La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 49,3.5-6, 1Cor 1,2-3 y Jn 1,29-34. En el comentario nos ceñiremos a la revelación de Juan sobre Jesús como Cordero de Dios.
1. El contexto del relato
El pasaje de Jn 1,29-34 forma parte de un conjunto de tres testimonios que Juan el Bautista da acerca de Jesús. El primero es de carácter genérico y se dirige a un grupo de sacerdotes y levitas (1,19-28); el segundo tiene como interlocutores al grupo de sus discípulos (1,29-34); el tercero va dirigido a dos de sus discípulos (1,35-36). El tiempo en que se sitúa la escena es posterior al bautismo de Jesús, pues en los v. 30-34 se alude al bautismo como algo ya pasado. Y el momento debe de ser sin duda la primavera. El lugar donde se localiza el suceso es el valle del Jordán, cerca de la desembocadura del mar Muerto. En el pasaje anterior se identifica el lugar con Betania, al otro lado del Jordán (1,28).
2. La revelación de Jesús por parte de Juan
El relato comienza con unas palabras que se conocen como fórmula de revelación, que el cuarto evangelista utiliza en otras ocasiones (1,35-37.47-51). Esta fórmula, que tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, se presenta así: Un mensajero de Dios se encuentra con una persona, la ve, y él mismo, o Dios, dice: «He aquí (o mira): Éste es…». Un ejemplo se puede constatar en 1Sam 9,17. Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le dijo: «Mira: Éste es el hombre de quien te hablé. Él gobernará a mi pueblo». Un ejemplo significativo de este modo de revelación en el cuarto evangelio aparece en Jn 19,25-27. Jesús, desde la cruz, viendo a su Madre y a Juan, dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre». En estas fórmulas de revelación es importante tener en cuenta que el verbo ver se usa con el significado de «reconocer a alguien, conocerlo en profundidad».
3. «Éste es el Cordero de Dios» (v. 29)
Este modo de hablar Juan acerca de Jesús se ha interpretado en dos direcciones, que no van en paralelo, sino que son convergentes. Por una parte, Juan identifica a Jesús con el Siervo de Yahveh y, por otra, con el cordero de Pascua.
a) El Siervo de Yahveh
Para entender bien esta interpretación, que han seguido sobre todo los Padres de la Iglesia de Oriente, hay que partir de las palabras de Is 53,1.7, pertenecientes al cuarto Cántico del Siervo de Yahveh: «He aquí que prosperará mi Siervo… Como oveja llevada al matadero, como cordero (griego, amnós) ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca». Este texto, que se aplica a Jesús también en Hch 8,32-35, era bien conocido por la Iglesia primitiva. En la descripción que Juan el Bautista hace de Jesús un poco después (1,32-34) hay además dos rasgos que lo relacionan con el Siervo de Yahveh. En el v. 32 Juan dice que vio descender el Espíritu y reposar sobre Jesús; y en el v. 34 Juan identifica a Jesús como el Hijo de Dios, al que, según el relato de los sinópticos, el Padre llama el Hijo amado, en quien se complace (cf Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22). Estas palabras recuerdan muy de cerca dos pasajes de Isaías relacionados con el Siervo: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero; sobre él he puesto mi Espíritu» (42,1), y «el Espíritu del Señor está sobre mí» (61,1). Otro detalle a tener en cuenta es que Juan dice que Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo (v. 29), palabras que recuerdan muy de cerca a Is 53,12, donde se afirma que el Siervo carga o lleva sobre sí el pecado de muchos. Y en 1Jn 3,5 se dice que Jesús se manifestó para quitar los pecados. Es claro, por tanto, que cuando Juan el Bautista da testimonio de Jesús usando la imagen del Cordero quiere establecer una conexión muy estrecha con los pasajes de Isaías que hablan del Siervo de Yahveh.
b) El Cordero de Pascua
Ésta es la interpretación que ha prevalecido entre los Padres de la Iglesia de Occidente. Para comprender en toda su hondura esta interpretación hay que tener en cuenta que el simbolismo pascual es muy frecuente en el cuarto evangelio, sobre todo en relación con la muerte de Jesús. En Jn 19,14 se dice que Jesús fue condenado a mediodía de la víspera de la Pascua, que era precisamente el momento en que los sacerdotes comenzaban a degollar los corderos pascuales en el templo. Mientras Jesús estaba clavado en la cruz, le acercaron a los labios sobre una caña de hisopo una esponja empapada en vinagre (Jn 19,29); precisamente con un hisopo empapado en la sangre del cordero pascual se rociaban las jambas de las puertas de los israelitas para preservarlas del exterminio en Egipto (cf Éx 12,22). En Jn 19,36 el evangelista afirma que a Jesús no se le quebró ningún hueso, detalle en el que ve el cumplimiento de la Sagrada Escritura, pues en Éx 12,46 se prescribe que no se debe quebrar ningún hueso al cordero pascual.
Es importante tener en cuenta que en el libro del Apocalipsis, otra obra de carácter joánico, aparece también el motivo pascual. Todo el capítulo 5 del Apocalipsis está dedicado a hablar de un cordero degollado, ante el cual se postran los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos, pues sólo él es digno de recibir el libro y abrir sus sellos, y ante el cual, junto a Dios, todas las criaturas le dan la alabanza, el honor y la gloria. Es evidente que este cordero representa a Jesús. Además, en Apo 5,9 se menciona la sangre del cordero como rescate, una alusión muy apropiada para el motivo pascual, pues la sangre del cordero sirvió para que fueran respetadas las casas de los israelitas (cf Éx 12,22). En Apo 15,3 los vencedores de la terrible Bestia cantan el cántico de Moisés y del Cordero, un cántico de victoria. El cántico de Moisés es el que el pueblo de Israel cantó tras la derrota del faraón en el mar Rojo (cf Éx 15,1-17).
Finalmente, otro detalle abunda en el tema del cordero pascual. Juan el Bautista afirma que Jesús es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Esta formulación es interesante si se tiene en cuenta que, para la teología de Israel, la sangre del cordero quitaba los pecados del pueblo judío, pero el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, es decir, de todos los hombres. Por otra parte, hay que subrayar que Juan el Bautista afirma que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aquí utiliza el verbo griego aíro, que, además de quitar significa suprimir, abolir, erradicar e incluso destruir. De modo que el sentido de las palabras de Juan viene a ser que el Cordero de Dios se ha manifestado para destruir no tanto los pecados (como actos de los hombres) cuanto el pecado en sí mismo, el pecado en su raíz. Por añadidura, hay que tener en cuenta que Juan el Bautista usa el presente, que es el tiempo que indica la actualidad de un hecho. Los efectos saludables del cordero del antiguo éxodo eran temporales, transitorios, caducos ya terminaron; la eficacia salvífica del verdadero Cordero es actual, permanente, para siempre. San Cirilo de Jerusalén compara los efectos de los dos corderos y dice: «En tiempo de Moisés el cordero alejó a gran distancia al exterminador; y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ¿no librará de los pecados mucho mejor?» (Catequesis 13,3).
Según la teología de los santos Padres, el cordero de la Pascua del éxodo era figura de Cristo, el verdadero Cordero. Comparando los corderos inmolados en la Pascua con Cristo, dice san Efrén: «He aquí que en Egipto fue matado el cordero pascual, y en Sión fue inmolado el verdadero Cordero» (Himnos de Pascua. Sobre los ácimos III,1). Y más adelante: «En gran cantidad corderos habían sido inmolados, pero, gracias a uno solo, Egipto fue derrotado. Durante la fiesta, corderos fueron ofrecidos, pero, gracias a uno solo, fue vencido el error» (Himnos de Pascua. Sobre los ácimos V,2-3).
Pensando en la cena pascual de Jesús con sus discípulos, canta también san Efrén: «El Cordero de Dios comió el cordero. ¿Quién ha visto nunca un cordero comer el cordero? El Cordero verdadero comió el cordero de Pascua. Se apresuró el símbolo para entrar en el vientre de la verdad» (Himnos de Pascua. Sobre los ácimos VI,9-10).
El testimonio de Juan sobre Jesús se completa con varias revelaciones más. En primer lugar, afirma la preexistencia (divina) de Jesús (v. 30), que ya aparecía en el testimonio de Juan en el Prólogo (v. 15); en segundo lugar, que en el bautismo de Jesús vio al Espíritu descender y posarse sobre Él (v. 32); en tercer lugar, que el bautismo de Jesús supera al suyo, pues ha traído un bautismo en el Espíritu Santo (v. 33); finalmente, que Jesús, el Cordero de Dios, es el Hijo de Dios (v. 34).
¡Bendito el Cordero de Dios que apacienta a sus corderos y los libera del pecado!
¡FELIZ DOMINGO!