerlo. ¡El Tentador no es invencible! Dos grandes virtudes ayudan a superar las tentaciones: La prudencia y la fortaleza. La prudencia se necesita para detectar el peligro y apartarse a tiempo; es la virtud que, junto a la humildad, ayuda mejor a conocerse a sí mismo, a vivir en verdad y a no confiarse ni ser ingenuo. La fortaleza es necesaria para resistir las embestidas del Tentador sin darle tregua. Y junto a ellas, la oración, que las sostiene, como una madre a sus hijas más pequeñas y frágiles. Las tentaciones son los ejercicios de pugilato con los que nos ejercitamos en la lucha contra la gran tentación, que consiste en desobedecer a Dios y abandonar la fe. Las tentaciones no tienen por qué ser ocasiones para el pecado, sino oportunidades para reafirmar la fidelidad a Dios y crecer en las virtudes. Las tentaciones son ayudas para purificar las intenciones y el corazón. Dice san Juan Crisóstomo: «No temas nunca la tentación si tienes bien templado el ánimo, porque la tentación no daña, sino que produce la paciencia… El fuego no perjudica al oro, ni la tribulación al alma generosa, sino que ambos se purifican» (Sermón a la vuelta del destierro). Y Tertuliano recuerda un dicho de Jesús que no aparece en los evangelios: «Nadie conseguirá sin ser tentado el reino celeste» (De baptismo 20,2). La tentación vencida es el camino para entrar en el reino de Dios.
Que María, Madre de la gracia, nos ayude y fortalezca nuestra fidelidad a Dios en medio de las tentaciones.
¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ Y SANTA CUARESMA!