La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Sof 3,12-13, 1Cor 1,26-31 y Mt 5, 1-12a. El pasaje del Evangelio de hoy corresponde a las Bienaventuranzas. Antes de reflexionar sobre cada una de ellas, ayudará mucho decir algo sobre las bienaventuranzas en general.
1. El género literario macarismo
Las Bienaventuranzas de Jesús pertenecen a un género literario conocido como macarismo, término derivado del griego makários, que significa dichoso, bienaventurado. Los macarismos son muy frecuentes en el Antiguo Testamento, sobre todo en los Salmos:
– Sal 32,1: «Dichoso el que está absuelto de su culpa»;
– Sal 41,2: «Dichoso el que cuida del pobre»;
– Sal 112,1: «Dichoso el que teme al Señor» (cf Sal 128,1).
Otros macarismos pueden verse en Sal 84,5.6.13; 89,16; 94,12; 119,1. También en el Nuevo Testamento aparecen con frecuencia:
– Lc 1,45: «Dichosa la que ha creído»;
– Lc 11,27: «Dichoso el vientre que te llevó»;
– Lc 11,28: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen»;
– Apo 19,9: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero».
2. Las dos versiones de las bienaventuranzas
Las Bienaventuranzas de Jesús nos han llegado en dos versiones: Mt 5,3-12 y Lc 6,20-23. Entre ellas hay algunas divergencias. Mientras Mateo enumera ocho (o nueve, si la octava se desdobla), Lucas trae sólo cuatro, seguidas de cuatro ¡Ay! o malaventuranzas (Lc 6,24-26); mientras Mateo las enuncia en forma impersonal: «Dichosos los…», Lucas las presenta en forma personal: «Dichosos vosotros…»; respecto a Mateo, Lucas presenta las bienaventuranzas segunda y tercera en orden inverso.
3. La versión de las Bienaventuranzas de Mateo
En el evangelio de Mateo las Bienaventuranzas son la magnífica obertura de la maravillosa sinfonía que es el Sermón de la montaña. En la introducción que hace Mateo hay dos detalles que conviene destacar. En primer lugar, se dice que Jesús subió al monte. Este detalle es significativo, pues en la tradición bíblica el monte, identificado con el Sinaí, es el lugar de la revelación de Dios.
Allí Dios dio a Moisés las tablas del Decálogo, el signo de la Alianza (cf Éx 19-20). En el monte, junto al lago de Galilea, Jesús ofrece a sus discípulos las Bienaventuranzas, signo de la nueva Alianza. En segundo lugar, Mateo dice que Jesús se sentó. Con esto quiere decir que Jesús sobre el monte ocupa su cátedra como Maestro, impartiendo un magisterio que desempeñará ahora a lo largo del Sermón, pero que será lo que distinguirá su misión a lo largo de toda su vida.
Veamos ahora cada una de las Bienaventuranzas.
a) Los pobres en el espíritu
Para comprender bien esta bienaventuranza hay que tener en cuenta que en el pensamiento bíblico los pobres, en hebreo los anawim, no son exclusivamente los que no tienen medios para subsistir. El término hebreo designa hombres que, aun no siendo pobres en sentido literal, se ven incapaces de resistir a hombres poderosos y violentos. Los pobres son los humildes, los pequeños, los débiles, los despreciados, los indefensos. Pero ellos, que tienen conciencia de su impotencia, buscan en Dios su fuerza y su consuelo. Por eso son conocidos como «los pobres de Yahveh», los anawim de Yahveh. A ellos se les promete el Reino de los cielos. Una promesa que resuena muy cercana a la que Jesús hace a los que son como los niños (cf Mt 19,14). Se puede decir, entonces, que los pobres son aquellos que son como los niños.
b) Los mansos
Esta bienaventuranza está en estrecha relación con la anterior, y puede considerarse como una extensión de ella, pues los mansos y humildes forman parte también de los anawim de Yahveh. Los pobres que confían en Dios sufrirán todo tipo de vejaciones y desprecios por parte de los prepotentes, soberbios y orgullosos (Sal 123,4: «Nuestra alma está saciada del desprecio de los orgullosos»). Pero ellos, en medio de esas aflicciones y tribulaciones, no se dejan llevar por la ira, el odio, la venganza o la impaciencia, sino que, mostrando una gran fortaleza de ánimo, siguen confiando en Dios y se acogen a su voluntad. En Núm 12,3 se dice que Moisés era el hombre más manso que hay sobre la tierra. Soportó con entereza de ánimo las rebeliones y acusaciones injustas de su pueblo en el desierto. Y Jesús dirá de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). A los mansos se les promete que poseerán la tierra. Son palabras tomadas del Sal 37,9.11.22.29, que en un principio se referían a la tierra prometida, a Israel, pero que después se usaron para designar la participación en los bienes mesiánicos (cf Is 60,21).
Estas dos primeras Bienaventuranzas pueden contemplarse como un díptico, como una pintura en dos paneles. La primera muestra la actitud para con Dios, la segunda mira al modo de actuar con los hombres. Pobreza y mansedumbre son inseparables.
c) Los que lloran o los afligidos
Para comprender el alcance de esta bienaventuranza hay que tener presente que el verbo griego penzéo traduce el hebreo y arameo abal, que designa no sólo el dolor interno, la aflicción, sino también los signos externos de duelo producido por la muerte de un ser querido: llanto y lamentos (cf Mc 16,10; Mt 2,18), imposición de ceniza sobre la cabeza, rasgadura de los vestidos, ayuno (2Sam 1,11-12). Los que lloran y se afligen no son los que sufren alguna desgracia, pérdida o ausencia, o a causa de un mal o enfermedad. Según la espiritualidad bíblica, los que lloran son los justos y piadosos que ven reinar el mal en el mundo y esperan con ansiedad que Dios ponga pronto fin a esta situación y establezca su reinado (cf Sal 137,1). (En la antigua iglesia de Siria a los monjes se les llamaba los abile, los que con su vida ascética hacen duelo por el pecado del mundo y con su oración urgen la intervención de Dios para poner fin a esa situación). Jesús había anunciado a sus discípulos:
«Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre» (Jn 16,20). A los que lloran se les promete que serán consolados. Aparece aquí por primera vez la pasiva divina, una forma de decir que Dios los consolará, pues en su aflicción no pueden encontrar suficiente ningún consuelo humano. El consuelo que necesitan sólo puede venir de Dios y del gozo de su Reino.
d) Los hambrientos y sedientos de justicia
Es evidente que el hambre y la sed son una metáfora para hablar de una aspiración ardiente del corazón. Así aparece en Am 8,11-12: «Vienen días, dice el Señor, en que enviaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios». En Eclo 24,19-22 el hambre y la sed se relacionan con la obediencia a Dios, y en el Sal 42,2-3 se compara una cierva sedienta con la sed que el alma siente de Dios. En el pensamiento de Jesús, recogido por Mateo, la justicia se refiere a la voluntad de Dios. El hambre y la sed son así la expresión de la actitud de los que buscan con deseo ardiente cumplir la voluntad de Dios y participar de su Reino. Y se les promete que serán saciados, es decir, que Dios mismo colmará sus deseos.
e) Los misericordiosos
Hay que partir del hecho de que la misericordia es un atributo divino. La afirmación de que Dios es misericordioso aparece en cada página de la Biblia (cf Éx 34,6). Respecto a la misericordia del hombre, la primitiva catequesis cristiana hablaba de dos aspectos: 1) el hombre debe ser misericordioso como lo es Dios, es decir, por imitación (cf Lc 6,36); 2) el hombre debe mostrarse misericordioso, tener entrañas de compasión, para obtener él mismo misericordia. Este segundo aspecto es al que parece referirse Mateo, pues es el que está presente también a lo largo de su evangelio (18,23-35; 24,31-46), y que aparece a su vez en St 2,13: «Pues el juicio será sin misericordia para el que no practicó la misericordia». Y esto es precisamente lo que se promete a los misericordiosos: que en el día del juicio final Dios tendrá misericordia de ellos.
f) Los limpios de corazón
Una clave para comprender lo que dice esta bienaventuranza está en el Sal 24,3-4: «¿Quién puede subir al monte del Señor?… El hombre de manos inocentes y limpio de corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso». Esto significa que la limpieza de corazón conlleva una doble dirección: por una parte, hacia Dios, dándole un culto verdadero con el rechazo de toda clase de idolatría; por otra parte, hacia el prójimo, actuando sin engaño, con la verdad, con rectitud de intención, fruto de la caridad. El corazón puro viene a ser equivalente al corazón recto, sincero, que busca dar culto a Dios en la verdad (cf Jn 4,24) y actuar con verdad ante los demás. Pero, a la vez, la pureza de corazón es un don de Dios, que se debe pedir (cf Sal 51,12).
La promesa para estos hombres es que verán a Dios, es decir, conforme al pensamiento bíblico, que gozarán de la plena comunión con Dios, y esa comunión llega hasta el extremo de hacerles semejantes a Dios: «Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2).
g) Los que trabajan por la paz
Hay que precisar que de quienes se habla aquí no es, como se ha entendido a veces, de los pacíficos, dándole a este término un significado pasivo. Se trata de una actitud activa: trabajar por la paz, buscar la concordia entre los que están enfrentados. Pero es también exponerse a sufrir las consecuencias de perder una situación cómoda, tranquila, con el fin de conseguir el entendimiento entre quienes están enemistados. Trabajar por la paz consiste en no descansar hasta alcanzar la comunión entre quienes la habían perdido. Se puede decir que quien trabaja por la paz no la tiene para sí hasta que no la consigue para los otros. La promesa para estos hombres es que «serán llamados hijos de Dios», una nueva pasiva divina para decir «Dios los llamará sus hijos». Aunque está en línea con las demás promesas, se trata de un don excepcional, pues el Hijo de Dios es Jesús. Eso significa que, en Jesús, ellos reciben la perfecta adopción filial.
h) Los perseguidos por causa de la justicia
Esta bienaventuranza sirve de cierre al conjunto de las demás y viene a ser como su clave interpretativa: los que estén dispuestos a hacer suya la forma de vida que proponen las
bienaventuranzas (pobreza, mansedumbre, misericordia, etc.) tendrán que aceptar ser perseguidos; es más, la persecución será la señal inequívoca de que están siendo fieles viviendo las bienaventuranzas. Un eco de esta bienaventuranza aparece en 1Pe 3,14: «Si tuvierais que sufrir por causa de la justicia, ¡bienaventurados vosotros!». La promesa para los perseguidos que han permanecido fieles es que de ellos es el Reino de los cielos, que es la misma que se da a los pobres en el espíritu en la primera. De este modo, con el recurso literario de la inclusión Mateo cierra las ocho Bienaventuranzas como una unidad.
i) Bienaventurados vosotros
La mención de la persecución da la ocasión a Jesús para formular otra bienaventuranza de forma personal dirigida a los presentes. La bienaventuranza está expresada en una fórmula tripartita, de tipo quiástico:
a) os insulten,
b) os persigan,
a’) os calumnien (lit. digan todo mal mintiendo).
Con este esquema Mateo pretende destacar el elemento central, la persecución, que sirve de nexo a su vez entre la bienaventuranza anterior y la mención a los profetas perseguidos, que cierra la sección de las Bienaventuranzas. En cierto modo, se puede decir que esta bienaventuranza es una predicción de lo que les aguarda a los discípulos. La lógica que sigue Jesús para hacer esta predicción es que a lo largo de la historia así ha sucedido siempre con los enviados de Dios, tanto consigo mismo (insultos: Mt 27,44; persecución: Jn 15,20; calumnias: Mt 26,59-61) como con los profetas (Jer 18,18; Mt 23,33-34). En ese sentido, los discípulos se convierten en los herederos de los profetas. A los discípulos probados de esta manera Jesús les alienta con dos imperativos: «Alegraos y regocijaos». Los dos verbos se complementan para describir hasta dónde llega el gozo de la recompensa: «alegrarse» (en griego, jaíro) pone el acento en la dimensión interior; «regocijarse» (en griego, agalliáomai), lo pone en las manifestaciones externas. La alegría y el regocijo son dos expresiones que reflejan el lenguaje bíblico de los Salmos (Sal 96,11; 97,8; 106,3; 112,5) y de los profetas (Is 12,6; Sof 3,14; Zac 2,14). Los dos verbos unidos reflejan la plenitud de la felicidad. La recompensa que les espera desborda todas las expectativas: La recompensa del cielo, de la que ya gozan sus predecesores los profetas. Un eco de esta bienaventuranza se encuentra en 1Pe 4,14: «Si os insultan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros».
4. Las Bienaventuranzas, el icono de Jesús
Las Bienaventuranzas vienen a ser una especie de retrato del propio Jesús:
– Pobreza: «Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre» (2Cor 8,9); «el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).
– Mansedumbre: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
– Llanto: «Jesús, al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19,41).
– Hambre y sed: «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34); «¡Tengo sed!» (Jn 19,28).
– Misericordia: «Se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6,34).
– Limpieza de corazón: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).
– Paz: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27); «la paz con vosotros» (Jn 20,19.21).
– Persecución: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20).
Que la Bienaventurada Virgen María nos enseñe y nos ayude a vivir en el espíritu de las Bienaventuranzas y lleguemos a ser imagen de Cristo.
¡FELIZ DOMINGO!