La liturgia de la Palabra propone hoy las lecturas de Is 8,23b-9,3, 1Cor 1,10-13.17 y Mt 4,12-23. El pasaje del Evangelio que leemos hoy puede dividirse en dos partes: el traslado de Jesús de Nazaret a Cafarnaún con el comienzo de la predicación del Reino (Mt 4,12-17), que pertenece a la materia propia de Mt, y la llamada de los primeros discípulos (Mt 4,18-23), que tiene paralelos en Mc 1,16-20 y, en parte, en Lc 5,1-11.
1. El traslado de Jesús a Cafarnaúm (v. 12-17)
Lo que llama la atención de este pasaje es que a un detalle tan trivial como el desplazamiento de Jesús de Nazaret a Cafarnaún Mateo le haya dado tanta importancia. Parece claro que a los ojos de Mateo, Jesús ha realizado un gesto simbólico, al estilo de los antiguos profetas. En efecto, el evangelista ha interpretado el cambio de residencia de Jesús como el cumplimiento de la profecía de Is 8,23-9,1. De hecho, Mateo usa aquí la solemne fórmula de cumplimento, que le es querida: «Para que se cumpliera lo dicho…» (1,22; 2,15.17.23). Desde el punto de vista de Jesús, la importancia de ese gesto puede calibrarse por el hecho de que Mateo usa aquí el verbo griego kataleipo, que significa abandonar, con el matiz de tomar una opción definitiva. Jesús ha tomado la decisión de abandonar Nazaret para siempre y establecerse/poner su casa (griego, katoikéo) en Cafarnaún.
Aunque no aparece mencionada en el Antiguo Testamento, por lo que entonces debía de ser una aldea sin importancia, Cafarnaún, situada al noroeste del lago de Genesaret, era en tiempo de Jesús una ciudad rica, pues se había convertido en un centro comercial y militar importante por su proximidad a la ruta que conducía de Damasco a Acco (en la costa del Mediterráneo), y desde allí a Egipto. Esta ruta, uno de los nudos de comunicación más importantes de la época, era conocida como la Via maris, «el camino del mar», a la que se refiere Isaías. En Cafarnaún estaba apostada una guarnición romana y había una oficina de aduanas. Por otra parte, Isaías llama a esa región «Galilea de los gentiles», porque, a partir del siglo VIII a. C., con motivo de las guerras con los asirios, sobre todo en tiempo del rey Teglatfalasar III o Tiglat-Piléser (745-727 a. C.), Galilea fue devastada, su gente deportada a varias ciudades asirias y la región entregada a pobladores traídos de Asiria, es decir, a gentes extranjeras y paganas (cf 2Re 15,29; 1Crón 5,6.26). Por eso, Galilea era despreciada y objeto de burla por parte de los habitantes de Judea, que la llamaban «Galilea de los gentiles».
Pero Isaías, en nombre de Dios, anuncia que esa situación cambiará, pues el pueblo que vive en las tinieblas de la ignorancia religiosa, la idolatría, el paganismo, verá la luz de la salvación. Mateo entiende que esa promesa de Dios se ha cumplido con la aparición de Jesús en Cafarnaún. Y desde Galilea ha brillado la verdadera luz de los pueblos: Jesús, el Mesías, el Salvador. Es importante notar que Mateo ha citado el texto de Isaías, que está compuesto en un estricto paralelismo sinonímico, típico de la poesía hebrea:
a) El pueblo que habitaba/yacía en tinieblas,
b) vio una luz grande,
a’) y a los que habitaban/yacían en tierra y sombras de muerte,
b’) una luz les amaneció.
Mateo ha entendido que hasta la llegada de Jesús, en efecto, Galilea era una tierra asolada por la oscuridad y la muerte, pero al establecerse allí Jesús ha aparecido una luz que anuncia un nuevo amanecer, el amanecer de la salvación que Dios había hecho profetizar a Isaías. En Lc 1,78-79 Zacarías expresa un pensamiento muy semejante al referirse a Jesús: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto (la luz del amanecer), para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte».
Por eso, Jesús aparece en Galilea como la Luz que ilumina la oscuridad y la Vida que libra de la muerte, predicando la llegada del Reino de Dios, que invita a la conversión (v. 17). Hoy el paganismo puede estar representado por la cultura woke, la new age, la cristianofobia, la indiferencia religiosa, que son tiniebla y sombras de muerte. Cristo ha venido para rescatar a los hombres de ese mundo de oscuridad y muerte.
2. La llamada de los primeros discípulos (v. 17-22)
Varios detalles hay que considerar en esta escena.
a) El momento de la llamada
Es muy probable que, contra la impresión que puede sacarse a primera vista, ésta no fuera la primera vez que Jesús se encontró con Simón y Andrés, Santiago y Juan, pues sabemos que a menudo paseaba junto al lago. Pero Jesús eligió ese día en concreto para la llamada de los primeros discípulos. Pasó a su lado, los vio y les dijo: «Venid en pos de mí» (v. 19). Aunque desde el punto de vista humano el momento podría parecer el menos apropiado, pues los futuros discípulos estaban en plena faena de pesca, para Jesús, sin embargo, todo momento es idóneo para pasar a nuestro lado, pues para Él cualquier momento es oportuno para la invitación a seguirle. Los momentos más inoportunos para los hombres son los más propicios para Dios.
b) El lugar de la llamada
No hay un lugar especial para la llamada. Jesús va al encuentro de sus futuros discípulos buscándolos allí donde están, es decir, allí donde viven, donde se afanan en sus trabajos, donde se forja su destino, donde se cimientan sus esperanzas, donde sufren, donde sueñan… Jesús viene al encuentro de los hombres allí donde se juegan la vida. Para la invitación a seguirlo no hay otro lugar más adecuado que donde transcurre la vida.
c) El modo de la llamada
Dos cosas son decisivas en cuanto al modo de la elección: La mirada y la palabra. Mateo dice que Jesús vio a los pescadores, y usa el verbo griego horáo, que significa ver en profundidad. Con su mirada profunda, Jesús penetra en lo más íntimo de la persona y conoce sus anhelos y fracasos, sus deseos y decepciones, sus decisiones y miedos, sus alegrías y tristezas, sus ilusiones y sus temores. Y su llamada es para llevar a plenitud el anhelo de felicidad que sabe que hay en el corazón del hombre. Pero a través de su mirada Jesús también desvela lo más íntimo de su corazón, revela toda la fuerza de su amor. A través de sus ojos se puede percibir el calor de su mirada. Eso fue sin duda lo que experimentaron ese día Simón y Andrés, Santiago y Juan. A través de la mirada de Jesús también ellos pudieron entrar y conocer en profundidad su corazón. Comenta san Jerónimo: «En el rostro del Salvador había algo divino, que hacía que, al mirarlo, los hombres le siguieran» (Comentario al Evangelio de Marcos, Hom. 9).
Por otra parte, está la palabra de Jesús, que resuena a la vez firme y seductora: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres» (v. 19). Mateo usa el verbo griego akolouzéo, típico para hablar del seguimiento. Ir detrás de Jesús significa que Él va delante abriendo camino, y que ha tomado la responsabilidad sobre la vida de los suyos, y es Él quien invita a seguir sus pasos, a pisar sus huellas; el discípulo no necesita emprender caminos propios, pues Él es el Camino.
Y Jesús dice que los hará pescadores de hombres, lo que significa que se tomará su tiempo con ellos para ir dándoles una personalidad nueva a partir de lo que son. Llevará a cabo un proceso que requerirá paciencia, delicadeza, prudencia para educar a estos esforzados pescadores. Jesús aprovechará todos los talentos y cualidades que poseen para ponerlos al servicio del Reino de Dios. Como pescadores expertos podrán rescatar a los hombres del mar de este mundo y subirlos a la barca de la Iglesia. Jesús transforma la personalidad de sus discípulos, no la anula ni la violenta; actúa con exquisito respeto y delicadeza para llevarlos más allá de lo que ellos mismos podían soñar.
d) El estilo de vida
Es significativo que Jesús haya elegido primero a dos parejas de hermanos, como si quisiera dar a entender que ésa ha de ser la relación entre sus discípulos, y que incluso los hermanos de sangre entran ahora en una nueva forma de fraternidad. Ser discípulo de Jesús es entrar en una comunión de fraternidad que va más allá de los límites de la carne y la sangre.
La itinerancia es otra señal del seguimiento. Frente a los maestros de su tiempo, Jesús no tiene una escuela en una casa fija, sino que enseña en camino, mientras van de aldea en aldea.
e) La respuesta de los discípulos
Varios aspectos pueden destacarse en la respuesta de los discípulos:
– La prontitud. Tanto Simón y Andrés como Santiago y Juan siguieron «inmediatamente» a Jesús (v. 20.22), se decidieron sin premura. No se trata de una decisión precipitada, sino firme.
– La generosidad. Lo dejaron todo (padres, esposas, casas, barcas); y esta renuncia resulta más valiosa si se considera que, como pescadores, no eran pobres en sentido material: Eran dueños de su barca, eran autónomos, tenían lo que podría llamarse una pequeña empresa familiar dedicada a la pesca; en el caso de Santiago y Juan tenían incluso jornaleros (v. 21).
– La disponibilidad. No sólo renuncian a todo lo que tienen, los bienes materiales, sino que se ponen a disposición de Jesús con todo lo que son.
– La confianza. Los pescadores se fían enteramente de Jesús, pues no le preguntan nada acerca de dónde vivirán, ni cómo vivirán, ni a dónde irán; confían plenamente en Él y le siguen sin hacer cálculos. Les basta la autoridad de su palabra y su arrolladora personalidad. No necesitan saber nada más.
– El silencio. Pues responden sin decir nada, su respuesta es su silencio.
Al seguir a Jesús, los discípulos se convierten en el primer fruto de la predicación del Reino.
¡FELIZ DOMINGO!