Domingo IV de Pascua. Domingo del Buen Pastor

Tiempo Pascual

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Ciclo A

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

Pedro les contestó:
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

El Señor es mi pastor, nada me falta

 

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Queridos hermanos:

Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.

Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca.

Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente.

Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.

Con sus heridas fuisteis curados.

Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Jesús resucitado, buen pastor del nuevo Israel
Tú, Señor, eres mi Pastor, contigo nada me falta

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Hch 2,14a.36-41, 1Pe 2,20-25 y Jn 10,1-10. En el pasaje del evangelio Jesús habla de sí mismo como puerta del redil y verdadero pastor. [El comentario estará centrado en la imagen del pastor.]

 

1. Los precedentes del Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, sobre todo en los Salmos, se utiliza con cierta frecuencia la imagen del pastor para referirse a Dios. El Sal 79, una oración de súplica por la restauración de Jerusalén, confiesa: «Nosotros somos tu pueblo, ovejas de tu rebaño» (v. 13). El Sal 80, compuesto en un momento difícil por el que pasa Israel, se abre con estas palabras esperanzadoras: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño…, despierta tu poder y ven a salvarnos» (v. 2-3). El Sal 95 es una invitación a alabar a Dios, «porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía». El Sal 100, un himno de alabanza y acción de gracias para recitar en procesión, invita a cantar: «Aclama al Señor tierra entera, servid al Señor con alegría…, nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño» (v. 2-3). Y el Sal 23, a título individual, pero aplicado a Israel, confiesa: «El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara fuerzas, aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo» (v. 1-4). Una imagen profundamente entrañable de Dios como pastor de Israel aparece en Is 40,11: «Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían».

Aunque Dios nunca dejó de ser el verdadero pastor de Israel, a lo largo del tiempo fue delegando su autoridad en personas que debían pastorear al pueblo en su nombre. Eligió a Jacob-Israel, que era pastor (cf Gén 31,38-40), para que más tarde pastoreara a Israel; eligió a José, que era pastor (cf Gén 37,2), para que por su medio el pueblo fuera salvado del hambre; eligió a Moisés, que era pastor (cf Éx 3,1), para que luego guiara al pueblo a su liberación de Egipto y lo condujera por el desierto hacia la tierra prometida; eligió a David, que era pastor (cf 1Sam 16,11), para que, como rey, pastoreara a Israel.

Según Afraates, un Padre de la Iglesia de Siria (siglos III-IV), representante de la interpretación tipológica de la Escritura, Dios eligió a todos ellos siendo pastores, porque quería que primero aprendiesen el oficio de quien debe preocuparse de las ovejas, fatigarse de día y vigilar de noche (Demostración X,1-2), sufrir las inclemencias del tiempo, defenderlas de los ataques de las fieras, etc., para que, después de este aprendizaje, estuvieran preparados para pastorear al pueblo de Israel.

En tiempos del profeta Miqueas (s. VIII-VII a. C.), Dios anunció que de Belén, la patria de David, suscitaría un pastor para su pueblo: «Tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel… Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor» (Miq 5,1-3). Y por medio del profeta Ezequiel Dios mostró su descontento con los pastores de Israel por actuar de manera indigna con su rebaño (Ez 34,1-10; cf Jer 23,1-4) y decidió que Él mismo tomaba el pastoreo del pueblo (cf Ez 34,11-31), porque los pastores no habían respondido a lo que Dios esperaba de ellos. Conforme a lo que más tarde dirá por medio de Jeremías, no habían sido pastores según el corazón de Dios (cf Jer 3,15). A pesar de las infidelidades de los pastores de su pueblo la promesa de Dios de darles un pastor de la casa de David permaneció en pie.

 

2. Jesús Pastor en los Evangelios sinópticos

En los evangelios sinópticos no hay una afirmación de Jesús semejante a la de Jn 10,11.14: «Yo soy el Buen Pastor». Sin embargo, sí aparecen pasajes que presentan a Jesús bajo la imagen de un pastor.

a) De Belén saldrá un pastor
El primer pasaje está relacionado con el nacimiento de Jesús en Belén, en el momento de la aparición de los Magos en Jerusalén (cf Mt 2,1-12). Tras presentarse ellos a Herodes, éste pregunta a los sumos sacerdotes y a los escribas dónde había de nacer el Mesías, a lo que ellos responden citando las palabras de Miq 5,1-3: «Y tú, Belén, tierra de Judá, … de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel» (Mt 2,6). Y hay que tener en cuenta que Miqueas, a su vez, se hacía eco de la promesa que Dios había hecho a David: «Tú pastorearás a mi pueblo, Israel» (2Sam 5,2; cf 1Crón 11,2). Esto significa que el nacimiento de Jesús en Belén ha sido interpretado por el evangelista Mateo como el cumplimiento de la profecía de Miqueas y que, por tanto, Jesús es el pastor descendiente de la casa de David, que se anunciaba en las Escrituras de Israel.

b) Las ovejas que no tienen pastor (Mc 6,34; Mt 9,36)
En una ocasión que Jesús invitó a sus discípulos a descansar en un lugar apartado, sin gente, no lograron sustraerse a la presencia de la multitud, que los buscaba afanosamente (cf Mc 6,31-33). El evangelista precisa que Jesús vio en toda su hondura (griego, horáô) la necesidad de aquella gente y «se compadeció de ella porque andaban como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6,34). El motivo de la compasión de Jesús aparece explicitado en el pasaje paralelo de Mt 9,36: «Se compadecía de las multitudes, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor»». Algunos traducen: «Porque estaban vejados y abatidos» (Biblia de Jerusalén). Otros traducen: «Porque estaban fatigados y decaídos» (Nácar-Colunga). Otros: «Porque estaban deshechos y llevaban una vida arrastrada» (M. Iglesias). Otros: «Porque andaban deshechos y echados por los suelos» (Bover- O’Callaghan). Todos esos significados corresponden a los verbos griegos skyllô y riptô, lo que da una idea exacta del estado anímico en que se encontraban esas multitudes. Jesús contemplaba a las gentes de su pueblo con los mismos ojos con los que Dios veía las ovejas de Israel, maltratadas por los malos pastores que denunciaba Ez 34,3-6. Jesús es el Pastor que se acerca a esas ovejas con entrañas de misericordia para rescatarlas de una situación tan penosa y miserable y para ofrecerles una vida digna.

c) La parábola del pastor que busca la oveja perdida (Lc 15,3-7; Mt 18,12-14)
Frente a los fariseos que murmuran contra Él por tener trato con los publicanos y pecadores, Jesús pronuncia la conocida como parábola de «la oveja perdida», aunque habría que titularla mejor como la del «pastor que busca afanosamente la oveja perdida». En la parábola Jesús se aplica la imagen del pastor para reivindicar su Buena Nueva de la misericordia y el perdón de Dios para los pecadores. Una Buena Nueva en la que destacan la búsqueda preocupada e intensa del pastor y su alegría desbordante por el hallazgo de la oveja. La imagen del Buen Pastor cargando sobre sus hombros la oveja rescatada se convirtió en una de las más frecuentes en el arte paleocristiano para representar a Jesús. Así aparece, por ejemplo, en las pinturas de las catacumbas y en la conocida estatuilla del s. III conservada en el museo de Letrán.

d) «Heriré al pastor» (Mt 26,31; Mc 14,27)
Después de celebrar la Última Cena, Jesús salió con sus discípulos para dirigirse al huerto de los Olivos. Mientras iban de camino, Jesús les abre su corazón y les hace esta confidencia: «Todos os escandalizaréis de mí esta noche, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño»». Con este anuncio, que encontrará su cumplimiento poco después tras su detención en Getsemaní, Jesús hacía suya la profecía de Zac 13,7, identificándose con el Pastor cuya herida provocará la deserción de los discípulos.

e) Jesús, Pastor y Juez (Mt 25,31-46)
En el contexto de su última predicación en Jerusalén antes de morir, Jesús pronuncia unas palabras acerca del juicio final (cf Mt 25,31-46). El discurso se abre con una introducción en la que Jesús, que se autopresenta como el Hijo del hombre, habla de sí mismo como un pastor que separa las ovejas de las cabras y coloca unas a su derecha y otras a su izquierda (v. 33-34). Jesús, por tanto, es también el Pastor Juez escatológico que remunerará a cada uno conforme a sus obras. La imagen de Jesús Pastor Juez escatológico aparece también en 1Pe 5,4, hablando a los presbíteros de la Iglesia.

La imagen de Jesús Pastor aparece además en otros escritos del NT. En 1Pe 2,25 el Apóstol dice: «Andabais como ovejas errantes, pero ahora os habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas». En Heb 13,20 se habla de Jesús como del gran Pastor de las ovejas que ha resucitado de entre los muertos. Y en Apo 7,17 se afirma que el Cordero es el Pastor que apacienta a los redimidos llevándolos a las fuentes de agua viva.

 

3. Jesús, el Buen Pastor (Jn 10,1-10)

Antes de presentarse como el Buen Pastor, Jesús propone una comparación con la que da a entender las razones que le autorizan a considerarse el verdadero pastor de Israel. En primer lugar, que ha entrado por la puerta (es más, Él mismo es la puerta), sin saltar por otra parte, como hace un asaltante o un ladrón. Con la expresión «todos los que han venido antes de mí» (v. 8) Jesús parece referirse a los doctores de la ley y a los sacerdotes, a las autoridades religiosas, e incluso a los falsos pretendientes mesiánicos, que no han guiado bien el rebaño de Dios. Si el que entra por la puerta es el verdadero pastor, entonces Jesús es el verdadero pastor (v. 2). La parábola presenta después lo que hace el pastor y lo que hacen las ovejas. El pastor madruga para ir al redil y, en seguida, el que está guardando la entrada le abre, porque lo reconoce como el dueño del rebaño (v. 3a). Las ovejas, que le están esperando, escuchan su voz y se disponen para seguirle, pues se fían de él (v. 3b). El pastor llama a cada una por su nombre (v. 3c), pues, aunque pueda parecer extraño a quienes desconocen el mundo rural, para un pastor no todas las ovejas son iguales, sino que las diferencia y las reconoce con un nombre propio. El pastor no las trata como rebaño, como un colectivo, sino que les pone un nombre, que es un modo de individualizarlas y «personalizarlas». Por otra parte, en el mundo semítico que alguien ponga nombre a personas, animales o cosas es un modo de afirmar su autoridad sobre ellos, porque les pertenecen. Poner un nombre es como dar la existencia (cf Gén 2,19-20). Llamar por el nombre es también un signo de amor, pues no hay nada más agradable que pronunciar el nombre de quien se ama: «Ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas» (Cant 1,3). Además, llamar a cada oveja por su nombre en el momento de sacarlas es el modo de asegurarse de que están todas, que ninguna se ha perdido ni está enferma. Y cuando el pastor está seguro de que todas las suyas han salido a su voz, se pone delante de ellas para emprender el camino hacia los mejores pastos (v. 4a; cf Sal 23,2-3). Yendo el pastor delante, las ovejas pueden estar tranquilas, pues nada malo les sucederá (cf Sal 23,4). Ellas le siguen porque conocen su voz (v. 4b). Hay que tener en cuenta que el verbo conocer, en hebreo yada‘, significa también reconocer, tratar a alguien y amar, verbos que expresan una relación personal, afectiva (cf Sal 87,4; 91,14). Esto significa que las ovejas reconocen al pastor por su voz y le muestran su obediencia, le siguen, fruto de su confianza en él y del afecto que le han tomado.

Frente a los falsos pastores, que buscan aprovecharse de las ovejas, el verdadero y Buen Pastor ha venido para buscar el mayor bien para sus ovejas. Y frente a los falsos pastores, que se comportan como ladrones que sólo buscan robar, matar y hacer estragos (v. 10a), el verdadero y Buen Pastor entrega su propia vida para dar vida en abundancia a sus ovejas (v. 10b). Es interesante notar aquí que el evangelista usa para matar el verbo griego zyô, que significa sacrificar, dando a entender que los malos pastores sacrifican las ovejas en provecho propio; en cambio, el verdadero y Buen Pastor está dispuesto a morir, es decir, a entregar su vida en sacrificio para que las ovejas tengan vida plena. El signo por el que será reconocido el verdadero y Buen Pastor es que entrega su vida como un sacrificio en favor de sus ovejas. Y el sacrificio de la propia vida es el gesto del amor más grande (cf Jn 15,13-14).

Afraates hace la siguiente alabanza de Cristo Buen Pastor: «¡Pastores!, imitad a este Pastor celoso, Jefe de todo el redil, que se preocupó tanto de su rebaño: Acercó a las ovejas alejadas y trajo de vuelta a las perdidas, visitó a las enfermas y fortaleció a las débiles, vendó a las heridas y guardó a las cebadas. Entregó su vida por las ovejas» (Demostración X,4).

Que Santa María, Madre de Cristo Buen Pastor, nos dé un corazón agradecido con quien, dando su vida, nos ha dado vida eterna.
¡FELIZ DOMINGO!

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