La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Eclo 15,15-20, 1Cor 2,6-10 y Mt 5, 17-37.
[La lectura del Evangelio de hoy es demasiado larga, y se ofrece una opción más breve; en el comentario seguimos esta opción.]
1. La misión de Jesús (v. 17)
Después de afirmar mediante dos metáforas qué son sus discípulos y cuál es su misión (v. 13-16: Son sal de la tierra y luz del mundo), Jesús habla de sí mismo: quién es y cuál es su misión. El dicho presenta esta estructura:
«No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas:
No he venido a abolir,
sino a dar(les) plenitud».
Es importante notar que este modo de hablar de Jesús sobre sí mismo aparece en otras ocasiones en el evangelio de Mateo:
– 9,13: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»;
– 10,34-35: «No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra, no he venido a sembrar paz, sino espada».
En el evangelio de san Juan es muy frecuente el uso de la expresión «he venido» (griego, elzon) por parte de Jesús (9,39; 10,12.27.46.47); pero es sobre todo relevante el caso de Jn 18,37: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: Para dar testimonio de la verdad». Es relevante porque Jesús une su misión con su nacimiento, dando a entender que las dos instancias forman una unidad inseparable. Es así como habría que interpretar también el «he venido» de Mt 5,17: «He (nacido y he) venido para dar plenitud». Y hay que subrayar que la misión de Jesús no es negativa, sino positiva. Con el contraste entre «no he venido» (con que comienza el dicho) y «sino (que he venido) para dar plenitud» (con el que termina) Jesús subraya que el acento recae en la segunda parte, en la dimensión positiva de su nacimiento y de su misión. Para «abolir» Mateo utiliza el verbo griego katalyo, que significa destruir, derribar, demoler; y para «dar plenitud» usa el verbo pleróo, que significa llenar, colmar, plenificar, dar cumplimiento. Éste es precisamente el verbo que Mateo usa con frecuencia para decir que en Jesús se ha cumplido la Escritura (cf Mt 1,22; 2,15.23; 4,14, etc.). Esto significa que Jesús ha venido no tanto para cumplir en el sentido de hacer lo que la Ley manda y los profetas enseñan, sino para dar a los preceptos de la Ley y a la enseñanza de los profetas el verdadero sentido que tienen según el corazón de Dios.
Conforme a este principio, Jesús puede pedir a los suyos que su justicia ha de superar la de los escribas y fariseos (iustitia vestra plus quam). Los discípulos de Jesús deben ir más allá de la letra de la Ley para vivir según el espíritu de los mandamientos. Ellos han de vivir conforme a la plenitud que Jesús ha dado a la Ley con sus preceptos y mandamientos y a la enseñanza de los profetas.
2. La plenitud de la Ley en seis antítesis (v. 21-37)
La invitación que Jesús propone a sus discípulos y que llama la «justicia mayor», se refiere a varios mandamientos de la Ley relacionados con el trato hacia el prójimo. Se estructuran en forma de seis antítesis mediante la fórmula «oísteis que ha sido dicho…, pero yo os digo»; de este modo, el peso recae sobre la segunda parte del dicho, donde Jesús destaca su autoridad para llevar a plenitud la Ley. Hay un par de detalles que resultan significativos. El primero, que Jesús no haya querido tener en cuenta todo el Decálogo, sino sólo dos mandamientos, pues el resto de sus palabras se refiere a preceptos que se encuentran esparcidos por el conjunto de la Torah; y el segundo, que tiene en cuenta los relacionados con el trato con el prójimo, pero no los que se refieren a Dios.
En la fórmula «oísteis que ha sido dicho…» hay que tener en cuenta dos cosas. En primer lugar, cuando Jesús dice «oísteis» se refiere a la escucha de la Escritura a la que sus oyentes están acostumbrados tanto por el culto sinagogal como por la enseñanza de los rabinos. Tras la forma verbal «oísteis» puede entenderse «habéis aprendido…». En segundo lugar, tras el «ha sido dicho» hay que ver en realidad una pasiva divina: «Dios os había dicho». Las palabras «pero yo os digo» manifiestan la autoridad de Jesús que se pone al nivel de Dios para llevar a plenitud la Ley. Dios dio la Torah por medio de Moisés, pero ahora la lleva a plenitud por medio de Jesús, el nuevo Moisés.
A continuación Jesús propone las antítesis.
a) El homicidio (v. 21-26)
La primera antítesis tiene como objeto el quinto mandamiento del Decálogo: «No matarás» (Éx 20,13; Dt 5,17). La vida humana es sagrada, pues el hombre ha sido creado por Dios (cf Gén 1,26-27) y porta en sí la imagen y semejanza de Dios (cf Gén 1,27) y el espíritu de Dios (cf Gén 2,7). La vida es el primero y más importante don que Dios da al hombre. Por tanto, Dios es el único Dueño y Señor de la vida. Nadie tiene derecho a atentar contra la vida de su prójimo, y quien se atreva a ello se hará reo ante Dios, que le exigirá su vida (cf Éx 21,12-14; Lev 24,17; Núm 35,15-21; Mt 23,35).
Pero Jesús afirma que con el homicidio pueden equipararse otras acciones contra el prójimo. Jesús habla de tres, que, conforme al estilo poético que le caracteriza, presenta en un estrecho paralelismo sinonímico:
– encolerizarse contra el hermano,
– llamar al hermano raká (imbécil, estúpido)
– y llamarle necio.
La cólera o la ira junto con los insultos son pecados muy graves porque preparan el camino para el homicidio. Son el indicio de un corazón endurecido y envenenado por el odio y lo predisponen para el asesinato. La gravedad de estos pecados se pone de relieve por las consecuencias que acarrea en progresión: ser procesado, comparecer ante el Sanhedrín o ser condenado a la gehenna del fuego.
b) El adulterio (v. 27-30)
Después del homicidio Jesús habla del adulterio, que corresponde al sexto mandamiento del Decálogo: «No cometerás adulterio» (Éx 20,14). En otros pasajes de la Escritura aparece también la estrecha conexión entre homicidio y adulterio (Sab 14,23-26). El adulterio estaba prohibido en el Decálogo (cf Éx 20,14; Dt 5,18). La gravedad del pecado de adulterio radica en que el matrimonio, más allá de su consideración social, es desde la creación una realidad de institución divina: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2,24). Por esa razón, el matrimonio había sido protegido con la legislación más exigente tanto en la Ley de Moisés como en la enseñanza de los rabinos en la Mishnah: La pena de muerte para los adúlteros (cf Lev 20,10; Sanhedrin 10,6).
Jesús se pronunció contra este terrible castigo cuando le presentaron a una mujer acusada de adulterio que iba a ser lapidada (cf Jn 8,1-11). La «justicia mayor» (plus quam) que Jesús pide a sus discípulos está relacionada con lo que se puede llamar «adulterio de corazón». Jesús, haciéndose eco de Dt 5,21: «No desearás la mujer de tu prójimo», afirma que el adulterio se comete también con el deseo, que se manifiesta a través de la mirada, pues la mirada no es sino la expresión externa de lo que hay en el corazón. El pecado no se comete con los ojos sino con el corazón (cf Mc 7,21-22), que es la sede de las decisiones. La mirada pone al descubierto la codicia del corazón, que es un deseo de poseer contrario a la voluntad de Dios. Mediante un lenguaje metafórico e hiperbólico Jesús pide a sus discípulos tomar decisiones radicales. Si el ojo o la mano derechos, considerados los miembros más nobles del cuerpo, son ocasión para pecar hay que arrancarlos para evitar caer en pecado y no ser conducido a la gehenna.
c) El divorcio (v. 31-32)
Como una expansión de la enseñanza sobre el adulterio, Jesús habla del divorcio. La «justicia mayor» en este punto consiste en que los discípulos tendrán que vivir en matrimonio rescatando el sentido original con el que Dios lo instituyó. Conforme a lo que Jesús enseña en Mt 19,3-9, según la voluntad de Dios desde el principio, el matrimonio es una unidad indisoluble, y sólo por la dureza del corazón deI pueblo Moisés permitió el divorcio (cf Dt 24,1), lo que no estaba estipulado en el Decálogo. Jesús dice que el divorcio sólo estaría permitido en caso de porneía, palabra griega que quiere decir unión ilícita, incestuosa. Entendido así, no se trata de una excepción para un matrimonio válido que justificaría su disolución, sino de un matrimonio que ya era ilícito desde el principio. Es el caso del joven corintio casado con la segunda esposa de su padre fallecido, que causaba gran escándalo en la comunidad cristiana (cf 1Cor 5,1-2). Y es el caso que prohíbe el concilio de Jerusalén para los cristianos procedentes del paganismo (cf Hch 15,20.29). En esos casos no sólo se puede, sino que se debe urgir la disolución.
d) El juramento (v. 33-37)
La cuarta antítesis que propone Jesús como ejemplo de «justicia mayor» se refiere al juramento. En este punto Jesús se manifiesta de modo tajante: Aunque en la Ley de Moisés se permitía el juramento, pero no el juramento en falso (cf Núm 30,3; Éx 20,7), Jesús quiere que sus discípulos no necesiten jurar para dar valor a su palabra. Jesús invita a vivir en la verdad, y la verdad no necesita la muleta de un juramento; la verdad camina por sí misma con entera libertad (cf Jn 8,32). Además, la experiencia enseña que los mentirosos se apoyan en el juramento para dar apariencia de veracidad a sus palabras. El ejemplo más notorio es el de Pedro, que juró y perjuró que no conocía a Jesús (cf Mt 26,69-75). Llama la atención la fuerza con la que Jesús afirma que lo que pasa del sí o del no viene del Maligno, a quien define como «padre de la mentira» (Jn 8,44). Un eco de las palabras de Jesús resuena en St 5,12: «Ante todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni por ninguna otra cosa. Que vuestro sí sea sí, y el no, no». Y san Pablo sostiene que sobre los mentirosos y los perjuros recae el peso de la ley (1Tim 1,10).
Que la Virgen María nos ayude a practicar la justicia mayor según el corazón de Cristo.
¡FELIZ DOMINGO!