Domingo V del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario

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Ciclo A

Esto dice el Señor:

«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.

Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».

El justo brilla en las tinieblas como una luz

 

En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.

Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.

Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad.

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Señor, ayúdanos con tu gracia para que podamos ser sal de la tierra y luz del mundo

La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 58, 7-10, 1Cor 2,1-5 y Mt 5,13-16. El pasaje evangélico recoge un doble dicho de Jesús sobre la sal, que tiene paralelos en Mc 9,50 y Lc 14,34, y sobre la luz, con paralelos en Mc 4,21 y Lc 8,16 y 11,33.

 

1. El contexto y la composición de los dichos de Jesús

La formulación de la última bienaventuranza en segunda persona («vosotros»), permite a san Mateo comenzar otra sección de palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos. Los dos logia o dichos sobre la sal y la luz (Mt 5,13-16) están enunciados en un paralelismo muy estrecho y, al mismo tiempo, contienen un fuerte contraste. En la primera parte, mediante dos metáforas Jesús afirma que los discípulos son sal y luz, y, en la segunda, pone de relieve algo que estaría en contra de la naturaleza de la sal y de la luz. El dicho sobre la luz, a su vez, tiene una expansión con una doble imagen: la ciudad sobre el monte y la lámpara sobre el candelero, y se cierra con una coda final mediante un imperativo dirigido a los discípulos: «Brille así vuestra luz», que explica la razón de ser luz: Que los hombres vean sus obras y den gloria a Dios.

De entrada, conviene aclarar que las dos afirmaciones («sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo»), hay que entenderlas como «sois sal para la tierra, sois luz para el mundo». Y a su vez las palabras tierra y mundo hay que considerarlas como dos metonimias, de alcance universal, referidas a todos los seres humanos. Éste es el uso que hace el Sal 100,1-2 cuando dice: «Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores».

 

2. «Vosotros sois la sal de la tierra» (v. 13)

Para comprender bien el significado de esta metáfora hay que tener en cuenta que en la antigüedad la sal era un bien muy apreciado, algo de lo que no se podía prescindir en las comidas. Así lo pone de relieve Eclo 39,26, cuando dice que la sal es, junto al agua, el fuego, el trigo, la leche, el aceite y otros productos, esencial para la vida humana. El autor latino Plinio el Viejo había dejado escrito: Nihil esse utilius sale et sole, «nada hay más útil que la sal y el sol» (Hist. Nat. 31,102). Y Homero la llama «divina sal» (Ilíada 9,214). Hay que recordar que la palabra salario procede del latín salarium, que significa el dinero que se pagaba a alguien para que comprase la sal necesaria. Según san Isidoro, también la palabra salud, en latín salus, derivaría de sal (Etimologías 16,2,6).

A la sal se le atribuyen diversos efectos benéficos, que han dado pie para un uso metafórico tanto en el ámbito cultural griego y romano como judío.

a) La sal sirve para sazonar los alimentos
Entre los primeros efectos beneficiosos de la sal está sin duda el de dar sabor a las comidas y aderezar las viandas. Para entender el alcance metafórico de este beneficio de la sal, puede ayudar el doble significado del verbo latino sapio, tener sabor y tener sabiduría, sabor y saber. De este verbo latino deriva el sustantivo sapientia, sabiduría. Con esta acepción la sal viene a ser un símbolo de la sabiduría, es decir, de una forma de pensar, de hablar, de vivir, que hace agradable una doctrina para ser acogida. Es en este sentido en el que san Pablo dice en Col 4,6: «Vuestra palabra sea siempre amena, sazonada con un poco de sal, sabiendo responder a cada uno como conviene». En la tierra, es decir, entre los hombres, los discípulos de Jesús deben vivir y hablar como hombres sabios que procuran hacer gustoso y agradable el Evangelio del Reino. Y en qué consiste esta sabiduría lo explica St 3,17-18: «La sabiduría que viene de lo alto es pura y, además, pacífica, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera». En 1Cor 2,6 san Pablo dice que se trata de «una sabiduría que no es de este mundo, sino de una sabiduría divina, misteriosa». La sabiduría de Dios es Cristo crucificado (1Cor 1,22-23; 2,1-2). Ésta es la sal con la que los discípulos deberán salar la tierra. Pero los cristianos deben ser conscientes de que son portadores de una sabiduría que es necedad para el mundo (cf 1Cor 1,23), aun cuando en realidad es Dios quien ha convertido en necedad la sabiduría del mundo (cf 1Cor 1,20).

Es necesario recordar que para sazonar los alimentos, la sal ha de mezclarse con ellos; así también los discípulos de Jesús han de mezclarse con los hombres viviendo entre ellos. Y esto encierra la amenaza de que la sal de su sabiduría, su forma de vida, se pueda disipar, pierda su fuerza, o, como dice Mateo, que «se vuelva necia», usando el verbo moraíno (derivado de morós), que significa ser o volverse necio. Entonces no servirá para nada, se volverá inútil, es más, se hará indigna y despreciable, de modo que será arrojada fuera y pisoteada. ¡No hay sal para la sal insípida!

b) La sal sirve para conservar los alimentos
Un segundo efecto beneficioso de la sal es el de evitar la corrupción de los alimentos. En este sentido, el uso cultural de la sal adquiere en el Antiguo Testamento el valor metafórico de evitar la corrupción de la alianza. Entre Dios e Israel se ha establecido una «alianza de la sal», que ha de ser preservada para siempre (cf Núm 18,19), de modo que toda oblación ofrecida a Yahveh deberá ser sazonada con sal, la sal de la alianza (cf Lev 2,13; 2Crón 13,15).

Entendido en este sentido, Jesús quiere decir que sus discípulos son en el mundo la sal que garantiza el carácter incorruptible de la alianza con Dios. Otro aspecto a tener en cuenta es que, como ingrediente que preserva los alimentos de la corrupción, la sal de los discípulos es la que evita la corrupción del mundo. En la Carta a Diogneto, una obra cristiana fechada entre los siglos II-III, se habla de la presencia de los cristianos en el mundo de un modo semejante a lo que sugiere la metáfora de la sal: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo… El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven de modo visible en el mundo, pero su religión es invisible… El alma inmortal habita en una tienda mortal; los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial» (VI,I-8). Mientras haya cristianos en el mundo, el mundo no se corromperá de manera irremediable. ¡La sal de los cristianos salvará al mundo de la corrupción! Pero si los discípulos de Jesús se mundanizan, si dejan que se corrompa su identidad pactando con el mundo, si pierden la fuerza de sus obras y la vitalidad de su apostolado, entonces el mundo está perdido. La sal de los cristianos es esencial para la vida del mundo. ¡Ay del mundo si los cristianos se identifican con el mundo y se vuelven necios! Para evitar ese peligro dice san Ignacio de Antioquía: » Salaos en Cristo para que ninguno de vosotros se corrompa» (A los magnesios X,2).

c) La sal, símbolo de comunión y amistad
En Israel expresiones como comer la sal o compartir la sal, es decir, participar en comidas donde se usaba la sal, era un signo de amistad o comunión estrecha entre personas (Esd 4,14: «Comer la sal de palacio»). En Hch 1,4 se dice que Jesús resucitado «compartió la sal» con sus discípulos, es decir, que comió con ellos en señal de amistad y comunión. Y ése parece ser también el sentido del dicho de Jesús a sus discípulos: «Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros» (Mc 9,50). En medio del mundo los discípulos son el signo de la verdadera amistad y la auténtica comunión. Esta forma de vida es la que resultó sorprendente ya para los que veían a los primeros cristianos (cf Hch 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16).

En el Antiguo Testamento, además, los pactos o alianzas entre personas se hacían mediante la celebración de una comida o un banquete en el que la sal desempeñaba un papel importante. Con estos pactos se restablecían la paz y la concordia entre las personas que habían estado enfrentadas (cf Gén 31,46-54; 26,28-36). Conforme a esta costumbre, se puede deducir que Jesús enseña que los cristianos son en la tierra la sal que restituye la paz que se ha roto entre los hombres. La comunión entre los discípulos, que nace de la «comunión en y con Jesús», es la que hace posible la concordia y la comunión entre los hombres.

 

3. «Vosotros sois la luz del mundo» (v. 14)

a) El símbolo de la luz
Esta afirmación hay que leerla conectada con la revelación que Jesús hace de sí mismo en Jn 8,12: «Yo soy la luz del mundo», y que a su vez está relacionada con Is 42,6, donde se dice que el Siervo de Yahveh ha sido elegido y enviado para ser «luz de las naciones» (cf Is 49,6). Esto significa que los discípulos no son luz por sí mismos, sino que participan de la luz de Jesús; si ellos pueden iluminar es en cuanto que reflejan la luz de Jesús. Los cristianos son como la luna, pues reflejan la luz de Cristo, el sol que nace de lo alto. Y están llamados a ser «luz del mundo», compartiendo la vocación y el destino del Siervo de Yahveh con todas las consecuencias. Y la primera de ellas es que para llevar a cabo esa misión deben saber que no pueden ocultarse. Ellos son como una ciudad sobre un monte (v. 14). La imagen era fácil de comprender para los oyentes de Jesús, pues en Galilea estaban las ciudades de Safed y Séforis, y en Judea la misma Jerusalén, que estaban edificadas sobre un monte; además, Jerusalén se iluminaba de manera espléndida durante la fiesta de los Tabernáculos (Sukkah 5,2-4). Los discípulos deben ser también como una lámpara de barro colocada en un candelero para poder dar luz a toda la casa (v. 15), que entre las gentes humildes de Palestina constaba de una sola habitación sin ventanas. Resultaría necio esconder la lámpara bajo un celemín (griego, módios; latín, modius). ¡Los discípulos de Jesús no pueden ocultarse!, pues el mundo quedaría en tinieblas. ¡Qué triste sería un mundo a oscuras! ¡Qué triste sería un mundo sin cristianos!

b) La finalidad de las buenas obras
Las palabras sobre la luz se cierran con la llamada que Jesús hace a los discípulos para que sus obras sean para que los hombres den gloria a Dios (v. 16). Un eco de este dicho aparece en 1Pe 2,12: «Que vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que, cuando os calumnien como si fuerais malhechores, fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida». A este respecto dice san Agustín: «Al hacer el bien para que sea visto por los hombres, el hombre debe tener en su interior como intención el obrar bien; la intención, en cambio, de darlo a conocer, debe tenerla sólo para alabanza de Dios, pensando en aquellos a quienes lo da a conocer» (Sermones 54,3).

Que santa María, la Madre de Cristo, Luz del mundo, interceda para que lleguemos a ser luz y sal para los hombres.
¡FELIZ DOMINGO!

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