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¡Oh feliz Jueves Santo, que fuiste testigo de un milagro sorprendente: el pan convertido en la carne de Cristo y el vino en su sangre!
1. Antes de la Cena: Los preparativos (Mt 26,14-19; Mc 14,10-16; Lc 22,3-13)
Los prolegómenos de la última Pascua de Jesús con los discípulos en Jerusalén están marcados por la presencia de dos verbos: entregar (griego, paradídômi) y preparar (griego, etoimázô).
El relato comienza con la decisión que Judas ha tomado de entregar a Jesús. Aunque en este momento los evangelistas no utilizan el verbo preparar, es evidente que hay que suponerlo. Judas estaba preparado para entregar a Jesús. Y de manera indirecta se deduce que los sumos sacerdotes también estaban preparados para llevar a cabo su plan de acabar con Jesús, como ya habían decidido (cf Mt 26,3-5). Sabemos bien los motivos que los fariseos y los sumos sacerdotes tenían para matar a Jesús, pero ¿qué motivos tenía Judas para entregarlo? ¿Fue el desengaño, el desencanto, la decepción? ¿Se sintió defraudado en sus expectativas mesiánicas por Jesús? Lucas precisa que Judas fue a tratar con los sumos sacerdotes porque Satanás había entrado en él (cf Lc 22,3). En cualquier caso, un motivo es claro: el interés por ganar dinero, la codicia, a costa de traicionar a Jesús, que lo había elegido entre sus discípulos (cf Mt 10,1-4). Se ajustaron en 30 monedas de plata (con toda probabilidad, 30 siclos), que era la cantidad que la Ley de Moisés exigía como compensación al dueño de un buey por acornear y matar a un esclavo (Éx 21,32; cf Zac 11,12-23). En el corazón de Judas la vida de Jesús vale lo mismo que la de un esclavo. El Cordero de la Pascua ya ha sido escogido, su vendedor ya lo ha vendido, los compradores ya lo han comprado. Sólo queda el momento oportuno (griego, eukairía) para cogerlo y entregarlo.
En esos momentos iniciales, llenos de incertidumbre, aun sin tener una conciencia clara de lo que va a suceder, los discípulos se preparan para celebrar la Pascua con Jesús, pues son ellos los que toman la iniciativa de los preparativos para la Cena. Para ellos se trata de una Pascua más, como la que habían preparado en años anteriores. Menos Judas, todos los demás viven ajenos al drama que se echa encima.
También Jesús está preparado, pues en su respuesta a la petición de los discípulos da a entender que lo tiene todo apalabrado con el dueño de una casa. Esto significa que Jesús es consciente de que su fin, como ya había anunciado: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día» (Mt 17,22-23; cf 16,21-22; 20,17-19), estaba cerca. Y en cierto modo al hacerlo así se puede entender que Jesús está preparando a los discípulos para lo que va a suceder. En su respuesta a los discípulos, adelantándoles lo que han de decir al dueño de la casa, Jesús, que muestra una serenidad y una gran fortaleza y entereza de ánimo, manifiesta plena conciencia de que ha llegado el kairós de Dios, el tiempo pensado y querido por el Padre para llevar a cabo su obra por medio del Hijo. Ha llegado la hora. El Cordero de la Pascua está preparado. El momento oportuno (eukairía) que Judas buscaba se convierte así en el kairós que Dios ha preparado.
2. Durante la cena (Mt 26,20-29; Mc 14,17-25; Lc 22,14-23)
a) El anuncio de la traición (v. 20-25)
Al llegar la tarde Jesús se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua. Lucas, que presenta de modo muy breve la escena acerca de la traición de Judas, introduce las palabras de Jesús con una frase que describe de manera muy gráfica el estado de ánimo de Jesús: «Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15). Este modo de hablar, típico del lenguaje semítico, expresa la intensidad con que se vive algo, a la vez que la certeza de lo que se afirma. En la traducción española se ha expresado la intensidad emocional de Jesús mediante el adverbio «ardientemente».
Esta parte del relato pone el acento en la entrega de Jesús, entendida como la traición de Judas, pues el verbo entregar (griego, paradídômi) aparece cuatro veces (v. 21.23.24.25). Jesús se dirige de manera general a los Doce y, en cierto modo, evita decir en público el nombre del traidor: «Uno de vosotros…» Ellos se ponen tristes (¿también Judas?), y cada uno comienza a preguntar si se trata de él: «¿Acaso soy yo, Señor?». La pregunta deja entrever que los discípulos no están seguros de sí mismos, pues todos tienen conciencia de su debilidad frente a las fuerzas del mal. No es que no pregunten directamente a Jesús quién es el traidor, sabiendo cada uno que él no es, sino que a título personal cada uno teme por sí mismo. Todos tienen conciencia de que su amor a Jesús es imperfecto y, además, puede surgir en ellos la duda sobre los otros. Sin embargo, es significativo que se dirigen a Jesús llamándolo Señor, lo que indica el reconocimiento solemne de su persona.
La respuesta de Jesús se orienta en una doble dirección. Por una parte, da una clave un tanto misteriosa para la identificación del traidor: «El que ha metido conmigo la mano (para mojar) en la fuente» (v. 23). Puede que en ese momento el traidor haya hecho ese gesto que lo delata, pero en realidad no parece que sea el detalle definitivo: todos están mojando el pan en la fuente. Por otra parte, Jesús aprovecha el momento para hacer una declaración sobre lo que significa su entrega. Con su entrega para la muerte, expresada con el giro idiomático «el Hijo del hombre se va» (griego, hypágei), se cumple lo que está escrito acerca de Él y que lo acepta en obediencia. Pero luego subraya la responsabilidad de quien es el instrumento de su entrega: «¡Ay de aquel por medio del cual es entregado!». El modo de hablar de Jesús, usando la fórmula pasiva «es entregado», da a entender que el sujeto que se esconde detrás del verbo es el Padre, que entrega, ofrece, a Jesús (como don), pero Judas, en el ejercicio de su plena libertad, es el que lleva a cabo la la entrega (como traición). Y cierra sus palabras con una advertencia terrible: «¡Más le habría valido no haber nacido!». Con su acción, traicionando el amor de Jesús, Judas ha corrompido el sentido de su existencia.
El relato llega a su clímax con la pregunta de Judas, que, aunque es la misma que la de los demás apóstoles, se diferencia en un detalle: no se dirige a Jesús llamándolo Señor, sino rabbí, un simple título honorífico. Con su pregunta Judas manifiesta quién es Jesús para él, un simple maestro; no le reconoce el señorío de su corazón, y de ese modo se desmarca del grupo de los Doce. Con su respuesta, Jesús disipa todas las dudas: «Tú lo has dicho». Y el resto de los discípulos respira tranquilo.
b) La institución de la Eucaristía (v. 26-29)
Mientras están comiendo la Pascua, Jesús toma la iniciativa de inaugurar un rito nuevo con la institución de la Eucaristía. Lo hace mediante cuatro gestos, que se pueden dividir en dos parejas de dos: tomar el pan y bendecirlo, partirlo y repartirlo. Estos gestos, incluida la bendición o Berakah, corresponden a los que llevaba a cabo el que presidía el ritual de la Pascua judía. Pero entonces Jesús rompe con la tradición al pronunciar unas palabras inesperadas: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo» (v. 26). Son palabras que tienen una fuerza que recuerdan las pronunciadas por Dios en la creación: «Sea la luz» (Gén 1,3). Es cierto que en las palabras de Jesús no se trata de una creación partiendo de la nada. Sin embargo, Jesús despliega su señorío divino con palabras que transforman la sustancia del pan en una realidad nueva: su propio cuerpo. Permanecen los accidentes del pan: a la vista aparece como pan, al tacto tiene la textura del pan, al gusto sabe a pan. Sin embargo, es el cuerpo de Jesús. Y es el cuerpo de Jesús partido, anticipo de la Pasión.
A continuación Jesús toma un cáliz pronuncia la acción de gracias (griego, eujaristía) (v. 27) y añade otras palabras inesperadas: «Bebed todos de él, porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (v. 28). Varias cosas hay que destacar en estas palabras de Jesús. Por una parte, de nuevo el realismo al afirmar, como en el caso del pan, que es su sangre. En segundo lugar, que es la sangre de la alianza, palabra que evoca el pasaje de Éx 24,8, donde se habla de la sangre de la alianza que Dios había concertado con Israel en el Sinaí. Jesús proclama que en su sangre se inaugura la nueva alianza (cf Lc 22,20), que había sido anunciada por Jeremías (cf Jer 31,31), que deja sin valor la antigua. En tercer lugar, que es derramada, una afirmación que evoca a su vez la alianza del Sinaí (cf Éx 24,6). Además, subraya el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Jesús (y de la Eucaristía), conforme estaba estipulado en las leyes de Lev 4 respecto al sacrificio de las víctimas para el perdón de los pecados. Carne y sangre separadas es lenguaje del culto sacrificial. Finalmente, Jesús dice que su sangre derramada será en favor de muchos. Esta expresión no hay que entenderla en sentido restrictivo («muchos, pero no todos»), sino, al contrario, en sentido inclusivo. El adjetivo muchos aquí (griego, polloí; hebreo, rabbim) refleja el modo semítico de hablar para referirse a la multitud que abarca a todos. Por otra parte, en estas palabras de Jesús hay una clara alusión a Is 53, el Cuarto Cántico del Siervo de Yahveh que entregará su vida como expiación (v. 10) y justificará a muchos (v. 11), es decir, a todos. La salvación de parte de Dios en Cristo es ofrecida a todos los hombres, pero ha de ser acogida de forma personal.
3. Después de la Cena (v. 30-33)
Después de cenar, habiendo cantado el Himno final prescrito en el ritual, es decir, el conocido como gran Hallel (Sal 115-118) salen para el monte de los Olivos (v. 30). Y en el camino Jesús les dice que esa misma noche (¡después de lo que han celebrado juntos!) todos se van a escandalizar por su causa y les anuncia, reinterpretando las palabras de Zac 13,7, una profecía sobre su muerte y las consecuencias que tendrá en sus discípulos: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (v. 31). Las palabras de Jesús muestran el profundo dolor y la sentida tristeza de su corazón, porque conoce la debilidad de su rebaño y prevé las funestas consecuencias que le acarreará su muerte. La parte más vulnerable del rebaño es sin duda el pastor, pues, si el lobo ataca a las ovejas, las defiende el pastor; pero si el pastor resulta herido, ¿quién las defenderá? La herida del pastor conlleva heridas en su rebaño. Por eso, Jesús no les deja con el amargo sabor de su escándalo. Jesús cuenta con ello y les anticipa la certeza de su resurrección; y, de ese modo, continuará siendo su Pastor, volverá para recogerlos y se pondrá al frente de ellos para llevarlos a Galilea (v. 32), al lago que había sido testigo silencioso de la sorprendente y gozosa primera llamada (cf Mt 4,18-22). En Galilea todo comenzará de nuevo. En Galilea Jesús les hace contemplar el futuro que se abre para ellos.
¡FELIZ JUEVES SANTO!
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