Domingo II de Cuaresma

Cuaresma

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Ciclo C

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:
«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas».

Y añadió:
«Así será tu descendencia».

Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia.

Después le dijo:
«Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:
«Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?».

Respondió el Señor:
«Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón».

Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos:
«A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates».

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Escúchame, Señor,
que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor.

No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.

Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.

Y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

¡Transfigúranos, Señor, transfigúranos!

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Gén 15,5-12.17-18, Flp 3,17-4,1 y Lc 9,28b-36. El pasaje evangélico, que relata el acontecimiento de la Transfiguración, tiene paralelos en Mt 17,1-9 y Mc 9,2-10.

 

1. El contexto del acontecimiento

Lucas abre el relato con un detalle cronológico: «Ocho días después de estas palabras» (v. 28), que es una alusión al anuncio que Jesús había hecho acerca de su muerte y resurrección (v. 21-22) y acerca de la disposición que han de tener aquellos que quieran seguirle: Que se nieguen a sí mismos y que tomen su cruz (v. 23). La Transfiguración se enmarca, por tanto, en el contexto de la conciencia que Jesús tiene de su muerte y de lo que eso significa para los que han decidido seguirle. Jesús toma consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, que son los tres Apóstoles testigos privilegiados de otros momentos decisivos en el ministerio de Jesús (cf Lc 8,51; Mc 14,33). En la primitiva comunidad cristiana son los tres Apóstoles considerados como columnas de la Iglesia (cf Gál 2,9). Lucas no da el nombre del lugar en que sucede la Transfiguración, aunque lo llama el monte. Una antigua tradición lo identifica con el Tabor, un monte situado al sureste de Nazaret, a 562 ms sobre el nivel del mar. Más allá del lugar concreto, en el pensamiento del evangelista el monte representa el lugar de la presencia de Dios, el espacio en que se entra en comunión con Dios. Eso es lo que significa el monte Horeb-Sinaí en la experiencia de Moisés, cuando subía al monte para hablar con Yahveh y de donde bajaba con el rostro transformado y luminoso por el contacto con Dios (cf Éx 34,29-30). El Horeb está asociado también con la actividad profética de Elías (cf 1Re 19). Jesús sube al monte para orar, es decir, para entrar en comunión íntima con el Padre, como era su costumbre (cf Lc 6,12; 22,39-46). Es importante caer en la cuenta de que la Transfiguración sucede en un clima de oración.

 

2. La Transfiguración

a) El hecho de la Transfiguración Frente a los relatos de Mateo y Marcos, Lucas describe la Transfiguración de una manera mucho más sobria y concisa. La introducción al suceso es significativa: «Y sucedió mientras oraba…» (v. 28). Con esta expresión Lucas quiere subrayar el carácter extraordinario del hecho, algo que sucede de repente, como si Jesús durante la oración hubiera llegado a un climax de intensidad que se manifestaba externamente. Con dos detalles explicita Lucas ese estado de Jesús: el aspecto de su rostro fue otro y sus vestidos brillaban de resplandor (v. 29). El primer detalle es una expresión extraña que viene a significar que el aspecto de su rostro cambió o se mudó apareciendo de una manera sorprendente. Hay que tener en cuenta que el rostro (griego, prósopon) es lo que identifica a la persona, con lo que en realidad el evangelista está diciendo que toda la persona de Jesús quedó inundada de ese cambio. La segunda frase referida a los vestidos confirma que el cambio se manifestó por medio de una blancura resplandeciente, deslumbrante. La perspectiva de Lucas es la de quien considera que la Transfiguración no sucede como una claridad que viene de fuera, sino como una irradiación de luz interior. Más adelante (v. 32) Lucas dirá que los tres discípulos vieron la gloria (griego, doxa) de Jesús, es decir, fueron testigos del resplandor propio de la presencia de Dios (cf Éx 24 17; 40,34). Por la Encarnación la gloria de la divinidad se ha ocultado en la humanidad de Jesús; en la Transfiguración la gloria de la divinidad se ha manifestado de forma resplandeciente en su humanidad.

b) La presencia de Moisés y Elías De manera repentina Lucas habla de la presencia de Moisés y de Elías, a quienes presenta con dos detalles que no tienen Mateo y Marcos: Aparecieron gloriosos y hablaban del éxodo de Jesús. El primer rasgo significa que, ya muertos, Moisés y Elías gozan de la luz propia del mundo de Dios. El segundo detalle da a entender que Moisés y Elías, que representan a la Ley y a los profetas, estaban hablando del éxodo de Jesús, es decir, de su salida (de este mundo) por medio de la muerte, resurrección y ascensión, que tendría su pleno cumplimiento en Jerusalén. La Ley (Moisés) y los profetas (Elías), es decir, toda la Escritura daba un testimonio concorde de la Pascua de Jesús, culmen de los misterios de su vida.

c) La experiencia de los discípulos Mientras sucede la escena del diálogo entre Jesús, Moisés y Elías, según Lucas los discípulos estaban profundamente dormidos. Pero en seguida se espabilaron y tuvieron el privilegio de contemplar la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él, que más adelante Pedro identificará con Moisés y Elías (v. 33). Invadido por el estado de alegría que experimenta por la contemplación de la gloria de Jesús, Pedro se anticipa a tomar la palabra y propone construir tres tiendas, palabras que parecen una alusión a la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas y a la alegría con que se celebraba en Israel (cf Lev 22,43-44; Dt 16,13). Pedro experimenta un bienestar que desea que no acabe. ¡Estar con Jesús contemplando su gloria! ¡Qué bien se está en el Tabor con Jesús!

d) La presencia de la nube Todavía estaba Pedro hablando, cuando apareció una nube que los envolvió con su sombra (v. 34). La nube es la imagen que se utiliza con frecuencia en el Antiguo Testamento para hablar de la manifestación sensible de Dios, de su portentosa presencia y su gloria luminosa (cf Éx 16,10; 19,16-25; 24,15-18; Lev 16,2; Núm 11,25). En Éx 24,18 se dice que Moisés se adentró en la nube que cubría el monte Sinaí. Los discípulos, al entrar en la nube, se llenaron de temor, el temor reverencial que provoca la presencia de Dios.

e) La voz del Padre Desde la nube se oye una voz, que se identifica con el Padre: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo» (v. 35). Palabras muy parecidas a la declaración del Padre en el bautismo de Jesús (cf Mt 3,17; Mc 1,11). Las palabras «mi Hijo, el Elegido» remiten a Is 42,1, que constituyen el comienzo del primer Cántico del Siervo de Yahveh. Con ello Lucas, como Mateo y Marcos, quiere subrayar que la Transfiguración hay que entenderla a la luz de la pasión de Jesús, el Siervo de Dios. De hecho, un poco más adelante Lucas narra el segundo anuncio que Jesús hace de su pasión a los discípulos (v. 44). La voz del Padre decía: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadle», y Jesús abre el anuncio de su pasión diciendo: «Poned en vuestros oídos estas palabras», es decir, escuchad atentamente estas palabras. Jesús no ha querido subir al Tabor para quedarse allí, sino para ser confortado por el Padre y para mostrar su gloria a los discípulos, y así bajar con ellos para ponerse en camino hacia Jerusalén para llevar a cabo su Pascua.

 

3. La enseñanza de la Transfiguración

Un comentario de san León Magno pone de relieve la exquisita pedagogía con la que Jesús ha querido enseñar a sus discípulos el significado de la Transfiguración: «Para que adquiriesen los apóstoles una inquebrantable fortaleza y no temblaran ante la aspereza de la cruz, para que no se avergonzaran de la pasión de Cristo ni tuviesen por denigrante el padecer lo mismo, ya que con los suplicios de la tortura podrían ganar la gloria del reino, tomó a Pedro, a Santiago y al hermano de éste, Juan, y subiendo con ellos a un monte elevado, les manifestó el esplendor de su gloria… Con esta Transfiguración pretendía especialmente sustraer el corazón de sus discípulos al escándalo de la cruz y evitar que la voluntaria ignominia de su pasión hiciese flaquear la fe de los que iban a ser testigos de la excelencia de su divinidad oculta» (Sermones 51,1-3). La Transfiguración contiene para nosotros un consolador mensaje de esperanza. Si la carne del Verbo ha sido transfigurada, entonces nuestra carne ha sido transfigurada y vivimos en la esperanza cierta de nuestra transfiguración final. La Transfiguración de Jesús es el anuncio anticipado de nuestra propia transfiguración, que suscita nuestro deseo y nuestra súplica: «Transfigúranos, Señor, transfigúranos».

 

Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude a vivir con la esperanza de ser transfigurados.

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El pasaje evangélico corresponde a la parábola del hijo pródigo, que pertenece a la materia propia de Lucas. La parábola, que cierra el c. 15 dedicado a las «parábolas de la misericordia» junto con la de la oveja perdida (v. 4-7) y la dracma perdida (v. 8-10), es conocida también como la parábola del padre misericordioso. La parábola se puede dividir en tres partes: la marcha del hijo de la casa del padre, el regreso y la acogida del padre y la conducta del hermano mayor.

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La parábola de Jesús está precedida por la noticia de dos acontecimientos luctuosos: uno, que parece reciente, el asesinato por parte de soldados romanos a las órdenes de Pilato de algunos peregrinos galileos que habían subido a Jerusalén para celebrar la Pascua (v. 1-3); otro, del que habla Jesús como sucedido hacía un tiempo, el desplome de la torre en Siloé en Jerusalén, que aplastó a dieciocho personas (v. 4-5). No se sabe muy bien de dónde ha podido tomar Lucas estas dos noticias, pues no se encuentran referencias ni en los otros evangelios ni en historiadores de la época, como Flavio Josefo.

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