Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia

Tiempo Pascual

|

Ciclo A

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Cristo resucitado, fuente de dones
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Hch 2,42-47, 1Pe 1,3-9 y Jn 20,19-31. El pasaje de evangelio recoge el relato de la doble aparición de Cristo Resucitado a los apóstoles. El pasaje se puede dividir en dos escenas: la aparición sin Tomás (v. 19-25) y la aparición con Tomás (v. 26-29). Estas dos apariciones pueden considerarse como las apariciones de los dones que trae el Resucitado. Los dos versículos finales (v. 30-31) son considerados como una primera conclusión del evangelio.

 

1. La aparición sin Tomás (v. 19-25)

La descripción que el evangelista hace de la atmósfera que se respira en la casa de los apóstoles es un verdadero acierto narrativo. El primer detalle elocuente es que se trata del anochecer, la caída de la tarde, con lo que eso conlleva de presencia de la oscuridad, de aspecto sombrío. El segundo detalle es que los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas, lo que resalta aún más el ambiente de claustrofobia y oscuridad. Es probable que al hablar de «puertas» Juan se refiera a la puerta exterior de la casa y a la de la habitación en que se hallaban. El tercer detalle, el más relevante, es que estaban así por miedo a los judíos, es decir, a las autoridades religiosas de Israel. En esa situación de incertidumbre y temor Jesús entra en la casa. Es evidente que si las puertas están cerradas ese entrar de Jesús es debido a un poder sobrenatural que le permite atravesar las puertas. Y se pone en medio de ellos como un signo que reclama la atención de todos. Y les habla ofreciendo sus dones.

a) El don de la paz (v. 19)
El don de la paz es el primero y el que abre la puerta a los demás. En el relato, incluyendo la escena de Tomás, Jesús se presenta diciendo tres veces: «La paz a vosotros» (en hebreo Shalom lajem), que no es tanto un simple saludo cuanto un don que Jesús resucitado les trae. Conforme a su origen hebreo, shalom no significa primeramente ausencia de guerras o conflictos, sino un estado de plenitud, satisfacción, felicidad máxima. En unos momentos como los que los apóstoles están viviendo de zozobra, inquietud y turbación, Cristo resucitado les trae el don de la paz, que es serenidad, felicidad plena. Y se la da en plural, como colectivo, porque constituyen una comunidad y una fraternidad. A su vez, ellos serán en adelante portadores de la paz del Resucitado viviendo en comunión con Él y entre sí.

b) El don de las llagas (v. 20)
Jesús les muestra las llagas de las manos y el costado, para hacerles comprender la identidad que existe entre el Crucificado y el Resucitado. Se las muestra para darles la oportunidad de contemplarlas, pues, salvo Juan, que permaneció junto a la cruz (cf Jn 19,26-28), no tuvieron ocasión de verlas cuando Jesús fue crucificado. Mostrarles las llagas fue un gesto de misericordia infinita por parte de Cristo, pues con ello quería reconciliarlos consigo. Si el miedo y la cobardía les hicieron huir de su lado privándoles de poder contemplarlas en la cruz, ahora la paz del Resucitado les devuelve la quietud de corazón que les permite contemplarlas experimentando el perdón que les regala. Sus manos y su costado siguen abiertos como signo del derroche de su misericordia entrañable. San Agustín, tomando pie de Israel 53,5 y 1Pe 2,24, comenta: «Cristo nos dejó sus heridas, para curar las nuestras». El Resucitado restauró en los apóstoles la herida que había dejado en ellos el pecado de cobardía que los indujo a abandonarlo cuando más los necesitaba.

c) El don de la alegría (v. 20)
La contemplación de las llagas ha traído la reconciliación que devuelve a los apóstoles la alegría que habían perdido: «Vieron al Señor y se alegraron» (v. 20). El evangelista usa el verbo horáô, que significa ver en profundidad, dando a entender que vieron más allá de la apariencia física, que pudieron captar el misterio del Resucitado. Esa mirada en profundidad queda corroborada por el detalle de que vieron al Kyrios, al Señor, es decir, no al Jesús terreno, sino al Jesús que ahora aparecía con la gloria que tenía como Dios. La visión del Resucitado provoca en ellos una alegría que les saca de su estado de postración, desaliento y miedo. Paz y alegría son dos grandes dones del Resucitado que están estrechamente unidos.

d) El don del envío (v. 21)
Después de darles de nuevo la paz, el Resucitado les regala el don de enviarlos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21). En cierto modo, el envío significa que Cristo les abre las puertas de la casa que habían cerrado por miedo, les hace salir al mundo ensanchando los límites estrechos en los que hasta ahora estaban viviendo. Las puertas cerradas eran como una señal del encierro en que se encontraban, y Jesús viene a abrirlas de par en par. Pero enviarlos es también un gesto de misericordia, pues los confirma en la elección y en el primer envío (cf Mt 10,5-42). De hecho, en una de las apariciones a las mujeres se les pide que vayan a Galilea, donde todo había comenzado (cf Mt 28,10). Jesús resucitado no tiene su mirada anclada en el pasado, ni quiere que sus discípulos miren hacia atrás con nostalgia, sino que los lanza a vivir en un futuro prometedor e ilusionante.

Con este gesto Cristo muestra que sigue teniendo plena confianza en ellos, que no se arrepiente de haberlos escogido ni se desdice de sus promesas. No les reprocha su deserción, ni les recrimina su cobardía, ni les echa en cara que le hayan abandonado en los momentos más críticos. Al contrario, les confirma en el envío confiándoles una misión nueva: Ahora serán testigos de su resurrección.

Para entender bien la misión que les encomienda conviene saber el papel que desempeñaba un enviado, un shaliaj, en el ámbito jurídico judío. El principio que garantizaba su tarea se formulaba de este modo: «El shaliaj de un hombre es como el hombre mismo» (Qidushin 41). Esto significa que un enviado gozaba de poderes para realizar gestiones en nombre de quien lo enviaba, por ejemplo, para concertar un matrimonio (cf Gén 24; Qiddushin 41). El enviado era como el alter ego de quien lo enviaba: el enviante se hacía presente en la persona del enviado. Sobre todo, en el evangelio de Juan Jesús habla de sí como el enviado, shaliaj, del Padre. Y en una ocasión dice a Felipe: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Ahora el Resucitado anuncia que los apóstoles son confirmados como su presencia en medio de los hombres.

e) El don del Espíritu Santo (v. 22a)
Un detalle a tener en cuenta en esta aparición es la novedad de que está presente el Espíritu Santo. Si el don anterior hablaba del Padre, con este don se completa la presencia de la Trinidad: La misión encomendada por Cristo a los discípulos sólo podrán llevarla a cabo con el Espíritu Santo. Es significativo que el don del Espíritu está expresado con el mismo verbo que se usa en Gén 2,7 para decir que Dios insufló su Espíritu, su aliento de vida, en el barro de Adán y se convirtió en un ser vivo. Ahora, el Resucitado insufla en los apóstoles el soplo de su Espíritu para hacer de ellos nuevos Adán, imagen de una nueva humanidad portadora de la vida del Espíritu, portadora de la vida del Resucitado. Además, Cristo se dirige a ellos diciendo: «Recibid», en plural, pues el Espíritu crea la comunión entre ellos. La vida nueva, participación de la vida en el Espíritu, sólo puede ser vivida en comunión. La comunión, la koinonía, será el gran fruto de la resurrección de Jesús y del don del Espíritu, que provocará el asombro de la gente: lo tenían todo en común y vivían en comunidad (cf Hch 2,44; 4,32).

f) El don del perdón y la misericordia (v. 22b)
El Espíritu que los apóstoles han recibido les capacita para ser portadores del perdón y de la misericordia del Resucitado. Si Jesús había sido entregado por el Padre para el perdón de los pecados, ahora Él entrega los apóstoles a los hombres para que sean portadores eficaces del perdón. Y el perdón transforma a los hombres en nuevos Adanes que han recuperado la imagen de Cristo, nuevo Adán. La fórmula «los pecados les quedan (son) perdonados» (griego, aféôntai) hay que entenderla como una pasiva divina: Dios los perdona.

Con el don del Espíritu y el perdón Jesús resucitado concede a los apóstoles además el don de discernir la conducta de los hombres y les ha dado autoridad para no perdonar (dejar atado, retener) el pecado porque no se dan las condiciones para el perdón. La fórmula «quedan (son) retenidos» (griego, kekrátêntai) es otra pasiva divina: Dios los retiene.

g) El don de la valentía
Aunque no expresado de manera explícita, el don de la libertad y la valentía, la parrêsía griega, se puede deducir, porque es la consecuencia final de los dones anteriores y como el sello de esta aparición. A partir de ahora, los apóstoles recobran el ánimo y pierden el temor para salir al mundo y dar testimonio de la resurrección de Jesús. En Hch 4,29 se dice que los apóstoles, ante las amenazas de las autoridades religiosas judías para que no prediquen la resurrección de Jesús, oraron para que recibieran la parrêsía del Espíritu Santo; y en 4,31 se afirma que fueron llenos del Espíritu y predicaban con parrêsía la Palabra de Dios.

 

2. La aparición con Tomás (v. 26-29)

Es importante tener en cuenta que el evangelista ha querido subrayar la situación de incredulidad en la que se encuentra Tomás; por más que le insisten los otros apóstoles, él permanece en una posición que podría llamarse de dureza de mente y de corazón: no da crédito al testimonio de sus ¡diez amigos!, cuando, según el derecho judío, habría bastado con el testimonio de dos. Debía parecerle todo demasiado fantasioso. Como les había pasado antes a ellos, también a Tomás la resurrección de Jesús le resultaba difícil de creer. Sin embargo, en su incredulidad mostraba un gran deseo en su corazón: tocar la carne de Jesús. Como dice san Basilio, «cierra los oídos y quiere abrir el corazón. Le quema la impaciencia». Y, aunque Tomás no ha estado presente en la aparición de los siete dones, tampoco él se verá privado de ellos. Éstos son los dones del Resucitado para Tomás.

a) El don de tocar las llagas (v. 27)
A diferencia de sus amigos Tomás gozará de un privilegio que no habían tenido ellos: tocar la carne resucitada de Jesús, hundir su dedo en la llaga de las manos y su mano en la llaga del costado. También con él, y más que con los demás, el Resucitado tuvo un gesto de misericordia aún mayor. Jesús le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (v. 27). En esas palabras se esconde una delicada invitación de Jesús para que Tomás tomara la iniciativa con entera libertad. En este caso, se trataba de un gesto de la exquisita condescendencia con la que Jesús aceptaba las condiciones que Tomás había puesto para creer en su resurrección. Y con la fe renovada de Tomás, brota de nuestro corazón la súplica que hemos aprendido en la contemplación del Anima Christi: «Oh Jesús mío, dentro de tus llagas, escóndeme».

b) El don de la fe (v. 28)
Los apóstoles dijeron a Tomás que habían visto al Señor, y Tomás, por su parte, había puesto como condición para creer ver las llagas en sus manos y en su costado. Una vez que las había visto y tocado reconoce también al Resucitado, al que llama «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Cristo resucitado ha utilizado una sabia pedagogía con Tomás: A través de su carne resucitada, Cristo le ha llevado a la confesión de fe en su divinidad. Ha sido un momento breve pero intenso, cargado de una fuerte emotividad ante la expectación y el asombro de los demás.

c) El don de ser maestro de oración (v. 28)
Con su emocionada confesión de fe, que ha brotado de lo más profundo de su corazón, Tomás ha dejado a la Iglesia unas palabras que constituyen un verdadero modelo de oración: «¡Señor mío y Dios mío!». Es la oración más breve y sencilla, más viva y espontánea que ha brotado de una fe sincera y de un corazón conmovido y agradecido. Es la oración que brota en los creyentes en el momento de la contemplación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo tras la consagración eucarística. Después de su incredulidad inicial Tomás ha llegado a ser por la misericordia del Resucitado ¡maestro de oración! Ha hecho un camino desde la humildad para poder enseñar con humildad. Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia en Tomás el gran regalo de un maestro de oración.

d) El don de la última bienaventuranza (v. 29)
Cuando aquella luminosa mañana en el monte junto al lago de Galilea Jesús pronunció las Bienaventuranzas, no las dijo todas, sino que se dejó reservada una hasta ahora: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (v. 29). Ha sido necesaria la incredulidad inicial de Tomás, acompañada de un gran deseo, para que la Iglesia conociera que esta última bienaventuranza estaba destinada a todos los que habrían de creer después. Tomás ha sido el instrumento, y en cierto modo el origen, de esta gozosa bienaventuranza. ¡Feliz incredulidad de Tomás que nos ha merecido tal don!

 

¡FELIZ DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA!

Artículos relacionados

Domingo III de Pascua

Como sucede con otros relatos de las apariciones del Resucitado a los apóstoles, hay que situarse en el contexto del ambiente emocional en que viven después del «fracaso» que ha supuesto para ellos la pasión y la muerte de Jesús. Se puede decir que se han quedado hundidos, llenos de confusión y desánimo, desaliento y tristeza.

Domingo de Resurrección

Los primeros detalles que da Juan sobre la mañana de Pascua son muy significativos. Es el primer día de la semana. Con la resurrección de Jesús comienza, por tanto, la semana de un tiempo nuevo, de una creación nueva. Y así como la primera creación comenzó con la aparición de la luz (cf Gén 1,3), ahora todo comienza a ser nuevo con la aparición de las primeras luces del amanecer.

Política de privacidad

En cumplimiento del Capítulo II de la ley 34/2002, LSSICE y del Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo relativo a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de los mismos, (RGPD), la presente página web es propiedad de la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores, domiciliada en la calle San Bernardo 103, 28015 Madrid, y con CIF R2800454G, con teléfono de contacto 91.593.82.45 y correo virgendelosdolores@archimadrid.es.

En la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores aplicamos las medidas de seguridad necesarias para evitar la alteración, pérdida, tratamiento o acceso no autorizado de los datos personales, habida cuenta en todo momento del estado de la tecnología, así como para proteger sus datos y guardar total confidencialidad.

El usuario se hace responsable de la veracidad de la información que nos proporcione, así como de su actualización. Igualmente, será responsable de cualquier daño o perjuicio que pudiera derivarse como consecuencia de que los datos facilitados sean falsos, inexactos o no se encuentren actualizados.

Tal como exige la normativa vigente de protección de datos, le informamos de:

Finalidad del tratamiento

Al solicitar información a través del formulario de contacto, la Parroquia utilizará tus datos para responder a tu consulta; en este formulario solicitamos: nombre y apellidos, correo electrónico y, de forma opcional para facilitar la comunicación, un número de teléfono.

Legitimidad del tratamiento

Como usuario de nuestra web, mediante la marcación de la casilla que figura en el formulario de contacto, nos autorizas a que te remitamos las comunicaciones necesarias para dar respuesta a la consulta o solicitud de información que nos planteas en el formulario.

Tiempos de conservación de datos

Los datos de las consultas que recibamos a través del formulario se conservarán solamente el tiempo necesario para dar respuesta a la consulta planteada.

Destinatarios

Tus datos personales recopilados en el formulario de contacto no serán cedidos a ninguna entidad. En el caso de que, en algún supuesto, necesitemos dar a conocer su información personal a otras entidades, te solicitaremos previamente tu permiso a través de opciones claras que te permitirán decidir a este respecto.

Derechos de los usuarios

Puedes ejercer tus derechos de acceso, modificación, supresión y oposición de sus datos, así como ejercitar los derechos de limitación y portabilidad y otros derechos, enviando un escrito al correo electrónico virgendelosdolores@archimadrid.es, o mediante correo postal a la dirección arriba indicada, adjuntando fotocopia del DNI o pasaporte, poniendo como asunto “Protección de datos”.

También tienes derecho a presentar una reclamación ante la autoridad de control, la Agencia Española de Protección de Datos, a través de alguno de los medios siguientes:

Actualizaciones

La Parroquia Nuestra Señora de los Dolores se reserva el derecho a modificar la presente política para adaptarla a novedades legislativas o jurisprudenciales que puedan afectar al cumplimiento de la misma.