Domingo IV de Cuaresma

Cuaresma

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Ciclo C

En aquellos días, dijo el Señor a Josué:
«Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto».

Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.

Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

Hermanos:
Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Domingo Laetare
Ayúdanos, Señor, a adquirir un corazón compasivo y misericordioso

El IV Domingo de Cuaresma es conocido como Domingo Laetare, debido a la primera palabra en latín de la antífona de entrada de la Misa: Laetare, Ierusalem, «Alégrate, Jerusalén», tomada de Is 66,10. La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Jos 5,9a.10-12, 2Cor 5,17-21 y Lc 15,1-3.11-32. El pasaje evangélico corresponde a la parábola del hijo pródigo, que pertenece a la materia propia de Lucas. La parábola, que cierra el c. 15 dedicado a las «parábolas de la misericordia» junto con la de la oveja perdida (v. 4-7) y la dracma perdida (v. 8-10), es conocida también como la parábola del padre misericordioso. La parábola se puede dividir en tres partes: la marcha del hijo de la casa del padre, el regreso y la acogida del padre y la conducta del hermano mayor.

 

1. La marcha del hijo menor (v. 11-19)

Jesús abre la parábola con un detalle hasta cierto punto insólito: El hijo más joven de un hombre reclama a su padre la parte de su herencia, que en realidad debería recibir a la muerte del padre. Un detalle que pone al descubierto la impaciencia del hijo por disfrutar de algo que todavía no es suyo. La respuesta del padre impresiona. Aunque debería de tener el corazón roto por la decisión del hijo, no le pone ningún tipo de impedimento, ni porfía para que no se vaya. Respeta con gran humildad y entereza la libertad del joven.
Conforme al deseo de su hijo, el padre les repartió la hacienda. No muchos días después, una vez que había recogido sus pertenencias, se marchó a un país lejano. También este detalle ahonda doblemente el dolor del padre. Por una parte, marcharse lejos es poner tierra de por medio, es como desentenderse de su padre. Por otra, un país lejano es para un judío equivalente a país pagano, como pondrá de relieve más adelante la presencia de los cerdos. A partir de ese momento la parábola describe de manera dramática el proceso de degradación del joven. Dilapida la herencia en seguida llevando una vida licenciosa, se arruina y con ello arruina su vida, tiene que buscar un trabajo, se rebaja hasta el extremo de aceptar el trabajo de porquerizo, ¡un judío cuidando cerdos! El tratado Baba Qamma 82b del Talmud de Babilonia sentencia: «¡Maldito sea el hombre que cría cerdos!». Su degradación no termina ahí, pues pasaba tanta hambre que deseaba alimentarse con las algarrobas de los cerdos. ¡Tiene que pedir prestada la comida de los cerdos y compartir mesa con ellos! Ha caído hasta el máximo de su degradación como judío y como hombre. Ha perdido su propia dignidad. Pero le niegan hasta la comida propia de los cerdos.
Llegado a ese punto, habiendo tocado fondo, el joven recapacita y cae en la cuenta de cómo en la casa de su padre los criados viven mejor que él. Y, aunque en un primer momento su deseo de volver sea por su propia supervivencia, no deja de reconocer que ha pecado contra Dios por el comportamiento con su padre, al que ha causado un gran dolor, y es consciente de haberse hecho merecedor de perder la filiación. Ahora sólo le queda contratarse como jornalero para ganarse el pan con dignidad.

 

2. El regreso y la acogida del padre (v. 20-24)

a) El regreso
Conforme a lo que había decidido, el joven se puso en camino hacia la casa de su padre. El camino de regreso no debió de ser fácil. La parábola no da detalles, pero cabe preguntarse: si estaba en un país lejano y no tenía dinero, ¿regresó a pie?, ¿cómo sobrevivió en el camino?, ¿tuvo que mendigar?, ¿en qué estado lamentable estaban sus ropas? Un pensamiento sobre todo le atormentaba: ¿cómo le recibiría su padre? ¿Estaría enfadado?, ¿le guardaría rencor?

b) El recibimiento
Jesús describe con todo lujo de detalles el comportamiento del padre. Cuando estaba lejos, lo vio. Aquí ver tiene sin duda el significado de reconocer, pues un padre, que ha estado cada día a la puerta de su casa esperando la llegada de su hijo, puede reconocer en seguida la figura inconfundible de su hijo. Y su vista hizo que se conmovieran sus entrañas de misericordia. ¡Por fin había llegado el día tan largamente esperado! Tres gestos ponen de relieve el amor del padre.

  • Salió corriendo. Hay que tener en cuenta que en la Palestina de Jesús a un hombre mayor que corriera se le tenía por un alocado. Pero éste es un padre loco de amor, de ternura y compasión. ¡Qué le importa la opinión de los vecinos!
  • Se le echó al cuello, es decir, lo abrazaba con fuerza contra su pecho.
  • Lo cubrió de besos. Lucas utiliza el verbo griego intensivo katafiléo, que significa besar efusivamente, cubrir de besos, lo que pone de manifiesto la intensidad del amor del padre.

c) La fiesta
El joven descarga su conciencia con las palabras que traía preparadas, pero el padre no le deja terminar, en seguida da orden a los criados para que actúen. De nuevo tres gestos ponen de relieve la bondad del padre.

  • Una túnica nueva. Al joven le desnudan de sus viejos harapos y le visten una túnica nueva, la mejor, de calidad excelente, signo de la recuperación de su filiación. Un vestido nuevo es señal de una vida nueva.
  • Un anillo nuevo, signo de su nueva dignidad y de autoridad en la casa.
  • Unas sandalias nuevas, pues, desechadas las viejas, restos de un camino equivocado, comienza a caminar por un nuevo camino. Cuanto más bajo había caído su dignidad, al equipararse con cerdos, más alto lo ensalzó el padre, a la dignidad de un príncipe.

La fiesta culmina con un banquete en el que se sacrifica el mejor ternero cebado, que estaba reservado para una ocasión excepcional. El padre explica el motivo de tanto dispendio y alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado» (v. 24).

 

3. La conducta del hijo mayor (v. 25-32)

El hijo mayor, que estaba en el campo, vuelve a casa y oye la música y la danza. Extrañado, pregunta y le dan una respuesta que no podía imaginar. Todo ha sido preparado por su padre, porque su hermano menor ha vuelto sano. La respuesta provoca en él una fuerte irritación que le lleva a no querer entrar en casa. Su padre, en un gesto de profunda humildad y cariño hacia el hijo, insiste para que entre a participar de la fiesta, alegrándose con los demás por el regreso de su hermano. Sin embargo, el hijo rechaza la invitación del padre y responde con una sarta de reproches a la vez que carga las tintas con la conducta de su hermano, al que no reconoce como tal, pues se dirige a su padre llamando a su hermano en tono despectivo y desdeñoso «ese hijo tuyo» (v. 30). El padre, en cambio, se dirige a él de forma cariñosa: «Hijo (querido) mío» (v. 31). Y corrige a su hijo mayor reconduciendo la relación que hay entre ellos: «Este hermano tuyo». El padre viene a decir: «El que ha vuelto no es sólo mi hijo sino también (y sobre todo) tu hermano». Y concluye dando la razón de la fiesta: ¿Cómo no se iba a celebrar un banquete y danzar con alegría cuando un muerto ha revivido?

 

4. El mensaje de la parábola

Junto con las parábolas de la oveja perdida y la dracma perdida, Jesús ha compuesto la del hijo pródigo para defender su predicación sobre la misericordia de Dios frente al escándalo de los fariseos, representados por el hijo mayor, que se resisten a aceptarla. Movidos por su soberbia religiosa, muestran una intransigente dureza de corazón contra los pecadores (sobre todo los publicanos), y, escandalizados por el proceder de Dios, se creen con derecho a echarle en cara su generosa misericordia.
El mensaje de Jesús es claro: Dios es un Padre bondadoso, lleno de ternura y compasión, que perdona a todo el que, arrepentido de sus pecados, se vuelve a Él, sin importarle su pasado. La conversión del pecador es un motivo de gran alegría en el cielo. Como en otras ocasiones, Jesús deja la parábola abierta y con una pregunta en el aire: ¿Acabará entrando el hijo mayor a la fiesta con su padre y su hermano?
¿Cómo leemos nosotros hoy la parábola? Es fácil identificarse con el hijo menor, pues tenemos conciencia de ser pecadores. Sin embargo, quizás no sepamos ver que tenemos mucho en común con el hijo mayor, cuando en nuestra soberbia nos consideramos justos y nos cuesta entender la misericordia de Dios con pecadores más recalcitrantes.

 

Que la Virgen María nos enseñe a tener un corazón como el de Dios y no como el del hermano mayor.
¡FELIZ DOMINGO DE LA ALEGRÍA DEL PERDÓN!

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La parábola de Jesús está precedida por la noticia de dos acontecimientos luctuosos: uno, que parece reciente, el asesinato por parte de soldados romanos a las órdenes de Pilato de algunos peregrinos galileos que habían subido a Jerusalén para celebrar la Pascua (v. 1-3); otro, del que habla Jesús como sucedido hacía un tiempo, el desplome de la torre en Siloé en Jerusalén, que aplastó a dieciocho personas (v. 4-5). No se sabe muy bien de dónde ha podido tomar Lucas estas dos noticias, pues no se encuentran referencias ni en los otros evangelios ni en historiadores de la época, como Flavio Josefo.

Domingo II de Cuaresma

Lucas abre el relato con un detalle cronológico: «Ocho días después de estas palabras» (v. 28), que es una alusión al anuncio que Jesús había hecho acerca de su muerte y resurrección (v. 21-22) y acerca de la disposición que han de tener aquellos que quieran seguirle: Que se nieguen a sí mismos y que tomen su cruz (v. 23).

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