Domingo II de Cuaresma

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.

Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.

Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti

 

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Querido hermano:

Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.

Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Cuaresma, tiempo de ser transfigurados
Que tu Palabra, Señor, transfigure nuestra vida

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Gén 12,1-4a, 2Tim 1,8b-10 y Mt 17, 1-9.

 

La Transfiguración es sin duda uno de los acontecimientos más sorprendentes de la vida de Jesús. El suceso, que hoy leemos según Mt 17,1-9, aparece también en Mc 9,2-9 y Lc 9,28-36, y es mencionado por 2Pe 1,16-18, donde el Apóstol Pedro habla como testigo presencial.

 

1. La perspectiva narrativa de Mateo

Varios detalles muestran que en Mateo el relato, que pone el énfasis en la iniciativa de Jesús, está narrado mirando a los discípulos: «Jesús sube con ellos (lit. «los sube») aparte a un monte alto» (v. 1), «se transfiguró delante de ellos» (v. 2), «se les aparecieron Elías y Moisés» (v. 3), «y ellos no vieron más que a Jesús, solo» (v. 8). Al adoptar esta perspectiva el evangelista Mateo está dando a entender que es a los discípulos de Jesús (de entonces y de todos los tiempos) a quienes está destinada la revelación del misterio que encierra este acontecimiento. Pero como se trata de un misterio que resulta difícil expresarlo con el lenguaje ordinario, el evangelista utiliza un vocabulario de estilo apocalíptico, cargado de imágenes de alto contenido simbólico. Por otra parte, se descubre un paralelismo muy estrecho entre el relato de la Transfiguración y los diversos relatos de las manifestaciones de Dios en el monte Sinaí (cf Éx 19,16-20; 24,15-18; Dt 5,22-27).

No sabemos muy bien por qué Jesús ha querido que sólo Pedro, Santiago y Juan hayan sido testigos directos de este acontecimiento. Es cierto que existía el precedente de Moisés, que subió al Sinaí acompañado de Aarón y de los hermanos Nadab y Abiú (cf Éx 24,1). Pero Jesús ya había tomado esa misma decisión con ocasión de la resurrección de la hija de Jairo (cf Mc 5,37) y que luego tomará para que le acompañen en la intimidad de la oración en Getsemaní (cf Mt 26,37). Quizás porque a ellos, considerados los columnas de la Iglesia (cf Gál 2,9), ha querido Jesús reservarles esos momentos privilegiados. Y para que ellos, después de su resurrección den testimonio de estos hechos y sostengan en la fe a sus hermanos. Y esto es lo que hace san Pedro en 2 Pe 1,16-18.

 

2. El lenguaje de los símbolos

a) El monte (v. 1)
Mateo no da el nombre del monte al que Jesús sube, sino que lo llama «un monte alto». En 2Pe 1,18 el Apóstol se refiere a él como «el monte santo». Una antigua tradición palestinense identifica este monte con el Tabor, situado al sureste de Nazaret, al borde de la llanura de Esdrelón, que se eleva a una altura de 562 metros sobre el nivel del mar.

Al referirse a este monte llamándolo «alto» parece claro que Mateo no quiere decir que era muy elevado, sino que se trata de una alusión al Sinaí-Horeb, el monte alto por excelencia relacionado con Moisés. En Éx 34,29-30 se dice que Moisés, tras recibir las tablas del Testimonio, bajó del monte con el rostro radiante. Y en 1Re 19 se narra que Elías subió al Horeb, el monte de Dios, donde tuvo la experiencia de la manifestación consoladora de Dios. Es significativo que Moisés y Elías son los dos personajes que aparecen junto a Jesús en el Tabor.

b) La Transfiguración: el rostro radiante y la blancura de los vestidos (v. 2)
Para hablar del hecho de la Transfiguración Mateo usa el verbo griego metamorfóo, que significa transformarse, cambiar de forma o de apariencia. De ahí deriva la palabra metamorfosis. La versión latina de la Vulgata usa el verbo transfigurare, que quiere significar el cambio de figura. Es importante notar que el evangelista usa la voz pasiva: «Jesús fue transfigurado», en latín transfiguratus est, lo que hay que interpretar como una pasiva divina, entendiendo, por tanto, que ese prodigio se debe a una acción de Dios en la persona de Jesús. Y se entiende que es una acción que no se produce desde fuera sino desde dentro, desde la persona divina del Verbo.

El significado de este suceso sobrenatural queda remarcado por dos detalles: Su rostro comenzó a brillar como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Que el rostro de Jesús brillaba como el sol encuentra un paralelo muy estrecho en Apo 1,16, cuando al hablar de Cristo resucitado se dice que «su rostro era como el sol cuando brilla en su apogeo». Por otra parte, el brillo del sol se asocia con el mundo de Dios, del que participan también los bienaventurados (cf Mt 13,43; Dan 12,3).

La blancura de los vestidos da una clave para comprender el carácter sobrenatural del suceso y su significado. Hay que tener en cuenta que el adjetivo griego leukós no significa sólo blanco sino, además, conforme a su origen etimológico, luminoso, brillante, radiante. El blanco brillante como la luz es el color que utiliza la literatura apocalíptica para subrayar la belleza de la gloria de Dios (cf Dan 7,9; Apo 20,11). Y blanco es el color de todo lo que se relaciona con Dios (cf Apo 4,4) o con Cristo (cf Apo 3,4-5; 6,11; 19,14). El propio Mateo hablará de la blancura (luminosa) del vestido del ángel en el relato de la resurrección de Jesús (cf Mt 28,3; Mc 16,5). Todo esto permite deducir que Mateo ha visto en la Transfiguración un anticipo de la gloria de Cristo resucitado.

Decir que los vestidos de Jesús se volvieron blancos luminosos es equivalente a decir que todo Él se volvió blanco luminoso, pues el vestido es una imagen para hablar del cuerpo. En la teología de los Padres, sobre todo de Oriente, es frecuente decir que en la Encarnación el Verbo se revistió de un cuerpo. En la Transfiguración todo el ser de Jesús brillaba, pero se manifestaba de forma visible a través del rostro.

c) La presencia de Moisés y Elías (v. 3)
Mateo da a entender que de una manera inesperada se les aparecieron Moisés y Elías. También ellos juegan un papel simbólico: Moisés es figura de la Ley y Elías de los profetas. Los dos juntos representan la unidad de la Escritura, todo lo que Dios había revelado a Israel. Ahora aparecen «en gloria» (Lc 9,31) conversando con Jesús, es decir, en plena comunión con Él y dando testimonio de que la Escritura hablaba de Él y que las profecías se cumplían en Él. La presencia de Moisés debía recordar a los discípulos las palabras de Dt 18,15-22, donde Dios anunciaba que un día suscitaría un profeta semejante a Moisés. La presencia de Elías debía recordarles que, según la creencia popular, la llegada del Mesías estaría precedida por la venida de Elías. Moisés y Elías atestiguan que esos días han llegado ya. Según el relato de Lc 9,31, hablaban con Jesús de su éxodo, que es un modo de referirse al camino que habría de consumar a través de su pasión, muerte y resurrección.

d) Las tiendas (v. 4)
Asombrado por el espectáculo que se le ofrece a los ojos, Pedro exclama: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas». La mención de las tiendas es una nueva alusión al Éxodo, cuando a los hijos de Israel se les pidió que celebraran la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, haciendo cabañas o chozas con ramaje y habitando en ellas (cf Éx 23,16; Lev 23,33-36). La fiesta de los Tabernáculos era una de las tres más importantes del calendario judío y era reconocida como la fiesta de la luz. También puede ser una alusión a la Tienda del Encuentro, donde Moisés entraba para dialogar con Dios (cf Éx 33,7-11). El asombro de Pedro concuerda con el deseo del salmista expresado como una súplica: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?» (Sal 15,1). Con la propuesta deseo de hacer tres tiendas Pedro expresa el deseo de permanecer en la adoración de la gloria de Dios revelada en Jesús.

e) La nube (v. 5)
Mientras Pedro está hablando una nube luminosa los cubrió. La mención de la nube es de nuevo una alusión a la experiencia del Éxodo. Por una parte, se trata de la columna de nube que guiaba a Israel a la salida de Egipto (cf Éx 13,21-22); era la nube de la presencia protectora de Dios. Por otra, se trata de la nube que cubría la montaña en la que se manifestaba la gloria de Dios a Moisés (cf Éx 24,15-18). Y era también la columna de nube que descendía a la puerta de la Tienda del Encuentro como señal de la presencia de Dios (cf Éx 33,7-11).

f) Las palabras del Padre (v. 5)
Para comprender bien las palabras del Padre hay que tener en cuenta que la Transfiguración sucede cuando Jesús se dirige a Jerusalén, donde sufrirá la «desfiguración» por medio de la pasión. Con las palabras «éste es mi Hijo amado (griego, agapetós), en quien me complazco», semejantes a las del bautismo (cf Mt 3,17), el Padre exalta y glorifica a Jesús por aceptar la ignominia de la pasión. El Padre le declara su amor y lo reconforta ante las pruebas que ha de sufrir. Revestido de la gloria divina, cubierto por la nube, Jesús recibe desde ahora la protección del Padre, que está movido por un amor infinito hacia Él. Y pide a sus discípulos que le escuchen, pues Él es el Maestro del que pueden aprender a escuchar al Padre y acoger su voluntad hasta la muerte. De hecho, inmediatamente después de la Transfiguración hará Jesús un anuncio sobre su muerte (17,12).

g) «No tengáis miedo» (v. 6-7)
Ante el espanto que se ha producido en los discípulos, Jesús «se acerca, los toca» y los fortalece: «No tengáis miedo». Todos los verbos son importantes, porque ponen de relieve gestos de Jesús que muestran delicadeza y ternura: Se acerca para tocarlos con su carne transfigurada y fortalecerlos, para que sepan que estando con Él no tienen nada que temer. Pero ahora toca bajar del monte para emprender el éxodo hacia la pasión, muerte y resurrección.

h) La bajada del monte (v. 9)
Terminada la maravillosa experiencia, acompañados por Jesús, los discípulos bajan a la llanura. Por dos motivos. Porque es en la llanura, imagen de la vida cotidiana con sus luchas y sus fatigas, y no en el monte, donde se desarrolla y se pone en juego la vida de los discípulos. Y porque es en la llanura, no en el monte, donde vive la gente ante la que los discípulos deben ser presencia de una vida transfigurada por Dios. El monte es el lugar en que se contempla la gloria de Dios; en la llanura se lucha por vivir conforme a la gloria contemplada. En el valle está nuestra misión, en el Tabor nuestro descanso.

 

3. La pedagogía de la Transfiguración

Es importante tener en cuenta que la Transfiguración sucede inmediatamente después del primer anuncio de su muerte por parte de Jesús y el impacto que provocó en los discípulos, empezando por Pedro (cf Mt 16,13-28). Ante el peligro del escándalo que podía causar en ellos su pasión y su muerte, Jesús les permite por un instante contemplar la belleza y el esplendor de su Persona divina (San León Magno, Sermón 51). San Juan Damasceno comenta: «Se transfiguró mostrando a sus discípulos lo que Él era, les abrió los ojos y, de ciegos, los convirtió en videntes» (Homilía sobre la Transfiguración 12). Con la Transfiguración Jesús quiere sostenerlos en la fe ante las terribles pruebas que se avecinaban.

La Transfiguración encierra también un mensaje de esperanza para todos: Nosotros seremos transfigurados según el modelo del cuerpo glorioso de Cristo. Como dice san León Magno, si Cristo, la Cabeza, ha sido transfigurado, también su cuerpo, nosotros, será transfigurado (Sermón 51). Pero el don de la gloria de una vida transfigurada se alcanza por medio de la pasión. Un don que podemos pedir ya desde ahora: «Transfigúrame, Señor, transfigúrame».

¡FELIZ DOMINGO!

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