La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Éx 17,3-7, Rom 5,1-2.5-8 y Jn 4,5-15.19b-26.39a.40-42.
1. Algunas consideraciones previas
Con el evangelio de hoy entramos en un ciclo de tres lecturas del Evangelio de Juan que nos llevarán hasta la celebración de la Pascua. Son tres relatos evangélicos que se usaban como lecturas en la preparación de los catecúmenos para la recepción del bautismo en la noche de Pascua. El evangelio de hoy presenta la escena del encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob (Jn 4,5-42), uno de los recuerdos más entrañables que nos han conservado los evangelistas. Desde el punto de vista literario, el relato muestra el fino arte dramático del evangelista Juan. El gran acierto narrativo de este pasaje está cimentado en gran parte en el recurso literario conocido como «malentendidos joánicos», es decir, el hecho de que para Juan una misma palabra evoca realidades distintas. En este caso se trata de que mientras Jesús habla de un agua espiritual, el agua «viva», la samaritana piensa en el agua material, pues el agua viva es el agua que corre (de fuente, pozo o manantial) por oposición al agua estancada de una cisterna. Hasta que llega el momento en que, en el clímax del relato, se deshace el malentendido y al interlocutor de Jesús se le abren los ojos y comprende con exactitud la realidad de la que Jesús está hablando.
2. El encuentro entre dos sedientos
a) «Era necesario que atravesara Samaría»
Es importante notar que para subir de Jerusalén a Galilea no era necesario que Jesús atravesara Samaría. Si se encontraba en el valle del Jordán (cf Jn 3,22), podía subir siguiendo el curso del río bordeando el territorio samaritano. De hecho, ése era el camino que seguían los peregrinos galileos para ir a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas y para la vuelta, evitando entrar en Samaría, un territorio hostil. Es muy probable que al usar la expresión «era necesario» Juan tenga un interés teológico. La idea de necesidad (tener que, deber), que se expresa con la forma verbal griega dei, se usa en otras ocasiones para indicar que algo que ha de suceder responde a la voluntad de Dios, por ejemplo, que Jesús padeciera (cf Lc 24,26). Ahora lo que Juan quiere decir es que era un designio de Dios que Jesús pasara por Samaría para llevar a cabo una obra de salvación: Entrar en el territorio de los samaritanos era significar que ellos también estaban llamados a participar de los bienes del Reino de Dios. En otra ocasión Jesús entrará en una ciudad samaritana, aunque no fue bien recibido (cf Lc 9,52). Contra la costumbre judía de no relacionarse con los samaritanos, Jesús no rehúye estar con ellos (cf Lc 17,16). Y en una ocasión, como señal de desprecio, las autoridades religiosas judías le tildaron de ser un samaritano y endemoniado (cf Jn 8,48).
b) Llegó a Sicar, donde estaba el pozo de Jacob
Juan ha querido dar el nombre del lugar al que llega Jesús: Sicar. Se suele identificar con Siquén, que en el Antiguo Testamento está relacionada con Abrahán, pues allí había acampado cuando vino de Jarán y había adorado a Yahveh (cf Gén 12,6-8). Sobre todo, está relacionada con el patriarca Jacob, pues allí había comprado un campo donde levantó un altar para Yahveh (cf Gén 33,18-20), terreno que después dio en herencia a su hijo José (cf Gén 48,21-22) y donde José fue enterrado (cf Jos 24,32). Aunque en el Antiguo Testamento no se menciona el pozo de Jacob, hoy se localiza cerca de Siquén al pie del monte Garizín.
c) Cansado del camino, se sentó junto al pozo
Juan subraya el cansancio de Jesús porque quiere poner de relieve el realismo de su humanidad. Jesús necesita del reposo para recobrar las fuerzas y beber un poco de agua que sacie su sed, sobre todo teniendo en cuenta la jornada agotadora que ha realizado, soportando las horas más calurosas del día: Era la hora sexta, es decir, las doce, el mediodía. Habiendo salido de casa temprano, sin haber comido nada (los judíos no solían desayunar; cf Mc 11,12), agotado del camino, Jesús se sienta junto al pozo, echado sobre la tierra (cf Éx 2,15). La palabra «pozo» es aquí en griego pegé, que significa propiamente fuente, manantial. Esto hace suponer que el pozo era sin brocal, profundo, que manaba agua. Es importante señalar que en la tradición judía el pozo y la fuente tienen un significado muy especial, pues evocan el agua viva que mana del templo (cf Ez 47), o las aguas vivas que brotarán de Jerusalén el día del Señor (cf Zac 14,8), o las fuentes de la salvación de las que los israelitas sacarán agua con gozo (cf Is 12,3). En Apo 7,17 se dice que el Cordero llevará a las fuentes de agua viva a los que vienen de la gran tribulación. Y en Apo 21,6 es Dios quien promete que a los sedientos dará a beber gratis en las fuentes del agua viva (cf Apo 22,17). Al hablar del pozo o la fuente, Juan está insinuando ya algo más que una fuente de agua material.
d) Era mediodía
Es importante destacar este detalle, pues no es normal que la mujer haya elegido esa hora para ir por agua, lo que solía hacerse muy de mañana o al atardecer con la puesta del sol. Es muy probable que detrás de este detalle de la hora haya una indicación de carácter simbólico: Es la misma hora de la crucifixión de Jesús (cf Jn 19,14), durante la cual Jesús exclama: «Tengo sed» (Jn 19,28). Es interesante notar que el conocido himno medieval Dies irae hace esa misma conexión: Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus, «buscándome, te sentaste cansado, me redimiste sufriendo la cruz». Del costado abierto de Jesús en la cruz brotan el agua y la sangre, una fuente de agua viva (cf Jn 19,34).
e) Llega una mujer de Samaría a sacar agua
El encuentro de Jesús con esta mujer se parece mucho a otras escenas de encuentros junto a un pozo en el Antiguo Testamento (Gén 24: Rebeca y el criado de Abrahán; Gén 29: Jacob y Raquel; Éx 2,15-21: Moisés y Séfora). Es importante notar que Jesús había llegado al pozo antes que la mujer y, por tanto, estaba esperando a que llegara. Jesús se había adelantado para buscarla. El evangelista Juan da pocos detalles acerca del personaje, pero suficientes y elocuentes para hacerse una idea de quién se trata: Mujer, samaritana, que vive en una situación moral poco recomendable. Como mujer, representa a las personas indefensas a las que la sociedad de la época no tiene en cuenta. Como samaritana, representa a los extranjeros de raza impura odiados por los judíos por ser descendientes de los repobladores asirios y estar separados del culto oficial del templo de Jerusalén. Además, esta mujer parece vivir en una situación irregular: Después de haber tenido cinco maridos, ahora convive con un hombre que no es su marido. Es, por tanto, una pecadora. Todos estos detalles ponen de relieve que un judío como Jesús, conforme a los cánones de la época, tendría motivos suficientes para evitar su trato. Pero lo que Jesús ve en ella es que se trata de una mujer necesitada, sedienta, no del agua del pozo, sino de una vida plena y, por eso, le va a hacer una propuesta que no podrá rechazar. Lo que Jesús ve en esta samaritana sedienta es semejante a lo que dice el Sal 42,2-3: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed…»
3. El sediento que da de beber
a) El encuentro junto al pozo
Es interesante notar el detalle que da Juan al decir que los discípulos se habían marchado dejando solos a Jesús y la mujer. Una soledad buscada sin duda por Jesús. A partir de aquí todo sucederá en la más absoluta intimidad entre ellos dos. El diálogo que se entabla entre Jesús y la samaritana pone al descubierto el malentendido que dará lugar al intercambio de papeles: Jesús es el sediento que pide a la mujer agua del pozo, pero le ofrecerá agua viva; y la samaritana, que puede darle el agua del pozo, acabará pidiéndole el agua viva. San Efrén comenta: «Nuestro Señor pidió de beber como alguien que tiene sed, para tener la ocasión de apagar la sed. Pidió agua, después prometió el agua viva» (Comentario al Diatessaron XII,16). El diálogo muestra que, a través de una exquisita pedagogía, Jesús va llevando de la mano a esta mujer para que reconozca que el que le pide de beber es el Mesías y que el agua que le ofrece es el agua de la salvación y de la vida.
El desarrollo del diálogo muestra la gradualidad en la revelación que Jesús hace de su persona y el descubrimiento y la aceptación por parte de la mujer. En la primera parte del diálogo Jesús es para ella sólo un hombre, un peregrino judío sediento (v. 9); luego, es alguien que puede ofrecerle un agua muy especial, que ella desearía beber (v. 15); más tarde le reconoce como un profeta (v. 19); al final, Jesús se autorrevela como el Mesías (v. 26), al que ella reconocerá ante las gentes de su pueblo (v. 29) (San Efrén, Comentario al Diatessaron XII,18).
b) «Dame de beber»
Dos frases del v. 10 son claves en el diálogo: «Dame de beber» y «si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La primera frase es muy semejante a la palabra de Jesús en la cruz, que es como un grito: «¡Tengo sed!», en arameo tsajená (Jn 19,28), que, como interpretó muy bellamente la madre Teresa de Calcuta, no se refería tanto a la sed física sino a la sed de amor y de entrega de Jesús por cada uno: «Tengo sed de ti, tengo sed de amarte y de que me ames». Es el grito de quien está sediento de amor, de entregar amor. De igual modo, en las palabras de Jesús a la samaritana se esconde ese mismo deseo: «Dame a beber de ti, ábreme tu corazón, ábrete a mí con tus deseos de ser amada. Te conozco y conozco tus heridas. Yo puedo amarte como nunca has sido amada, a pesar de haber tenido cinco maridos y de creerte amada por el hombre con el que ahora convives. Yo te amo hasta el extremo». A través de ese diálogo lleno de ternura Jesús consigue que la samaritana le conozca y le pida: «Señor, dame esa agua, así no tendré más sed» (v. 15). Lo que esta mujer acaba pidiendo es el agua viva que Jesús le había anunciado, es decir, el agua que da la Vida de Dios, el don de una vida nueva, el don del Espíritu Santo, que se confiere a través del bautismo, pues el agua es un símbolo del Espíritu Santo: «Todos hemos sido bautizados en un mismo Espiritu…, y todos hemos bebido de un mismo Espíritu» (1Cor 12,13).
4. El paso de la antigua Alianza a la nueva
Un detalle pone de relieve el cambio que se ha producido en esta mujer: Se marchó abandonando su pobre cántaro (v. 28). Este cántaro simboliza su antigua vida de la que Jesús la ha rescatado. Ahora no lo necesita porque, conforme a lo que Jesús le había anunciado, quien bebe del agua que Él ofrece se convierte en un manantial que salta hasta la vida eterna (v. 14). Y de esta agua nueva, de esta vida nueva, ella se hace portadora para las gentes de su pueblo y las lleva hasta Jesús (v. 29-30.39-42). Si las mujeres que iban al sepulcro llevando los aromas son llamadas en griego myróforas (cf Mc 16,1), la samaritana bien puede ser llamada hydrófora, la portadora del agua nueva.
Abandonar el cántaro significa, además, que ya no tendrá que volver a sacar agua del pozo de Jacob, que representa la antigua Alianza, pues ahora lleva consigo el manantial de la Vida de la nueva Alianza. Para esta mujer se han cumplido en plenitud las palabras de Is 12,3: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador». ¡Quien ha conocido a Cristo se ha encontrado con la fuente de la verdadera Vida! ¡Dichoso quien bebe de la fuente de Cristo!
¡FELIZ DOMINGO!